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Personajes de Yauhquemehcan: Don Fortino Chamorro Vásquez, voz majestuosa que resonó en los templos

David Chamorro Zarco, Cronista Municipal

Tlaxcala, Tlax; 13 de mayo de 2026 (Redacción). –  Hay algunas coincidencias que no dejan de llamar la atención en la historia. El 13 de agosto de 1521, luego de una larga y heroica resistencia, finalmente cayó la Ciudad de México – Tenochtitlan, con lo que se simboliza el inicio de una nueva era histórica para la Nueva España y luego para la nación mexicana; exactamente dos años después, el 13 de agosto de 1523, ponía sus pies en la tierra de Veracruz Fray Pedro de Gante, un religioso que venía con la misión directa del Rey Carlos V para catequizar a los naturales.

 Fray Pedro de Gante, franciscano de formación y hombre renacentista de pensamiento, pronto se dio cuenta de que la mejor manera de hacer que los naturales abrazaran al cristianismo como nueva religión, era poner a su alcance una comprensión mayor de los conceptos, preferentemente expuestos en su propia lengua, al tiempo de ofrecerles una educación integral, por lo que se abocó a fundar escuelas, como la que instaló en Texcoco y luego el Colegio de San José de Los Naturales, en la Ciudad de México, en donde se comenzó a enseñar a niños y jóvenes indígenas, artes y oficios, entre los que destacaba la música.

 Poco tiempo después, cuando llegaron los doce franciscanos bajo el liderazgo de Fray Martín de Valencia, coincidieron plenamente en torno de la visión de Fray  Pedro de Gante, y se dieron a la tarea de implementar una serie de estrategias para hacer comprender de mejor manera a los naturales los conceptos y alcances del cristianismo, por lo que la música y el canto se convirtieron en vehículos fundamentales para lograr ese fin, aprovechando que los niños y jóvenes nahuatlatos eran especialmente receptivos y poseían un don innato  para la música.

 En Tlaxcala hubo un esfuerzo muy especial por lograr que se formaran cantores litúrgicos y coros especializados para la interpretación de cánticos e himnos religiosos, por lo que se puso especial atención a la enseñanza de la música occidental, utilizando los métodos de escritura que se habían desarrollado en la época. Con esto, los niños y jóvenes indígenas tlaxcaltecas recibieron formación en canto llano o simple, canto polifónico, canto con acompañamiento de instrumentos de cuerda y, cuando llegó el momento en décadas posteriores, canto litúrgico con acompañamiento de órgano tubular.

A mediados del siglo XVI se llevó a cabo el Concilio de Trento. En sus discusiones y determinaciones se procuró reaccionar al movimiento de reforma que había encabezado Martín Lutero. En la temática que aquí nos ocupa, el Concilio determinó impulsar la integración de la música litúrgica como un elemento de primer nivel, no solo para reforzar la solemnidad de los ritos, sino como un elemento catequético que permitía a la asamblea reforzar, a través del canto, determinados conceptos y pasajes de las escrituras. En ese sentido se procuró que al interior de la iglesia católica se establecieran cánones muy específicos de interpretación musical, con lo que se abrió de par en par la puerta tanto a la producción como a la interpretación específica de música litúrgica.

De vuelta a la Nueva España, unos cien años después, cuando se inició el proceso de secularización del clero, se impulsó la construcción de capillas y templos en cuya arquitectura se consideró la edificación específica de coros y la posterior integración de órganos tubulares. De conformidad con los estudiosos del tema, entre los que se encuentra el Maestro Gustavo Mauleón, integrante emérito del Consejo de Cronistas del Estado de Tlaxcala, hay consenso acerca de que los proyectistas y edificadores de los templos y capillas en la región de Tlaxcala, en especial a partir de la segunda mitad del siglo XVII, pusieron especial atención en el estudio de diversos elementos de resonancia y magnificación del sonido, de manera que los coros aprovecharan al máximo los elementos propios de la acústica, considerando sobre todo que la misión de los cantores litúrgicos no era la ejecución de un concierto académico, sino generar las condiciones para que la asamblea participara en la entonación de los cánticos e himnos, plenos de solemnidad y elevación espiritual.

Durante siglos, los cantores litúrgicos fueron un elemento indispensable para la celebración de la eucaristía y de otras ceremonias complementarias, por lo que las comunidades de feligreses debían dedicar una parte de sus aportaciones al pago de los servicios realizados por estos profesionales de la música.

El templo de la parroquia de San Dionisio Yauhquemehcan parece haber tenido plena actividad desde el último tercio del siglo XVIII. Justo de esa época procede la construcción e instalación del órgano tubular de San Dionisio. Esto significa que durante los últimos años del siglo XVIII y hasta aproximadamente 1980, el instrumento sirvió para entonar los himnos y cánticos litúrgicos, operado por los organistas y cantores litúrgicos que eran músicos muy diestros en la ejecución de este instrumento.

No puede dejar de admirarse que, a lo largo de tantos siglos, hayan existido diferentes personas interesadas en el conocimiento profesional y la ejecución impecable de este instrumento como  ha complementado con la majestuosidad no menos admirable de las voces humanas. Maestros y alumnos se fueron sucediendo a lo largo de décadas de manera que llegamos al siglo XX todavía con una enorme tradición de  cantores litúrgicos, cuyas voces y música hacían de la celebración de la misa y de otra solemnidades, una experiencia inmersiva muy edificante y saludable para el espíritu humano.

Don Fortino Chamorro Vásquez nació el 12 de agosto de 1920 y, tal como sucedía con el resto de sus contemporáneos, tuvo que enterarse desde muy pequeño de lo que significaba el trabajo y el sudor en la frente para poder ganar el pan nuestro de cada día. Sin embargo, desde muy pequeño, dio muestra de tener especial inclinación y el canto, de manera que antes de que terminara la primera mitad del siglo XX, encontró condiciones para poder pagarse algunas clases y comenzar su formación musical de manera integral.

El Maestro Don Esteban Antonino Gutiérrez Badillo –conocido de manera general como Antonino Gutuerrez–, fue el encargado de servir a Don Fortino Chamorro Vásquez como uno de sus principales pilares de formación. El Maestro Antonino, de hecho, es recordado como el referente por antonomasia de los cantores litúrgicos no sólo de Yauhquemehcan, sino de una importante región de Tlaxcala y Puebla, destacando por su impecable formación, su calidad académica, su capacidad como instructor, y acaso por ser uno de los últimos maestros de capilla que existieron en el altiplano mexicano. De las manos de Antonino Gutiérrez salieron muchos y muy buenos músicos y ejecutantes, no solo intérpretes de la música sacra, sino también del canto popular, por lo que, en general, se debe reconocer a este hombre como un artista completo, central e influyente sobre toda la comunidad de Yauhquemehcan y sus alrededores.

 Don Antonino Gutiérrez, con su capacidad académica, naturalmente escribía y leía música en las partituras, además de destacar por su capacidad de arreglista. Con ello, tenía la posibilidad de escribir, para cada uno de los instrumentos y las voces que participaban su partitura personal, de manera que los músicos ejecutantes, con el conocimiento que tenían y la práctica en la que eran diestros, simplemente interpretaban las notas que estaban escritas sobre el papel, cuidando de su correcta integración con el conjunto.

 Don Fortino Chamorro Vázquez destacó prácticamente desde el principio, en las clases de solfeo que recibía del Maestro Antonino, quien de inmediato descubrió que su joven alumno tenía gran potencial, con una voz de tenor dramático, por lo que destacaba la potencia de su voz, con lo que en muy poco tiempo el Maestro Antonino comenzó a invitarlo para que, de acuerdo a los progresos que estaba presentando, se uniera a él y a otro grupo de músicos y cantantes para hacer diversas participaciones, particularmente en el canto litúrgico, con lo que Don Fortino tuvo la enorme ventaja de recibir una formación dual, esto es, la teoría musical de parte de los rasgos meramente académicos y, al mismo tiempo, la ocasión de poner en práctica los conocimientos sobre los que iba avanzando.

 También de la mano de Don Antonino Gutiérrez, Fortino Chamorro aprendió los fundamentos en el manejo del órgano tubular, que era, como ya se ha dicho, el instrumento por antonomasia dentro de los templos, basílicas y catedrales de toda la región.

Don Fortino redondeó su formación tomando clases con el maestro Pedro Vázquez Pérez, originario de Apizaco, egresado del Conservatorio Nacional de Música, de quien aprendió la ejecución del piano, lo cual le ayudó a terminar su dominio sobre tres de los cuatro instrumentos que era la base del desarrollo musical de Don Fortino, a saber: el órgano tubular, el piano y el armonio. Es importante resaltar el dato de que el Maestro Pedro Vázquez Pérez, con el paso del tiempo, habiéndose mudado a la Ciudad de México, fundó y dirigió una agrupación musical de gran relieve y fama internacional que se llamó “Los Violines Mágicos de Villafontana», que tuvieron innumerables presentaciones no solo en nuestro país, sino en los Estados Unidos, en Europa y en diversas naciones del mundo, con lo que se demuestra el enorme talento que pervive, después de siglos, entre la gente de Tlaxcala.

 El violín fue también uno de los instrumentos que Don Fortino aprendió a dominar bajo la tutela y enseñanza de Don Antonino Gutiérrez. Naturalmente, con esta formación tan completa, uno no deja de admirarse de que un hombre que apenas tuvo la escasa oportunidad de haber estudiado hasta el cuarto grado de primaria, haya alcanzado tales niveles de maestría en el arte musical. Esto habla por sí mismo del incomparable talento, de la dedicación, de la disciplina y del compromiso con que Don Fortino abrazó esta carrera que le llevó a destacar en diversos lugares del centro de México.

Con anterioridad a la realización del Concilio Vaticano II, a principios de la década de 1960, la iglesia católica mantenía los cánones tradicionales y las ceremonias litúrgicas que le habían dado rostro durante siglos. Entre esos aspectos, destacaba primordialmente el uso del latín como lengua oficial, pero también para llevar a cabo todos los rituales y ceremonias; en consecuencia, también el latín era la lengua en la que se entonaban los cánticos e himnos que acompañaban a la realización de la liturgia, y estaban contenidos en un libro muy famoso que se llamaba «Schola Cantorum», al que debían apegarse, por supuesto, los cantores litúrgicos. Esto significó que Don Fortino Chamorro Vásquez tuvo que aprender, en la marcha de la práctica, a leer, comprender y cantar en latín, para entender de manera integral de lo que se trataba la liturgia.

A pesar de que el primer obispado de la Nueva España se estableció en la provincia de Tlaxcala, la verdad es que esta condición duró muy poco tiempo, y a la edificación de la ciudad de Puebla fue trasladada la sede de esta dignidad. Prácticamente tuvieron que pasar cuatro siglos para que Tlaxcala volviera a tener la distinción de ser la sede de un obispado, lo cual sucedió en 1959, bajo el pontificado del Papa Juan XXIII. Allí se nombró a Monseñor Luis Munive y Escobar como obispo de Tlaxcala, y a partir de ese momento el religioso se destacó en diversos ámbitos de la actividad para fortalecer la actividad general de la iglesia.

 Uno de los aspectos centrales que siempre se agradecieron de parte de los músicos litúrgicos, fue que el obispo Luís Munive y Escobar envió a algunas personas a capacitar en el instituto Superior de Estudios de Música Sacra de Morelia, que había sido fundado allá por 1921 por el arzobispo de esa localidad. La idea central de Monseñor Munive y Escobar era que, al regreso de la estancia en Morelia, los músicos litúrgicos reprodujeran los conocimientos que habían adquirido en favor de diversos sectores específicos de la comunidad, como los estudiantes del seminario, las religiosas de diversas órdenes y también entre otros cantores litúrgicos, con la finalidad de mejorar conocimientos y habilidades en la ejecución del arte.

A pesar de las indicaciones derivadas del Concilio Vaticano II, que finalizó en 1965, la Iglesia católica tenía tradiciones y solemnidades muy arraigadas en el culto popular. Una de ellas era la celebración de la misa solemne, llamada por el pueblo «misa de tres ministros», que primordialmente se ejecutaba los días de las festividades patronales de cada localidad. Allí uno de los gastos que tenían que enfrentar los integrantes de las comisiones respectivas Era el pago no solamente del sacerdote celebrante, sino también de quienes le asistían en calidad de diácono y de subdiácono; otro tanto sucedía con los cantores, pues una misa solemne demandaba en toda su extensión la participación de más de un cantor litúrgico, por lo que regularmente se contrataba al organista, además de otros ejecutantes de contrabajo, viola, violines y eventualmente clarinete, a efecto de que pudieran acompañar a las respectivas voces, que casi siempre eran  bajo, barítono, tenor y contralto, con lo que, desde el punto de vista económico, los gastos se elevaban sustancialmente.

 Sin embargo, por encima de lo que pudiera representar el esfuerzo económico de las comunidades, lo cierto era que una misa solemne acompañada de orquesta y voces era un acontecimiento muy especial, debido a la riqueza de sonido con que se acompañaba la realización de la liturgia.

Para estos acontecimientos especiales, el Maestro Antonino Gutiérrez reunía a sus mejores ejecutantes, entre quienes destacaba, en primer sitio, Don Fortino Chamorro  Vázquez, los señores José María y Ángel Velasco (éste último fallecido a principios del año 2026), Manuel Sánchez y, desde luego, el señor Lucio Vázquez. A pesar de que hacia principios de la década de 1970 comenzó a hacerse popular la realización de la misa en idioma vernáculo, en nuestro caso en lengua española, la sustitución del latín no desmereció en cuanto a la riqueza y sonoridad que lograban estos personajes, haciendo que la celebración litúrgica fuera un goce espiritual completo.

Muy posiblemente fue esa época la última en la que resonó con toda su intensidad de la fuerza de los coros y de los órganos tubulares en los templos de los pueblos de Tlaxcala y la región. Poco a poco, a lo largo de los siguientes 50 años, hemos visto con tristeza y nostalgia como se ha ido perdiendo, casi hasta el punto de la extinción, la belleza única de la música sacra, al lado de la falta de mantenimiento y descompostura de los órganos tubulares que, por lo caro de su reparación y la poca participación económica de las comunidades, se encuentran en su gran mayoría sumergidos en el silencio. Para muchos templos, los coros se han convertido en espacios de almacén de todo tipo de cosas, dejando muy atrás los tiempos en que eran la voz sonora, imponente y solemne para las celebraciones litúrgicas.

Con la formación que había recibido Don Fortino Chamorro Vásquez, tuvo alguna participación para la Basílica de Huauchinango, una importante ciudad de la entidad poblana, y corrió con la suerte de agradar a las autoridades de la localidad, de suerte que fue contratado como organista en esa basílica, más o menos coincidiendo con el tiempo en que se desarrolló el Concilio Vaticano II, es decir, de 1962 a 1965 .

 Otro logro importante para el Maestro Fortino Chamorro fue el haber sido nombrado como organista en la catedral de Toluca de Lerdo, capital del Estado de México, lo que habla por sí solo no solo de la importancia de la comunidad católica a la que se atendía, sino de la calidad indiscutible que tenía este cantor litúrgico para destacar entre muchos otros que bien pudieron haber tenido esa distinción y no lo lograron.

 Una vez que se terminó la construcción de la Basílica de Nuestra Señora de la Misericordia en la ciudad de Apizaco, el sacerdote Marcial Águila invitó al Maestro Fortino Chamorro para que se hiciera cargo de la ejecución del órgano en el conjunto arquitectónico religioso recientemente inaugurado, con lo que el destino volvió a traerlo a su tierra natal, siempre demostrando su enorme capacidad como cantante y como ejecutante de música sacra.

 Tampoco hay que olvidar que el mismo Maestro Fortino Chamorro Vásquez fue durante varios años Organista de la Basílica de Ocotlán, en la ciudad de Tlaxcala, que es, muy posiblemente, el sitio religioso más importante de la entidad. A muchos años de distancia, hoy el Maestro Mario  Chamorro Romero, hijo del Maestro Fortino, recuerda que siendo muy pequeño su papá lo llevaba hasta Ocotlán, aún dormido. Allí abría los ojos al sonido de las notas imponentes del órgano tubular en un recinto de una belleza verdaderamente extraordinaria.

Por otra parte, es necesario hablar un poco acerca de la música popular. De acuerdo a nuestra realidad, en esta tercera década del siglo XXI, nuestra idea de fiesta y música difiere sensiblemente de lo que se vivió hace 50 o más años, bajo el concepto de los músicos a los que nos estamos refiriendo. Para comenzar, pensemos que si el día de hoy deseamos tener una celebración de cualquier tipo acompañada de música, la ausencia de electricidad haría simplemente imposible nuestra fiesta, pues tanto los altavoces o bocinas como los propios instrumentos musicales, están diseñados para ser alimentados por el voltaje eléctrico.  También pensemos en que, dicho sea con todo respeto, una gran cantidad de los músicos ejecutantes de nuestra actualidad, llevan grabadas sus pistas o su acompañamiento, de suerte que lo que realizan es mínimo, en comparación de los músicos tradicionales.

 Ahora pensemos en la realidad que vivieron estos músicos de nuestras localidades hace varias décadas, en donde, en primer lugar, no existía el apoyo de un salón de fiestas perfectamente habilitado que facilitará la resonancia o la acústica, y mucho menos potentes bocinas que magnificaran el sonido. Estos maestros músicos se adaptaban a tocar prácticamente en cualquier lugar, en los patios de las casas, bajo la sombra de los árboles, en el interior de alguna sala cuando era bastante grande y, en el mejor de los casos, en los salones que casi siempre se tenían adjuntos a los templos de las comunidades, y que eran un espacio público de convivencia.

 Allí la gente se reunía para llevar a cabo cualquier celebración, y los maestros músicos, sentados en sillas de madera muy sencillas, colocaban sus atriles y partituras para hacer sus interpretaciones de manera profesional. Esto significa que casi todos ellos, a pesar de no haber terminado siquiera la educación primaria, y de no haber tenido nunca la oportunidad de ingresar al Conservatorio Nacional de Música, habían aprendido a leer las notas escritas sobre la partitura, o sea, no eran músicos líricos o de oído («de ollita», se les solía decir), sino hombres muy bien formados en el arte musical.

 Citando como fuente primordial los datos que externó el Maestro Mario Chamorro Romero, en una entrevista concedida en septiembre de 2024, hacia principios de la década de 1950, se conformó una orquesta musical para la interpretación popular, cuyo fundador y director fue el Maestro Enrique Díaz, originario de la sierra norte de Puebla y vecino de San Lorenzo Tlacualoyan, cuya casa se ubicaba en los terrenos que el día de hoy ocupa un importante hotel (Incluso se habla de que el Maestro Díaz fue un gran compositor pero que, debido a sus necesidades económicas o a su poco interés en la preservación de la propiedad intelectual, cuando tenía lista alguna composición, solía ir a la Ciudad de México con algunos conocidos y vendía sus obras, de manera que hay un rumor, nunca confirmado, de que el Maestro Enrique Díaz compuso el famoso danzón «Pulque para dos», que se sigue interpretando hasta nuestros días). En tal agrupación participaban, en los violines los Maestros Fortino Chamorro Vásquez, Atilano Lopez, Amancio, Leoncio, Francisco y Juan, todos de apellido Vázquez; en tanto que Leopoldo Chamorro tocaba la guitarra, lo mismo que Lucio Vázquez; otro vecino de San Lorenzo Tlacualoyan, del que no se pudo rescatar su nombre propio, pero que, dicho con todo respeto, se le conocía con el sobrenombre de «El Cuatiate», tocaba el salterio, mientras que Manuel Sanchez tocaba el contrabajo. Este grupo formidable de músicos se encargaba de amenizar todo tipo de fiestas y celebraciones, tanto de la comunidad como de personas en particular, y entre los ritmos musicales que se mantenían en el gusto de la gente, se encontraban los valses, los chotises, las polcas, los corridos, los boleros y, desde luego, los pasodobles. Estos personajes fueron el alma de la celebración popular durante varias décadas no solo en las localidades de Yauhquemehcan, sino en pueblos de toda la región, con lo que nuevamente se destaca la gran tradición y talento que subsiste entre nuestra gente acerca del desarrollo de habilidades musicales y que en muchos casos, solo espera la oportunidad para que los niños y los jóvenes puedan acercarse a la ejecución del canto y de algún instrumento musical para demostrar que, derivado de una larguísima tradición, el talento allí se encuentra, en este momento aletargado.

El Maestro Don Fortino Chamorro Vásquez también se distinguió por su calidad y capacidad en la enseñanza. Naturalmente un arte tan demandante como la música, requiere que los estudiantes o aprendices pongan toda su atención, disciplina y constancia para lograr avanzar en los diversos conocimientos. Si bien se trataba de un profesor estricto, la materia así lo demandaba, Pues de otra manera, los pupilos no habrían podido desarrollar las habilidades que finalmente construyeron. Don Fortino tuvo muchos alumnos a lo largo de décadas, pero de manera particular ninguno quiso adentrarse en el conocimiento y manejo de los órganos tubulares. quizá esto haya tenido  que ver con el proceso de deconstrucción de los cantores litúrgicos que ya se ha referido, o acaso también con la enorme dificultad que significa el dominar un instrumento tan maravilloso, pero al mismo tiempo tan complejo, en donde, prácticamente las cuatro extremidades del cuerpo están trabajando al mismo tiempo, en una coordinación extraordinaria, pues el pie derecho está permitiendo la intensidad del sonido que debe emitir el instrumento, a partir del flujo del aire que alimenta las flautas; en tanto, el pie izquierdo va alternando los sonidos bajos, para dar a la interpretación esa magnificencia imponente y solemne; la mano izquierda está dedicada, desde el teclado, a hacer el acompañamiento o la armonía, en tanto que la mano derecha pulsa las teclas que marcan el ritmo y secuencia de la melodía. A esto todavía hay que agregar que el ejecutante debe cantar cuando así lo señala la partitura, con lo que el esfuerzo de coordinación y concentración es simplemente abrumador.

 Del instrumento del que más alumnos exitosos tuvo el Maestro Fortino Chamorro Vásquez fue de violín. Decenas de personas procedentes de San Cosme Xalostoc y Santa María Texcalac, por solo citar dos localidades, le visitaban en su domicilio en el área conocida como «La cañada» en San Lorenzo Tlacualoyan, para tomar sus clases y presentar los avances en el instrumento. de conformidad con lo sostenido por el Maestro Mario Chamorro Romero, muchos de esos jóvenes estudiantes terminaron integrándose a la música popular a través de grupos de mariachi que hoy son especialmente famosos y exitosos en el área de Xalostoc.

 En realidad, el único alumno que, prácticamente por obligación, se convirtió en un cantor litúrgico fue el Maestro Mario Chamorro Romero, hijo de Don Fortino, que el día de hoy representa la última generación de estos profesionales de la música sacra que fueron formados todavía bajo los cánones estrictos que en otros tiempos marcó la propia iglesia para dar mucho mayor solemnidad a las celebraciones litúrgicas.

A pesar del tiempo, el Maestro Don Fortino Chamorro siguió practicando con su armonio y su violín todos los días, prácticamente hasta la última etapa de su vida. Dejó de cantar cuando tenía prácticamente 80 años, y más que por falta de voluntad, se debió a la constante de que los órganos tubulares, uno tras otro, fueron cayendo en deterioro, en desuso y en olvido.

 Era muy singular mirar a Don Fortino subir rumbo a San Dionisio empujando su bicicleta, con su infaltable sombrero y, sobre todo, con esa bufanda tan característica que parecía no abandonarlo jamás. Siempre fue amable y atento lo mismo con las personas mayores que con los niños, y todo el tiempo se le miraba de buen humor, respondiendo con su voz metálica y bien educada, en un mundo que estaba cambiando vertiginosamente.

 Finalmente, el 25 de noviembre del año 2009, a la edad de 89 años, se extinguió la vida del Maestro Don Fortino Chamorro Vásquez, apagando con ello una de las últimas voces emblemáticas, imponentes e inolvidables que han existido en nuestra región. Para quienes le conocimos y le tratamos, siempre hay un recuerdo de nostalgia y de calidez por su gran trato, y el general aprecio por el arte que obsequió a toda la comunidad, pues más allá de haber representado su oficio y el modo de ganarse la vida, Don Fortino hizo que su voz inspirara, animada y llenara de admiración a todos los que tuvimos el enorme privilegio de escucharle.

Mirarle sentado frente al órgano extrayendo de su bolsa sencilla las hojas de las partituras, acomodando sus pies para el desempeño de sus funciones, mirar sus largos dedos afilados saltar con maestría oprimiendo las teclas exactas, y luego escucharle emitir con voz estentórea el cántico litúrgico, era algo que admiraba, que dejaba pasmado, que imprimía un recuerdo que jamás se borrará entre quien estuvimos la ocasión de verlo y de escucharlo.

Seguramente hoy Fortino Chamorro, Antonino Gutiérrez, Lucio Vazquez, José María y Ángel Velasco y muchos otros de los aquí anunciados, se han integrado al coro celestial, y demuestran ante el Creador que sus voces y su arte todavía resuenan en la bóveda celestial, pero también en el corazón y en el recuerdo de muchos de nosotros.

 Se lamenta que las prácticas modernas hayan llegado a tocar la solemnidad de las celebraciones litúrgicas, particularmente en el ámbito del control del tiempo, en donde muchos sacerdotes parecen estar más pendientes del paso del minutero en sus relojes que del goce espiritual que deberían dar a la propia celebración, y por tanto ya no son afectos a estos cánticos litúrgicos que dejaban un perfume especial en los templos, que invadían con sus notas hasta el último rincón de las naves, que llegaban hasta el fondo mismo del corazón de las personas, sin importar que la gente supiera o no apreciar técnicamente lo que significaba la música, pero que ayudaban para que comprendieran que lo que estaban presenciando era parte de la solemnidad y del respeto que merecía la celebración misma de la vida y de los obsequios del Creador.

 No podría emitir una opinión acerca de si ha sido bueno o malo este desplazamiento de la música sacra, para ceder su lugar a las guitarras, los tríos, las rondallas, las estudiantinas y hasta los mariachis que suelen acompañar los cánticos e himnos durante el desarrollo de la misa. Lo que sí sé decir es que los templos que tenemos en custodia y que fueron construidos por nuestros antepasados hace ya varios siglos, se diseñaron bajo la lógica de lograr una experiencia espiritual única, en donde los sonidos y el canto que procedían del área del coro representaban un refuerzo para la edificación espiritual de las personas, un gozo único que les permitía un acercamiento con el arte más elevado a pesar de pertenecer a comunidades que difícilmente podrían asistir jamás a un concierto académico, y una experiencia que marcó, sin duda alguna, a muchas generaciones a lo largo de la historia de nuestros pueblos.

 Hoy los órganos están callados y las grandes voces clásicas de tenores y barítonos guardan silencio. Yo sé sin embargo, que apenas debajo de nuestro consciente colectivo, se encuentra esa proclividad por el aprendizaje y la práctica de la música y el canto; yo creo que si alguien pudiera poner en las manos de las niñas y los niños de Yauhquemehcan un instrumento musical y les enseñara los fundamentos de su interpretación, con toda seguridad despertaría ese sentido que tenemos heredado desde hace siglos y que nos hace especialmente dúctiles al sonido y al canto. Creo que debajo de nuestra aparente indiferencia o de nuestra comprensión meramente comercial de la música, está la posibilidad de que como pueblo podamos llegar algún día a rescatar esta magnificencia, esta expresión artística de altos vuelos que hace no mucho tiempo campeaba entre nuestras familias y localidades.

 Ojalá que la vida y el ejemplo de Maestros como Don Fortino Chamorro Vásquez represente la ocasión para inspirar a niñas, niños y adolescentes, para que se animen a entender el vasto mundo de la música, y que logremos revivir esta añeja tradición que durante siglos nos marcó como una localidad de sensibilidad y magistralidad en la ejecución musical, y que al empuñar un instrumento musical, cesen de nuestra vida todos los malos pensamientos y prácticas que desvirtúan lo mejor de nuestro desarrollo, y que en el cántico de alegría por la vida de toda la humanidad, encontremos una razón magnífica y permanente de disfrutar a plenitud de nuestra existencia a través de la música y del canto.

¡Caminemos Juntos!