A CAPELLA Por MAURICIO HERNÁNDEZ OLAIZ - Linea de Contraste

A CAPELLA Por MAURICIO HERNÁNDEZ OLAIZ

Señalados.

Efectivamente, nadie más lo hace. Ningún presidente, primer ministro, o líder de una nación ofrece una conferencia de prensa todos los días, sin duda para no exponerse demasiado a los cuestionamientos de la prensa o bien acabar saturando a la ciudadanía con un excesivo protagonismo.

Pero con la llegada de Andrés Manuel, llegó también la famosa mañanera. El presidente introduce un tema. El asunto que a él le interese más difundir, no necesariamente el que los periodistas y el público queremos oír. El presidente despliega el tema, a veces a un ritmo adormecedor y luego responde a preguntas de los reporteros, esos que también han sido cuestionados por su tibieza al encarar al mandatario.

Tal situación nos llevó a pensar que la famosa mañanera era un espacio a modo, con reporteros sometidos a ciertos lineamientos, sin embargo no es así. No hay ningún tipo de censura ni es preciso presentar las preguntas por adelantado. AMLO confía en su experiencia, sabe comunicar, lento pero seguro, sus palabras penetran entre sus seguidores – a casi nada de convertirse en fanáticos- las palabras del señor Presidente son verdad absoluta, cifras a toda prueba, que alguien más de su entera confianza se las debe de dar, para que así nuestro presidente las ponga en el aire como una verdad incorruptible e inquebrantable.

¿Quién verifica la info que da AMLO como verdad? , ¿Quién elabora las cifras alegres que dicen que todo va viento en popa?. López Obrador llega a la mañanera luego de estar sentado una hora con su gabinete de seguridad, en donde le dan las cifras de muertos todos los días, pese a ello, en esa materia asegura que van avanzando, que las cifras bajan y bajan como el poder adquisitivo de los mexicanos, pero irónicamente sus propias cifras dicen lo contrario, en ese juego de incertidumbres y contra sentidos propios de la 4T.

Pero cuando un periodista se atrevió a usar una conferencia de prensa como dios manda, a días del viernes santo fue crucificado por las redes chairas. Junto a Ramos el resto de los periodistas fifí que consideran que si no se le puede cuestionar, para que madrugar.

 Pero a AMLO no le molesta tanto el cuestionamiento, le molesta no tener la razón. Cuando un individuo lo cree saber todo no se preocupa de lo que le digan, en la dialéctica se siente magnánimo y exitoso, pero cuando por primera vez alguien lo desnudó, sintió frío y arremetió, pero jamás, jamás reconoció.

Luego de eso, los tristes señalamientos. Palabras que cuando salen de la boca de un presidente hielan la sangre  hasta dar miedo. Pero las fuertes críticas desde Palacio Nacional a periodistas incómodos son preocupantes en uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. Seis periodistas han sido asesinados desde la toma de posesión de AMLO el 1 de diciembre. Y desde el año 2000, según la organización Artículo 19, al menos 124 personas han muerto por su labor periodística.

Lejos de atender el llamado de los caídos, lejos de crear una comisión especial para investigar los homicidios de los colegas, mejor arremete frontal, bajo el estoico refuerzo de su derecho a la réplica, la cual usa para denostar, señalar y descalificar a todo aquel que no piense como él, que no sea parte de sus autómatas seguidores que solo repiten lo que el mesías les adoctrina. López es un hombre poderoso, más de lo que quisiéramos, más de lo que el mismo esperaba. Juró y perjuró no marearse con el poder, pero los gases etílicos de aquel que controla congresos, presidencia y un sector del judicial, cada vez más le suben a la cabeza y ya comienza dar muestras de  embriaguez.

No soy su enemigo señor presidente, tampoco suyo señor gobernador, tampoco de la súper delegada, o de los diputados baquetones, ni de ningún funcionario o servidor público. Pero tampoco soy su amigo, su cómplice o pilmama, pese a lo que sus ejércitos de bots o mentes malabaristas piensen al respecto porque uso un micrófono de una estación oficial.

Yo he reconocido que voté por Andrés Manuel, lo consideré, en esta elección, el candidato más cercano al cambio, a la transformación. Luego de algunos meses me preocupa hacía donde nos lleva ese cambio, por ello me siento más obligado, más comprometido a señalar los errores, las inconsistencias, las contradicciones del hombre en el poder y sus acéfalos seguidores. Fui uno de esos 30 millones que hoy lo hacen tan poderoso, tan popular, y aunque de esos 30 millones solo seamos un puñado desconcertado, espero que se sigan multiplicando, pues la evidencia y los datos duros son incontrovertibles.

Seguramente nos seguirá señalando, incluso amenazando con ser linchados por el pueblo en las redes. Y luego tal vez en las calles. Pero pese a ello y a la doble moral tan eficientemente ejercida desde el poder no debemos dar marcha atrás. Antes el chayote era pagado por los presidentes a aquellos periodistas que hablaran bien de él. Hoy no hay chayote, al presidente se le defiende de a gratis, por convicción, cerrazón y hasta preocupante fanatismo. El problema somos los de enfrente, aquellos que no entendemos como 18 años criticó las adjudicaciones directas del gobierno, y hoy el suyo, lo ha hecho en más de un 76%.

“Pero yo tengo otros datos”, con seguridad responderá el presidente, que tristemente, no es de todos los mexicanos. Y no por constitucionalidad, sino por su propia convicción.

@olaizmau

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