Crónicas de Yauhquemehcan: Las planchas de vapor: de objetos indispensables a piezas de museo
Por David Chamorro Zarco, Cronista Municipal
Tlaxcala, Tlax; 14 de abril de 2026 (Redacción). – No he podido encontrar el antecedente fidedigno del origen de la canción infantil que dice: «Una rata vieja / era planchadora. / por planchar su falda, / se quemó la cola. / se puso pomada, / se amarró un trapito, / y a la pobre rata / le quedó un Rabito comillas. Desde luego, se trata de una canción popular especialmente extendida en la educación preescolar y primaria que, estoy seguro, todo mundo recuerda.
La referencia se hace en alusión a que en tiempos anteriores a la popularización del uso de la energía eléctrica, en las ciudades y en el campo por igual, se utilizaban unos objetos muy pesados de hierro a los que se llamaba «planchas de carbón», cuyo objeto natural era justamente la actividad de planchado, pero, a diferencia de lo que hoy se estila utilizando como energía térmica la disponible a través de la electricidad, en los años de referencia las planchas de carbón eran sometidas directamente al calor de un brasero encendido o de un fogón. Una vez que se consideraba que la base de la plancha estaba lo suficientemente caliente, se le tomaba por el mango y se hacía pasar sobre la prenda que se pretendía alisar, sobre una superficie plana. Hay que entender que derivado de que el paso del calor no era constante, como sucede en nuestros días con las eléctricas, la persona que se dedicaba al planchado solía poner al fuego al menos media docena de estos elementos para que, una vez que consideraba que la plancha de carbón había perdido el calor necesario, la sustituía por otra, poniendo nuevamente a calentar la que había operado.
Resulta que las planchas de carbón tienen más de quinientos años de existencia. Su diseño básico es tener una pieza sólida de hierro forjado, con una base o superficie perfectamente plana para facilitar su paso sobre la ropa a planchar, así como un mango para poder manipularla adecuadamente. Relativamente las planchas de carbón dejaron de utilizarse de manera coloquial hasta hace apenas unos cincuenta años, por lo que no es difícil que todavía, en el interior de algunas casas de las comunidades de Yauhquemehcan existan estas planchas de carbón, que ahora han pasado a ser adornos o recuerdos de una época que ya no existe.
En décadas anteriores, la gran mayoría de la ropa que se confeccionaba solía hacerse de tela de manta, con lo que el planchado se hacía relativamente más fácil. Existían también algunas prendas finas, como las camisas de popelina, que solían utilizarse en ocasiones muy especiales, y para cuyo planchado se utilizaba el almidón, un polvo que se ponía a hervir y una vez a temperatura ambiente, se sumergían allí las prendas para luego ser exprimidas lo mejor posible, y sometidas a la labor de planchado. Una prenda almidonada hacía que el planchado fuera mucho más rígido o riguroso, de suerte que en los puños y los cuellos de las camisas, solían lucir duros, impecables y sin arrugas.
Había algunas personas, mujeres concretamente, dedicadas a labores de lavado y planchado de ropa ajena, es decir, que tenían acuerdo con determinadas familias para que les fuera entregada la ropa sucia, la sometía al proceso de lavado, casi siempre en los ríos o arroyos utilizando piedras colocadas ex profeso para tal fin, y posteriormente ejecutando el proceso de planchado, usando el almidón para la ropa formal o exterior, para luego entregarla cuidadosamente doblada a los clientes, con lo que se percibía un pago que apoyaba a la economía familiar.
Estas lavanderas y planchadoras, solían acudir desde muy temprano, apenas rayando el sol, a las riberas de los ríos y arroyos, con la intención de ganar las mejores piedras de lavado y los mejores sitios para atender la ropa limpia, y aunque el agua era un elemento gratuito,, no resultaba lo mismo con el jabón, el almidón y el carbón, que eran insumos necesarios para la labor de lavandería y planchaduría. Desde luego, solo las familias más pudientes se daban el lujo de contratar a las lavanderas y planchadoras por lo que, en general, las labores eran desarrolladas por las mujeres de cada hogar.
Estas planchas de hierro forjado, a las que conocemos como de carbón, pesaban aproximadamente dos kilogramos (unas cuatro libras), y no resultaban de una operación tan sencilla, aunado a que su peso, con el paso del tiempo, resultaban con alto agotamiento físico.
Como muchos otros instrumentos y herramientas, las planchas de carbón han caído en absoluto desuso, y en muy poco tiempo solo las veremos exhibidas en museos, o vendidas como fierro viejo, o expuestas en bazares de “chácharas’ en los mercados populares. Sin embargo, son testigos mudos de una época diferente de la nuestra, sin tanta tecnología ni dependencia de la electricidad, y son símbolos del trabajo doméstico de las mujeres en otros tiempos.
¡Caminemos Juntos!
