Tlaxcala, Tlax; 18 de mayo de 2026 (Redacción). – La muerte ha sido para el ser humano, desde siempre, una de las principales incógnitas de la existencia. Se comprende que por diversas circunstancias, el cuerpo se degenera y termina muriendo como cualquier ser vivo en la tierra, pero lo más interesante es la creencia, en la gran mayoría de los casos, de que después de esta vida existe otra dimensión en donde el alma, que se desprende del cuerpo al morir, continúa viviendo.
Desde la época a la que llamamos neolítico, esto es, la edad de piedra, los seres humanos comenzaron a llevar a cabo rituales de sepultura o enterramiento de los cadáveres de los integrantes de sus hordas que morían. Gracias a esto, los arqueólogos y paleontólogos han tenido la oportunidad de encontrar y estudiar verdaderos tesoros al localizar enterramientos, e incluso cadáveres conservados en magníficas condiciones climáticas, que han permitido un estudio más profundo acerca de las condiciones en las que se desarrollaron.
Parece ser una constante cultural que en todas las civilizaciones del mundo se haya adoptado rápidamente un sistema de división de clases o estratificación, tal fue el caso de Mesoamérica, que de acuerdo con diversos factores y circunstancias, donde la clase sacerdotal, que era la más encumbrada, y al morir tenía reservada una localía en el interior de montículos religiosos o al interior de palacios, como en el caso del rey Pakal, localizado en el interior del Templo de las Inscripciones en la zona arqueológica de Palenque, Chiapas
Hay evidencias arqueológicas de que en otras ciudades, como Teotihuacan, en donde las viviendas eran multifamiliares, los muertos en cada núcleo eran sepultados en los patios de los propios edificios de vivienda. También existía el proceso de incineración de los cadáveres e incluso, como ha quedado ampliamente documentado por estudios muy minuciosos, existían en ciertos momentos y rituales muy concretos, prácticas de canibalismo ritual.
No hay que dejar de mencionar que cuando se llevaban a cabo los entierros en el México prehispánico, el cadáver bajaba al interior de la Tierra, regularmente en posición fetal —tal como había permanecido durante meses en el interior del vientre de su madre–, y se le depositaba con diversas ofrendas, primordialmente comida y bebida, para que pudiera tener sustento con qué alimentarse en el largo viaje que iba a emprender. De ahí se deriva esencialmente nuestra tradición del Día de Muertos, en donde solemos presentar a las Ánimas de los difuntos una serie de alimentos con más bebidas y artículos complementarios en las ofrendas que elaboramos en las casas.
Ya para el periodo virreinal, en toda la Nueva España, en la provincia de Tlaxcala y desde luego en las comunidades de Yauhquemehcan, se hizo generalizada la práctica de la sepultura de los difuntos. Fue muy poco frecuente realizar la cremación de los cuerpos, salvo cuando esto estaba plenamente justificado, por ejemplo, cuando la persona había muerto de alguna enfermedad que podía llegar a ser especialmente contagiosa y mortal para el resto de la población.
De conformidad con la estratificación social que se impuso también a lo largo de la Nueva España, la mayoría de los españoles y criollos, tenían preferencia para ser sepultados en el interior de los templos, catedrales, basílicas y capillas. Para los sacerdotes y dignatarios de la iglesia se reservaban los mejores lugares, regularmente lo más cerca posible del presbiterio, o en lugares específicamente señalados para tal fin como algunos subterráneos que se localizan exactamente debajo del altar mayor.
Para el caso de los indígenas y el resto de los integrantes de las castas, lo más común era que sus cuerpos fueran sepultados en los panteones que se utilizaban en los atrios de los templos, o bien, en el área adjunta al edificio religioso.
También es muy importante tomar en consideración que desde el inicio de la época a la que conocemos como el virreinato y hasta poco más allá de mediados del siglo XIX, la Iglesia católica, a través de las parroquias, era la encargada de llevar el registro puntual de los nacimientos, que casi siempre estaban aparejados con los bautizos; lo mismo sucedía con los matrimonios y, desde luego, con las defunciones que significaba también la autorización de los entrenamientos. de ahí que haya una capital importancia en la preservación y estudio de los libros de administración de sacramentos que hasta la fecha se preservan en los archivos de las parroquias de Yauhquemehcan, de Tlaxcala y de México.
Naturalmente, dependiendo de las condiciones económicas de la familia del difunto, había o no la posibilidad de sepultar al difunto en un ataúd formal y bien adornado. se habla de que, hasta hace muy pocos años en algunas otras regiones de nuestro país, las comunidades conservaban un ataúd comunitario, que servía solo para el traslado del cuerpo desde la casa hasta el templo, y de ahí al panteón, para luego extraerlo y depositarlo, solo o amortajado en una sábana o en cualquier otra tela, directamente sobre la Tierra, de manera que el ataúd era reutilizado Tantas veces como fuera necesario.
Desde luego es necesario hablar de que en periodos en donde se presentaba multitud de difuntos, como en el caso de las epidemias, no se podían guardar tantas formalidades ni ceremonias, y por ello se optaba, simplemente, por una fosa común.
En nuestras comunidades de Yauhquemehcan se habla incluso de anécdotas acerca de que en la llamada «fiebre española», que se vivió hace poco más de cien años, cuando los familiares descubrían que alguno de sus integrantes estaba infectado por la enfermedad y se adivinaba que su destino Inevitable era la muerte, alguna vez, aprovechando diversas circunstancias, se le llevaba hasta las inmediaciones del panteón, a efecto de que pudiera morir sin contagiar al resto de los familiares, y que hubiera alguna mano piadosa que le diera cristiana sepultura en la fosa común. Nuestros abuelos hablan, con cierto sentido del humor, de que alguna vez una de estas personas pudo vencer a la enfermedad, se recuperó y regresó caminando a su casa, causando, a un tiempo, la admiración y el terror de sus familiares.
Ya en el México independiente, bajo la presidencia de Benito Juárez y en medio del movimiento que significó la Guerra de Reforma, se decretó la definitiva separación entre la iglesia y el estado de manera que, entre otras consecuencias prácticas inmediatas, se ordenó que los panteones ya no fueran administrados por las parroquias, sino por la autoridad civil. El decreto respectivo data de mayo de 1859, pero cualquier verificación por el interior de los antiguos panteones adjuntos a los templos, sea en los atrios o en los espacios inmediatos, habla de que las comunidades no obedecieron de manera inmediata lo que el Gobierno Federal había expuesto.
También es muy importante apuntar que de manera previa a la generalización del uso del metal o del concreto, las tumbas no mostraban otra cosa más que sencillas cruces de madera y el talud de tierra, lo que permitía la reutilización de los espacios. Esta condición, aunada a la relativamente baja tasa de nacimientos y a la alta mortalidad que se mantenía las localidades, hacía que los espacios designados para el uso regular del panteón fueran suficientes para atender las necesidades de la localidad.
No obstante, a partir del uso indiscriminado del concreto, del hierro forjado, y sobre todo de la ausencia de la reglamentación específica, muchas personas comenzaron a «adueñarse» de los espacios comunitarios, de manera que, en las últimas décadas, la decena de panteones municipalizados con que cuentan las localidades de Yauhquemehcan están prácticamente saturados, con muy pocas excepciones, de manera que cada día es más difícil encontrar espacio para la inhumación de los restos mortales de los fallecidos. Sería muy bueno que se hiciera conciencia acerca del significado de que los panteones son, en esencia, espacios comunitarios, y no propiedad privada de determinadas personas, a efecto de permitir la reutilización de los espacios, evitando por todos los medios la construcción de monumentos funerarios exagerados que impiden el reuso de los predios.
Lo anterior ha contribuido a que se haga cada vez más común el que existan personas que decidan la incineración de los restos de sus familiares fallecidos, lo cual, efectivamente, puede ser considerado una práctica ecológica O limpia, pero que desde el. de referencia de la práctica católica, no permite la culminación del ciclo de la persona, derivado de la frase que afirma al ser humano que polvo es, y al polvo volverá.