Crónicas de Yauhquemehcan: Axayacatzin, el capitán tlaxcalteca, símbolo de la resistencia indigenista
David Chamorro Zarco, Cronista Municipal
Tlaxcala, Tlax; 12 de mayo de 2026 (Redacción). –Este día, 12 de mayo, se conmemora el 505 aniversario del lamentable fallecimiento de uno de los hombres más significativos para Tlaxcala y en general para el movimiento indigenista. Recordamos la ejecución del capitán Axayacatzin, también conocido como “Xicoténcatl El Joven” o “el mozo”, natural de Tizatlán, nacido en 1484, y distinguido por su valentía y heroicidad en batalla.
Se trató de un personaje nacido ya en la última parte del siglo XV, esmeradamente educado en el calmecac, y que pudo conocer a plenitud la vastedad de la cultura mesoamericana previa a la llegada de los españoles en 1519. Cuando llegó el siglo XVI, este joven guerrero contaba ya con unos 15 años de edad, con lo que se puede afirmar que tenía plena conciencia de todo lo que estaba sucediendo. Participó de manera activa en diversos combates en contra de los mexicas o tenochcas, y se destacó por su fuerza, capacidad de liderazgo, empuje y sentido del honor, de manera que hacia finales de la segunda década del siglo XVI capitaneaba a todas las fuerzas de Tlaxcala.De acuerdo con algunos datos históricos, el Huey Tlatoani de Tenochtitlan, Moctezuma xocoyotzin, tuvo noticia de la presencia de los hombres europeos, prácticamente desde los primeros años del siglo XVI, gracias a su extensa red de informantes que incluso llegaban a transmitirle lo que pasaba desde la lejanía de lo que hoy son las costas caribeñas de México.No se podría decir en estricto sentido que los altos dirigentes de los pueblos del altiplano central de Mesoamérica hayan tenido gran sorpresa de mirar a los españoles. Es cierto que para la mayoría resultó una novedad el ver a seres humanos tan distintos, a los que solo en un primer momento se les dio la consideración de dioses, pero que bien pronto tal condición fue dejada de lado absolutamente, por comprobarse de manera rápida y fehaciente su categoría de mortales.Cuando los 400 o 500 españoles que capitanea Hernán Cortés, al lado de sus primeros aliados, los zempoaltecas de la costa de lo que hoy es Veracruz, llegaron a principios de septiembre de 1519 a los límites del entonces territorio de Tlaxcala (que entonces era mucho más grande de lo que hoy posee nuestra entidad federativa), fueron recibidos de manera hostil.El pueblo de Tlaxcala se resistió a dar franco paso a los españoles a través de su territorio, y dieron batalla a los europeos, Durante los primeros días de septiembre de 1519, teniendo como capitán general a Axayacatzin de Tizatlán. Los recuerdos que consigna Bernal Díaz del Castillo en torno de estos enfrentamientos, dan a entender la genuina preocupación de los españoles por llegar a ser derrotados.El período histórico al que de manera cómoda hemos dado en llamar «la conquista de México» (a mi muy personal punto de vista, utilizando un término incorrecto, pues, para empezar, México no existía), es difícil de explicar y de entender, sobre todo porque ha sido manoseado a lo largo de siglos y hasta la actualidad, levantando mitos y falsos debates, conceptos erróneos y categorías inexistentes, casi todos ellos basados en la necesidad equivocada de conformar un nacionalismo con base en los odios y las repulsiones.La Mesoamérica que encontraron los españoles estaba profundamente dividida. Existía en cuanto unidad cultural, pero en su territorio coexistían pueblos de la más diversa naturaleza lingüística. Aunque en religión los conceptos eran esencialmente muy parecidos, en términos de política había diferencias palpables a primera instancia, básicamente porque durante más de cien años los mexicas o tenochcas habían impuesto su voluntad en buena parte del territorio mesoamericano, cometiendo todo tipo de abusos, imponiendo tributos en especie y en personas, y ejerciendo un férreo control de muchas naciones que clamaban por coexistir en libertad.Por eso es que se dice que en realidad la mal llamada «conquista de México» fue consumada por los indígenas, más que por los españoles, pues lo que hicieron estos últimos fue servir como detonador de un conflicto que, en cualquier otra circunstancia, habría estallado de cualquier manera.Esta era la lectura de realidad que veían los señores de Tlaxcala, y por la cual Axayacatzin fue llamado para que cesara los ataques a los españoles, y cediera su lugar a la diplomacia, a efecto de tejer una alianza entre Tlaxcala y los hispanos. No es difícil comprender lo que asientan cronistas e historiadores acerca de que Axayacatzin recibió con enojo y a desgano las órdenes superiores, pues su opinión como guerrero era simplemente combatir hasta exterminar. Sin embargo, su disciplina y sentido del orden le hicieron obedecer, y se permitió el paso de los españoles y a los zempoaltecas por la tierra de Tlaxcala, hasta que llegaron con quienes detentaban el poder en las cuatro cabeceras, y se discutió y consolidó una alianza, no solo coyuntural o estratégica, sino de sangre, para lo cual fueron entregadas mujeres tlaxcaltecas a los señores españoles, en cuyos vientres se fecundó y creció una nueva raza, nacida de las dos ramas, a la que ninguno de los ascendientes podría dar la espalda.De acuerdo a las indicaciones de los señores de Tlaxcala, Axayacatzin unió sus fuerzas a la de los españoles y zempoaltecas, y les acompañó a las diversas localidades que siguieron en su camino, rumbo a la ciudad de México – Tenochtitlán. Al tiempo que esto sucedía, gracias a los esfuerzos diplomáticos de los señores de Tlaxcala y también a la capacidad de lectura política de Hernán Cortés, muchos otros pueblos de la región fueron adhiriéndose al ejército aliado.Se deduce con facilidad que Axayacatzin adivinaba que este gran movimiento traería como consecuencia la serie modificación del mundo que él había conocido; veía una amenaza en el dominio de los españoles, y no era capaz de confiar en la palabra empeñada por esa gente tan distinta; sentía en su corazón que no solo estaba actuando en contra de México – Tenochtitlan, con lo que sí podría estar de acuerdo, sino contra todos los valores de vida y cultura que le habían enseñados.No obstante, nuevamente el sentido de la obediencia pudo más en su formación militar y se ciñó al cumplimiento de las órdenes que había recibido. Durante los ocho meses que estuvieron los miles de guerreros del ejército Aliado en la ciudad de México – Tenochtitlan (de principios de noviembre de 1519 a finales de junio de 1520), Axayacatzin parece haber pasado todo ese tiempo sin mayores sobresaltos. Sin embargo, sus temores se acrecentaron cuando presenció la derrota del ejército aliado en el acontecimiento al que nosotros, de manera histórica, conocemos como «la Noche Triste», en donde sus soldados sufrieron grandes pérdidas, y buena parte de los españoles no lograron sobrevivir.Cuando estuvieron de regreso en el territorio de Tlaxcala, Axayacatzin trató de convencer a los dirigentes de que debían aprovecharse la oportunidad para terminar de una vez con los españoles que quedaban, exponiendo sus temores en torno del peligro que representaban a largo plazo, pero sus razones fueron desoídas. En cambio, Tlaxcala puso a disposición de Hernán Cortés y sus técnicos diversos recursos para la construcción de los bergantines con que finalmente se atacaría la ciudad de México – Tenochtitlan, e incrementaron su actividad política y militar para lograr la anulación de los puntos de apoyo que fuera de la Isla seguían teniendo los tenochcas; comenzaron a construir un cerco que dificultaba que los habitantes de la isla recibieran los alimentos del exterior y se prepararon para la campaña final en contra de quienes durante muchas décadas habían sido sus opresores.El asedio final a la ciudad inició en la primavera de 1521, con la botadura de los bergantines al lago de Texcoco, la destrucción de los puentes que unían a la ciudad con tierra firme y la instalación definitiva de un cerco o sitio que dejó a merced de las necesidades a los habitantes de México – Tenochtitlan. Aquí fue donde Axayaacatzin mostró ciertas actitudes que hicieron sospechar que podría representar un peligro para el ejército Aliado, en particular para los españoles. Hernán Cortés, famoso por sus determinaciones draconianas, muchas veces injustas y desproporcionadas, mandó a que, sin previo juicio, se tomara preso al Capitán Axayacatzin y se le ejecutará, ahorcándolo, en un lugar que no ha podido ser precisado, muy cercano a Texcoco. Era el 12 de mayo de 1521.¿Fue justo lo que le sucedió al Capitán Axayacatzin? ¿ justificado acusarlo de traición por supuestamente tratar de desobedecer la alianza que había sido aprobada por las autoridades de Tlaxcala? ¿Podría alguien acusar justificadamente al capitán Axayacatzin de traición a su pueblo? ¿ verdaderos los temores que albergaba en su corazón el capitán Axayacatzin en torno de que el destino de su cultura quedaría marcado para siempre con el apoyo a los españoles?Todas estas cuestiones quedan solo para la especulación, la reflexión y el intercambio de opiniones Lo cierto es que hace poco más de 500 años, Tlaxcala perdió a uno de sus héroes más importantes, a un símbolo del indigenismo y de la cultura nahuatlata, a quien de ninguna manera debemos olvidar, mucho menos este día, que rememoramos su sacrificio.Para quienes hablan acerca de la resistencia de los pueblos originarios, la figura de Axayacatzin bien podría ser uno de los símbolos más altos y fuertes para tener en consideración en torno de la preservación de ciertos valores culturales de los pueblos indígenas mesoamericanos. Para nosotros, en Tlaxcala, Axayacatzin debiera ser mucho más que una estatua, que un monumento, que una calle, que el pretexto de un discurso oficial o de un homenaje hueco y desabrido.Sin ánimos chauvinistas ni de un patriotismo exagerado, fanático o irracional, en Tlaxcala debemos tener conciencia de que somos herederos de hombres tan enhiestos, congruentes, valerosos y trascendentes como Axayacatzin, y debemos tenerlo muy presente para guiar con valores y principios de verdadera fortaleza la construcción de nuestro destino y de las comunidades en donde vivimos. Tlaxcala merece estar a la altura de la visión que tuvo Axayacatzin, y para lograrlo, todos somos responsables.
¡Caminemos Juntos!
