CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN: ¡Chinche al agua!
David Chamorro Zarco, Cronista Municipal
Tlaxcala, Tlax; 24 de mayo de 2026 (Redacción). – Hemos tenido ya la oportunidad de hablar acerca de la importancia, naturaleza y diversión que representaron en otro tiempo los juegos infantiles que practicaron las generaciones anteriores. Al igual que las rondas, el trepar por los árboles o el jugar a las escondidas, había retos de mucho mayor precisión, fuerza, astucia y consistencia que eran regularmente practicados sólo por los varones.
Uno de los juegos más populares de los escolares ya con cierta estatura y peso (me refiero sobre todo a quienes estaban en cuarto, quinto o sexto grado de educación primaria o ya en la secundaria), era un juego tradicional al que se conocía de manera popular con el nombre de «chinche al agua». Se trataba de un reto de fuerza, coordinación, astucia y comunicación que era el deleite de los muchachos en el horario concedido para el recreo.
El grupo de chicos que deseaba participar en el juego se dividía en dos. Era muy habitual que, para ponerse rápidamente de acuerdo, se eligiera a dos líderes o capitanes quienes, de manera alternada, iban eligiendo a los integrantes de su equipo, procurando que quedaran con el mismo número de integrantes. Naturalmente estos capitanes de inmediato se inclinaban por los muchachos que sabían con más destreza y fuerza. En los tiempos modernos cualquiera de los niños de la actualidad, bajo las ideas de nuestros días, quizá se habría quejado de bullying o maltrato, porque efectivamente los más débiles o poco diestros eran francamente discriminados, pero en esas épocas la verdad es que todo se aceptaba y se superaba.
A tener a los dos equipos ya formados, se determinaba quién habría de ser el primer defensor, y esto regularmente se determinaba con un volado, y si no había una moneda disponible (cosa que era muy común en esa temporada), se determinaba de cualquier otra manera, incluso recitando la famosa frase «de Tin Marín de do pingüe».
El equipo defensor colocaba a quien creían el más fuerte y bien apalancado de sus miembros a la cabeza de la columna punto este muchacho, sin recargarse en ninguna superficie o muro, abría ligeramente las piernas, y entre ellas metía su cabeza el primero de los compañeros; a continuación, el segundo hacía lo propio entre las piernas del que se había agachado primero, y así sucesivamente hasta agotar el número de participantes, de suerte que se formaba una especie de puente o «burro», sobre el que debía saltar el equipo retador. Naturalmente había que ponerse muy firme tratando de afianzarse de las piernas del de adelante, y al sentir el peso del oponente, sobre todo cuando este tenía la mala suerte de no caer adecuadamente centrado, se procuraba derribarlo haciendo movimientos hacia un lado y hacia el otro, pues si se lograba que el pie o la mano de alguno de los oponentes tocaba el piso, los defensores ganaban y se cambiaban los roles del juego.
Por su parte, los retadores trataban de organizarse de manera que los más fuertes fueran los que saltaran al principio, tratando de llegar lo más lejos posible sobre las espaldas de los compañeros agachados. se solía gritar «chinche al agua!», y el muchacho, habiendo tomado buen impulso, saltaba sobre las espaldas de los agachados, tratando de infringir El mayor golpe posible sobre las espaldas de quien le recibía, con la intención manifiesta de hacerle perder el equilibrio y dar por el suelo, con lo que ganarían la partida y el juego se repetiría a su favor.
Una vez que el primer chico caía sobre “el burro”, el segundo hacía lo propio, a veces con tanta fuerza y destreza que era capaz, incluso, de volar por encima del que había caído primero. Así se sucedían los saltos, y una vez que habían terminado si se daba el caso de que la estructura de defensores no se hubiera vencido, estos comenzaban a moverse de manera brusca tratando de derribar a los que estaban arriba pues, como tengo dicho, en cuanto una mano o un pie tocaba en el piso, se consideraba que había terminado la partida.
Tal como se describe, se trataba de un juego de mucha fuerza, destreza, coordinación y habilidad, Es cierto que muchas veces sucedió que alguien se lastimara, y también era frecuente que alguien saliera llorando, pero en general la competencia se disfrutaba con mucho deleite, y era una buena oportunidad para reforzar amistades, para reconocer liderazgos y para irse formando en torno de la rudeza consustancial de la vida.
Estoy seguro de que quienes esto lean, si han superado los 40 o los 50 años de edad, recordarán con gran facilidad el deleite, la competencia, la expectación que se formaba en torno de estos retos de «chinche al agua» que, dicho sea de paso, algunos llegaron a conocer también cómo «el burro» o «el burro entamalado».
Siendo muchacho, poco importaba el terminar bañado en sudor por el esfuerzo realizado, el llenarse la cara y las manos con tierra, y aunque estaba uno propenso al regaño consustancial de las mamás por haber ensuciado el uniforme escolar o la ropa común que se llevaba a las escuelas, nada se podía comparar en ese entonces con el placer y la emoción de haber vencido al grupo oponente.
Quién esto escribe tiene el recuerdo muy presente de haber practicado este juego con sus compañeros en la escuela Telesecundaria «Xicoténcatl Axayacatzin», de San Dionisio Yauhquemehcan, teniendo el inigualable placer y el recuerdo imborrable de una época en que todo parecía felicidad absoluta y despreocupación permanente. Vayan mis recuerdos más sinceros y cariñosos para mis compañeros de juego que me permitieron crear estas memorias que hoy comparto con gran gusto y nostalgia.
¡Caminemos Juntos!
