CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN: Las estrellas del cielo: otra maravilla que estamos perdiendo
Por David Chamorro Zarco, Cronista municipalTlaxcala, Tlax; 7 de julio de 2026 (Redacción). – En el año de 1986, mientras quien escribe cursaba el sexto año de educación primaria en la localidad de San Lorenzo Tlacualoyan, tuvo la invaluable oportunidad de conocer a uno de los maestros que, a mi juicio, más aportaron para mi naciente formación. Se trataba de un joven profesor que estaba en el último año de la educación universitaria, Modesto Edilberto Vázquez Rodríguez, quien constantemente hablaba en clase acerca de las maravillas que representaba el estudio de las ciencias naturales. En alguna ocasión, al hablar un poco acerca de astronomía, nos hizo conocer algo acerca de los cometas, particularmente de uno llamado Halley que tenía una trayectoria elíptica perfecta y que cada 76 años era visible desde la Tierra, resultando que ese cuerpo celeste se había hecho presente en el año de 1910, de manera que en 1986 volvería a aparecer.
Efectivamente, así sucedió y bien recuerdo que en algún atardecer, justo a la hora del cambio del crepúsculo a la noche, se podía distinguir una pequeña línea blanca en el horizonte hacia el lado poniente. Cuando hice cálculos de cuándo volvería a ver al cometa Halley, resultó que la cuenta me arrojaba hasta el año 2052, y seguramente será muy poco probable que vuelva a verlo.Este recuerdo viene al caso porque, al igual que prácticamente todas las personas de mi generación y de las anteriores, tuvimos el enorme privilegio de que en algunas noches volver la mirada hacia el cielo representaba una experiencia única, pues podíamos mirar distintos y muy diversos puntos luminosos en la bóveda celeste. Los padres y abuelos incluso eran capaces de reconocer y mencionar por sus nombres propios a las diferentes estrellas que aparecían en el horizonte de acuerdo, naturalmente, a su propia concepción de la cosmología, de manera que nos hablaban del arado, de las cabritas y de muchos otros cuyo nombre ya no puedo precisar.La contemplación del cielo podía realizarse a simple vista, y desde luego, si se tenía un lente magnificador el resultado era mucho mejor, pero en general Era muy poco frecuente que hubiera noches tan cerradas, a no ser que estuviera completamente nublado, en que no se vieran estos cuerpos celestes compartiendo su luz por las noches, de manera que era improbable que no existiera la suficiente luminosidad como para al menos guiar nuestros pasos en medio de la noche.En la actualidad, como todos podemos atestiguar es una labor difícil lograr siquiera que las personas vuelvan la mirada al cielo. Es muy curioso que casi nunca volvemos nuestra vista hacia la bóveda celeste, y debido a la iluminación que hoy tenemos como producto de nuestro crecimiento urbano cada día es más difícil poder contemplar la luminosidad de las estrellas.Acaso tenemos cierta curiosidad cuando nos admira la majestuosidad de la luna llena, aunque, en la mayoría de los casos hemos olvidado los fundamentos para poder leer algunos signos que nuestros antepasados sí dominaban, como el hecho de conocer si la luna, en sus bases cambiantes, anunciaba que se presentarían lluvias o periodos de sequía.Desde luego, la gran mayoría de nosotros hemos perdido la habilidad de leer la hora de la noche o de la madrugada al ubicar la altitud de las estrellas respecto del plano del horizonte, cuestión que era perfectamente dominada por nuestros antepasados.A muy pocos les interesa o les admira los descubrimientos que se van presentando de parte de las agencias internacionales especializadas en el estudio de la astronomía, como en el caso de la NASA. A muy poco tiempo hemos olvidado siquiera el nombre de la primer mujer astronauta mexicana que tuvo hace poco tiempo la oportunidad inigualable de orbitar nuestro planeta, la ingeniera Katya Echazarreta; nos interesa muy poco conocer los progresos en el conocimiento de las características de Marte y mucho menos fue capaz de levantar curiosidad o rating de audiencia El viaje reciente que se efectuó en un viaje tripulado hacia el lado oculto de la luna.Desde hace decenas de miles de años, si no es que más, los seres humanos han vivido con los ojos pegados al cielo, no solo tratando de adivinar, según los postulados de la astrología, el dictado de las estrellas y su influencia en el destino de los seres humanos, sino sobre todo el conocimiento serio y científico del cómo entender a nuestro propio mundo en ese constante e inacabable movimiento que tienen todos los cuerpos celestes, comenzando por el sol y la luna, los planetas, los asteroides, las constelaciones y todo aquello que se estudia desde el campo de la astronomía. Famosos fueron, por ejemplo, los mayas, al hacerse de conocimientos muy precisos acerca de la marcha de los astros, de la secuencia de los fenómenos naturales, comenzando con las lluvias, y la manera en que debía entenderse el hombre como parte de un enorme universo con leyes perfectamente establecidas e inquebrantables.Sé que hoy nuestras prioridades son de otra naturaleza, que hemos contaminado tanto el medio ambiente que desde el seno de las ciudades es muy difícil mirar los cuerpos celestiales, que el impresionante tren de vida que hemos puesto a nuestras vidas en lo que menos nos hace pensar es en la belleza de los astros, y acaso solo pensamos en las estrellas como personas famosas de la televisión, del cine y de las redes sociales. Nos damos muy pocas oportunidades para mirar hacia arriba y contemplar, en toda su majestuosidad la belleza del cielo, esa infinidad de puntos blancos y titilantes a los que nuestros antepasados dieron toda suerte de explicaciones, desde el decir que se trataba de un camino de leche, en la concepción de los romanos, pasando por el recuerdo permanente a los hijos de Abraham de que su descendencia sería tan grande como los astros que se contemplan en la noche, de conformidad con el texto bíblico, hasta la concepción de que las estrellas representaban a los guerreros, de acuerdo al pensamiento esencial mesoamericano.Quien haya contemplado, en toda su plenitud, fenómenos astronómicos tan impresionantes como total de sol que tuvimos al mediodía del 11 de julio de 1991, en donde en medio del esplendor de un sol luminoso, de pronto llegó la noche absoluta, recordarán los sentimientos de admiración, de gratitud y de pequeñez ante el universo que vivimos En esa ocasión memorable.Ojalá que más allá de las tareas que se les imponen a los chicos en las clases de ciencias naturales, se les pudiera proveer de la experiencia real de contemplar en campo abierto la maravilla que significa mirar al cielo en todo su esplendor, y caer en la cuenta de que el ser humano es apenas un grano minúsculo de arena en el universo inconmensurable, ante cuyos misterios, nuestra mente resulta francamente insuficiente.No olvidemos, de vez en cuando, volver los ojos al cielo y admirarnos con la creación y la vida del universo magnífico e inconmensurable del que somos parte. al cielo y admirarnos con la creación y la vida del universo magnífico e inconmensurable del que somos parte.
¡Caminemos Juntos!
