CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN: Una leyenda inexplicable
Por David chamorro Zarco, Cronista Municipal
Tlaxcala, Tlax; 10 de julio de 2026 (Redacción). – Juanita y Eleazar eran jóvenes. Se habían casado en diciembre, una semana antes de Navidad, en el templo de Santa Úrsula Zimatepec. Ella recibió la primavera con la feliz noticia de que sería madre hacia finales de septiembre y se dedicó a combinar sus deberes con la alegría de pensar en su bebé.
Eleazar era carpintero, de manera que, mientras combinaba los trabajos que la gente le encargaba de puertas y muebles, iba laborando poco a poco en la confección de una cuna hermosa, que sería como una extensión amorosa de sus propios brazos.Al mediar el verano Juanita lucía un vientre cada vez más redondo y hermoso. Todas las tardes, mientras contemplaba la tibia caída de la lluvia debajo del pórtico de su casa, se ponía a cantar, acompasando su voz en la rítmica caída de las gotas en el tejado.Septiembre llegó con fuertes aguaceros. Eleazar trabajaba en su taller, distante a un tiro de piedra de su casa y procuraba estar pendiente de cualquier necesidad de su joven esposa, pues, aunque ya tenían todo preparado para el alumbramiento, su novatez como padres les imponía el miedo natural.El día veintinueve del mes, en la fiesta del Arcángel, se produjo el milagro. Las primeras tinieblas de la noche coincidieron con los dolores iniciales del parto. Eleazar corrió nervioso a avisar a su madre y su suegra sobre la llegada del momento y luego se movió como una sombra, bajo una lluvia pertinaz, hasta llegar a la casa de la partera para pedir su presencia.Antes de la media noche nació el niño. Era hermoso. Sus movimientos eran fascinantes y delicados. Eleazar quedó especialmente prendido del inocente y bendijo a Dios desde el fondo de su corazón por haberle concedido ésa dicha.Los jóvenes padres siguieron todos los rituales que su pueblo les imponía. Se preparó al bebé contra el mal de ojo, de le curó del empacho y del espanto, se le pudo ruda cerca de donde dormía; a la madre se le dieron baño con hierbas especiales y se le alimentó con atoles para que produjera leche suficiente y de buena calidad.A los tres meses Miguel era un niño hermoso y vivaz. La madre lo cuidaba afanosa y el padre trabajaba con absoluta dedicación, procurando que nada de lo fundamental faltara en su casa.Una noche, de las primeras de enero, Eleazar creyó ver una sombra deslizarse por fuera de su casa. Se armó con un madero y dio la vuelta completa a la vivienda sin ver a nadie. La mujer preparaba la cena para luego amamantar a su pequeño y arrullarlo hasta dormir.Terminaron su cena sencilla y se tendieron sobre la cama, dejando al bebé en medio. Juanita se desnudó uno de los senos y lo presentó a la boca del pequeño quien, de inmediato, comenzó a succionar. Los jóvenes padres sonrieron complacidos. Al poco tiempo ambos comenzaron a sentir una inusual pesadez en los ojos, un sueño incontenible que les sometía. Eleazar alcanzó a escuchar aletazos de una gran ave chocando contra una de sus ventanas y, haciendo un esfuerzo descomunal, se incorporó y buscó el rifle que colgaba detrás de la puerta. Comprobó que estaba cargado y listo para la acción. Se lo colgó en la espalda y fue a la cocina a echarse agua fría en la cara para asustar el sueño.La paz regresó. Volvió a la habitación y miró como madre e hijo dormían apacibles. Se sentó en una silla junto a la cama y volvió a sentir la misma pesadez, el mismo sueño incontrolable. Nuevamente escuchó ruido, como si un gran perro u otra bestia le dieran de zarpazos a su puerta. Casi desde la inconsciencia del sueño se obligó a despertar y se levantó. Tuvo la intención de abrir la puerta y disparar contra lo que estuviera afuera, pero lo detuvo la prudencia.Como un soldado, se puso a marchar de ida y vuelta por las habitaciones con el rifle en la mano, sin seguro y listo a disparar contra lo que fuera. A lo largo de un buen rato escuchó otra vez aletazos, zarpazos, gruñidos, quejidos y sintió helársele la sangre. Comenzó a rezar. Se dio cuenta de que las oraciones alejaban a los atacantes y se prometió continuar hasta el amanecer.Eleazar nunca se dio cuenta de que en lo más alto de la madrugada una silla apareció vacía y lista para alojarlo justo frente a la puerta de su casa. Se dijo que desde ahí vigilaría y descansaría un poco. Al instante cayó en un sueño profundo, al que ya no pudo combatir.Desde lo profundo de su sueño oyó que lo llamaban a gritos y golpes en la puerta y también a su mujer. Se mordió la lengua hasta causarse dolor y despertó. La luz del sol era clarísima. A juzgar por el calor, debía ser el medio día. Eleazar distinguió la voz de su madre dando golpes fuertes en la puerta y corrió a abrir.La mujer le preguntó la razón por la que no le había abierto. Llevaba mucho tiempo tocando. Eleazar se quedó como estúpido. No comprendía nada. Luego un destello de luz pasó frente a sus ojos y se acordó de su mujer y de su hijo. Corrió a la recámara. La mujer dormía profundamente todavía en la cama, sin darse cuenta de nada, pero el pequeño estaba muerto, tirado a la mitad de la habitación.
¡Caminemos Juntos!
