Resumen

DEJAD QUE LADREN LOS PERROS Por ALBERTO AMARO CORONA

En su entrega de esta semana, el diputado local Alberto Amaro Corona nos habla sobre el ideal de Francisco I. Madero

El ideal de Madero

Francisco I. Madero murió asesinado un día como hoy hace 105 años, en buena medida por creer en la buena voluntad de los cobardes que  lo traicionaron y pensar  que el respaldo de la gente haría que, los cadetes del Colegio Militar (entre otros) protegieran su vida y su mandato, que era al mismo tiempo el de una voluntad popular expresada con la mayor libertad, después de sobrevivir a una dictadura.

Madero intentó conciliar a todos los grupos que surgieron de la revolución, incluyendo al ejército que apoyó a Porfirio Díaz. Madero respetó la ley a toda costa, aun cuando ésta significó que, una vez ganada la revolución, un ministro porfirista ocupara la presidencia hasta que se concluyera el periodo legal. Lo anterior provocó revueltas de los propios maderistas, quienes tenían urgencia de que se cumplieran sus demandas, como Emiliano Zapata o Pascual Orozco.

La mezcla de la ingenuidad y la buena fe de Madero, sumada a las grandes expectativas de la revolución, la ambición de los generales porfiristas y la intromisión de la embajada de Estados Unidos, dieron como resultado el asesinato de Francisco y de Gustavo Madero, así como del Vicepresidente Pino Suárez.

Ese idealismo ingenuo, acarreó la dictadura huertista que alargó el proceso revolucionario, con sus costos humanos, sociales y económicos, postergando la consolidación de un proyecto de nación otra década y media, pero además, provocando una nueva guerra civil entre los ejércitos revolucionarios.

Madero pasó a la historia como uno de los políticos que creía ciegamente en que la voluntad del pueblo vencería a quienes ambicionaban el poder por el poder, creía que no controlar a la prensa garantizaría la consolidación de la democracia, que el ejército respetaría a las instituciones del Estado.

Narra Paco Ignacio Taibo II, que cuando murió la esposa de Madero tuvo que vender su caballo para pagar el ataúd, después de haber sido presidente y uno de los hacendados más ricos del país.

Madero se equivocó en su idealismo y en su ingenuidad y perdió la vida por ello. Su gobierno libre, respetuoso de la ley, anteponiendo la voluntad popular y sin corrupción, siguen siendo ideales lejanos a nuestra realidad. Es cierto que la política requiere cierto pragmatismo, pero el ideal maderista debe ser uno de los motores y emblemas del país al que aspiramos: leyes justas que se respeten, equilibrio de poderes, un pueblo con libertad garantizada por el Estado que la ejerce responsablemente y sin corrupción y, en estos tiempos, una vida con seguridad pública.

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