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Juegos infantiles en velorios

CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN

Tlaxcala, Tlax; a 29 de enero del 2025 (Redacción).- La muerte es un acontecimiento inherente a la vida. Desde el principio de los tiempos, los seres humanos se han preguntado sobre su naturaleza, consecuencia y trascendencia. Vida, muerte y religión confluyen en prácticamente todos los grupos humanos.

​Para nuestra región, el fallecimiento de una persona es un acto que se acompaña en comunidad. La familia del difunto procede a avisar a las autoridades eclesiásticas del pueblo, regularmente al Fiscal o Mayor, a efecto de que se instruya al campanero para haga tañer las campanas con un toque muy especial al que se denomina «doble», con lo que, de manera inmediata, toda la población se entera que alguien ha dejado de existir.

​De manera sucinta, y aceptando que hay diversas variantes en las prácticas y creencias, en la casa del difundo se introduce tierra y con ella se hace una cruz en el piso a donde se baja el cadáver para que descanse, previo a su acomodo en el interior del féretro o ataúd. En nuestros tiempos modernos, la gran mayoría de las personas fallece en los hospitales, y pocas lo hacen en sus casas, como solía suceder hasta hace pocas décadas.

​En la casa del difunto la familia se prepara para diversos rituales que, de manera conjunta, tienen la misión de generar la despedida y el progresivo desapego para entender y aceptar que ya no forma parte del reino de los vivos. Poco a poco la comunidad se va haciendo presente, sobre todo por la tarde y noche del velatorio, en donde, de manera regular, se rezan diversos rosarios. Merecería un artículo concreto la presencia, formación y naturaleza de los rezanderos en las comunidades, encargados de conducir las oraciones comunitarias.

​En los velorios hay dos ideas que se asocian de manera inmediata: la primera tiene que ver con el consustancial rezo del santo rosario para pedir por el descanso del alma de quien ha partido de este mundo, por el perdón de sus faltas o pecados y porque luzca para su alma la luz perpetua, con el deseo de que descanse en paz. La segunda idea que se asocia es la del café, al que incluso se le denomina concretamente de esa manera, «café de velorio», y existe la creencia de que la bebida tiene un sabor muy especial, acaso por el clima de convivencia de las familias y, como ya se sabe, no falta quien demanda que el suyo vaya «con piquete».

​Como se sabe, luego del velorio viene la misa de exequias, comúnmente llamada «de cuerpo presente», para luego proceder a la inhumación o sepelio, la casi infaltable comida en la casa de la familia del difunto y, desde el día siguiente, el desarrollo de los nueve rosarios que terminarán con una ceremonia muy especial a la que se conoce como «Levantada de la Cruz», para que al siguiente día se efectúe una misa más y el traslado de este elemento para ser fijado en la tumba donde descansan los restos de la persona que falleció. Luego, nuevamente una comida, ahora concretamente en honor a los padrinos de la cruz, y a partir de ahí misas mensuales o anuales.

​Todo esto merece una descripción mucho más detallada, pero sólo lo menciono a manera de contexto general y bajo la justificación de que todos estos ritos y ceremonias, con sus respectivas y respetables variantes, no tienen otra finalidad más que hacer de despedida de la persona que ha muerto y, ante todo, de generar un desapego progresivo para que cada cual acepte que su ser querido ya no estará más en casa. Esto que ahora incluso es atendido por psicólogos especializados a través de terapia relacionada a la tanatología, nuestras comunidades lo han practicado durante siglos.

​Pero no con todas las personas se realizaban las mismas ceremonias o rituales. Bajo la lógica y la cosmovisión de las generaciones de nuestros antepasados, el fallecimiento de las niñas y niños merecía otro tipo de consideraciones, basados, especialmente, en su estado general de inocencia, es decir, no eran conscientes del pecado y únicamente podían ser culpables de la pena venial, derivaba en que no era necesario el rezo del santo rosario para poder el perdón por sus faltas, con lo que velorio no ameritaba, como en el caso de los adultos, la constante rogación por el perdón a sus faltas y la recepción en el lugar de la vida eterna.

​No hay que perder de vista la síntesis de la cosmovisión católica ante la muerte: si mueres en gracia de Dios y fuiste de un comportamiento ejemplar o si sufriste el martirio por la defensa de la fe, mereces, sin mayores trámites asciendes al estado de la iglesia triunfante, es decir, a la contemplación de Dios en convivencia con los santos y la corte celestial. Por otra parte, si moriste en pecado y toda tu vida fue absolutamente reprobable, lo más seguro es que tu alma irá al lugar del castigo eterno, esto es, al infierno, y de ahí no saldrá jamás. Empero, en el caso de la gran mayoría de los cristianos, la creencia generalizada es que, al morir, se evalúa la vida de la persona (por ejemplo, con la acción del Arcángel San Miguel que aparece con una balanza), y se determina que el alma pase un tiempo determinada en el purgatorio, lavando sus culpas, hasta que esté perdonado y pueda ascender a la iglesia triunfante. De aquí se deriva la importancia que tiene el rezo cotidiano del santo rosario, la devoción a la Virgen del Carmen y la creencia de que cada día, los ángeles acompañan a un número de determinado de almas en su ascenso por el camino a la gloria.

​De este modo, cuando moría una niña o un niño, se obviaba el rezo del santo rosario y, de acuerdo a los recuerdos del padre de quien esto escribe, ya con una edad de 86 años, el velorio se convertía en una convivencia de juegos entre niños y jóvenes, lo que daba a la reunión un tinte más de festividad que de congoja por la partida de un pequeño o de una pequeña.

​Tampoco hay que perder de vista que, de conformidad con los datos estadísticos que se manejan de parte de las autoridades en materia de salud, en las últimas décadas ha disminuido sensiblemente el número de niñas y niños que mueren, pero hacia la mitad del siglo XX aún era un número considerable de infantes que no podían llegar a la edad adulta, primordialmente por la presencia de cierto tipo de enfermedades infecciosas, la falta de vacunas y medicamentos, así como la ausencia casi generalizada de servicios de salud, coronado todo esto por una alimentación y nutrición deficiente.

​Siguiendo el relato de Don David Chamorro Hernández, vecino de la localidad de San Lorenzo Tlacualoyan, en Yauhquemehcan, era común que, al saberse del fallecimiento de un niño o una niña en la comunidad, rápidamente se corriera la voz y al caer la noche, niños, jóvenes y algunos adultos iban reuniéndose en la casa de quien había muerto. Igual que en los otros velorios, se convidaba a los reunidos de café y pan.

​Los niños iban vestidos de pantalón de mezclilla o de manta, su camisa, huaraches que calzaban sus pies y su infaltable sombrero, en tanto que las niñas acudían con sus vestidos sencillos e igualmente con huaraches, a veces también ataviadas con un rebozo.

​Debe entenderse que la permisividad de realizar diversos juegos se inscribía, primero, en el ánimo de despedir el alma del pequeño o la pequeña, en un clima de festividad, acompañados por sus compañeros de juego y recreación. Enseguida, hay que asumir que la clase de los juegos que se efectuaban eran de manera regular, lo que en general se hacía en la vida infantil de tales generaciones, es decir, juegos de ronda en donde participaban por igual niñas y niños. Empero, existían otros juegos que debido a la fuerza que demandaban y a ciertas características particulares, sólo eran reservados para niños y jóvenes, aunque igualmente podían participar algunos hombres adultos que estuvieran dispuestos a soportar los castigos impuestos.

​Sólo haré referencia a un par de ellos comenzando por el juego al que llamaban «La Nalgada». En primer lugar, se nombraba a un participante al que se daba el título de «Juez», y pasaba a sentarse en una silla, ataviado de una cobija o sarape. Naturalmente en su calidad de autoridad, se pedía al «Juez» que fuera honesto e imparcial. Todos los participantes se sentaban formando un semicírculo, cuyo centro era la silla de la autoridad y el primer participante pasaba con el Juez. Allí, metía la cabeza entre las rodillas del que estaba en la silla, mientras este le tapaba con la cobija, de manera que no hubiera posibilidad de que pudiera hacer trampa, mirando. A continuación, alguno de los participantes, le daba una nalgada al que estaba inclinado y volvía a su sitio lo más rápido y discreto que pudiera, para que, acto seguido, el Juez descubría al castigado y este debía adivinar quién había sido el que lo había golpeado. Señalaba a alguien o decía su nombre y el Juez confirmaba o desechaba. Si lograba adivinar, ahora el que pasaba a recibir el castigo era el que había golpeado, pero si el pobre fallaba en su determinación, volvía a inclinarse para recibir una nueva nalgada, hasta que fuera capaz de adivinar quieran había sido su agresor. Se entiende que el juego es muy severo, pues dice el informante que incluso había quienes se atrevían a quitarse el huarache y con él castigar el trasero del pobre que estaba inclinado ante al Juez, de manera que la regla generalizada era que quien jugaba, se aguantaba.

​Ahora hablemos de otro juego llamado «Ojos a la vela, manos por detrás». En este caso se hacía un circulo en cuyo centro se ponía una vela. Todos los asistentes debían estar sólo atentos a la luz parpadeante. Con un rebozo se hacía un enredo, es decir, se iba comprimiendo y anudando de manera que prácticamente queda hecho un garrote. El primer participante tomaba el rebozo anudado y por detrás del círculo de muchachos iba caminando lenta y discretamente, verificando que nadie hiciera trampa espirando, En un momento determinado, ponía el rebozo en las manos de alguien y éste de inmediato la emprendía a garrotazos en contra del compañero que tenía inmediatamente a la derecha, y lo perseguía dándole tantos golpes como se pudiera, en tanto el otro procuraba darle la vuelta al circulo lo más pronto posible, pues lo salvaba de la golpiza el regresar a ocupar su lugar. Se entiende que el dueño original del garrote, al entregarlo a quién él determinaba, pasaba a ocupar su lugar, integrándose al juego. Una vez que el primer vapuleado lograba rehacerse de su sitio, el nuevo dueño del rebozo anudado recorría con lentitud y parsimonia por fuera del círculo de participantes para que, con todos desprevenidos, entregara el garrote a otro, quien la emprendía con todas sus fuerzas y saña en contra de quien tenía inmediatamente a su derecha.

​Hoy este tipo de manifestaciones prácticamente han desaparecido. Forman parte de nuestro patrimonio cultural inmaterial y debemos conocerlos y contextualizarlos. No se trataba de faltas de respeto a la memoria de una persona recién fallecida o indolencia ante el luto que invadía a una familia que recientemente había perdido a un integrante. Antes bien, era parte de los rituales y actividades que afianzaban el sentido de unidad y pertenencia de las comunidades, en el marco general de la vivencia de su religiosidad.

​Acaso, con el debido respeto a todas las opiniones y sensibilidades, hoy valdría la pena hacer resurgir este tipo de juegos y muchos otros en donde la esencia era la convivencia presencial y la actividad física creciente de la niñez y en la juventud, en un mundo en donde las y los pequeños parecen mucho más interesados en los ordenadores y en los teléfonos móviles.

​Hubo tiempos en nuestras comunidades en donde los juegos descritos y muchos otros, hacían el deleite de chicos y grandes, inundando de gritos y de risas los hogares, calles y las plazas de nuestros pueblos.

¡Caminemos Juntos!

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