Personajes de Yauhquemehcan: Carlos Gómez Vázquez: manos que crean rostros de alegría - Linea de Contraste

Personajes de Yauhquemehcan: Carlos Gómez Vázquez: manos que crean rostros de alegría

David Chamorro Zarco, Cronista Municipal

Tlaxcala, Tlax; 12 de mayo de 2026 (Redacción). –  Todos los seres humanos, en muchos momentos de nuestra existencia, deseamos ocultar nuestros sentimientos y nuestras emociones. Para ello nos parapetamos detrás de muchos elementos, tratando de presentar un rostro distinto, diferente al que tenemos en realidad. Muchos llaman a esto «personalidad», que, de manera curiosa, procede del vocablo griego «proposon», que literalmente significa «máscara».

En el teatro griego, con vida desde hace casi tres mil años, las obras eran representadas en el ágora, y todos los actores, para hacer significativa su jerarquía dentro de la representación, usaban zapatos de plataforma, además de máscaras para facilitar su identificación. Eruditos mexicanos estudiosos de la literatura universal, como el Padre Ángel María Garibay K. o el insigne Maestro Alfonso Reyes, nos profundizan en detalles acerca de las obras que han llegado hasta nosotros, procedentes del teatro helénico, de la autoría de los tres grandes clásicos: Esquilo, Sófocles y Eurípides, profundizando en torno de la importancia litúrgica del teatro y del significado pedagógico de las máscaras.
Para nuestra zona cultural de Mesoamérica, las máscaras eran igualmente conocidas y altamente utilizadas, en especial en lo referente a las ceremonias religiosas que, en las diversas culturas anteriores al encuentro con los europeos, se llevaban a cabo. De manera arqueológica, son especialmente famosas piezas como la llamada «Máscara del dios murciélago», procedente de la región de Oaxaca y confeccionada en jade, lo mismo que la «Máscara del Rey Pakal», localizada en el interior del Templo de las Inscripciones, en la zona arqueológica de Palenque, Chiapas, por el insigne maestro Alberto Ruz Lhuillier en 1952.
Pero es muy importante no solo hacer referencias lejanas al pasado o a los antecedentes históricos, sino mirar qué al inicio de la primavera de cada año, en todos los pueblos de Tlaxcala, pero muy en especial en las comunidades que conforman el municipio de Yauhquemehcan, las máscaras vuelven a tomar vida, luego de meses de haber estado inactivas y guardadas. Niños, jóvenes y hombres adultos las colocan sobre su rostro, luego de haberse revestido con el traje multicolor y llamativo de los huehues, y, una vez colocadas, pareciera que las máscaras toman vida por sí mismas, se llenan de alegría, de alborozo, de grito contundente e Incontenible, de picardía y travesura, de deleite por el baile y por la música.
En Yauhquemehcan y en Tlaxcala, las máscaras con las que danzan los huehues comenzaron siendo muy sencillas, hechas de papel o de cartón comprimido; más adelante, ya con otros materiales industrializados, comenzaron a usarse algunas hechas de plástico. Sin embargo, derivado del mejoramiento general de las condiciones económicas de la región a partir de la década de 1970, los danzantes comenzaron a hacer esfuerzos económicos para adquirir máscaras hechas de madera, cuya esencia permanece hasta nuestros días, siendo cada una de ellas una pieza única, pues salen de la mano de artesanos altamente especializados en la talla de madera, y cada una proyecta, por así decirlo, una personalidad única.
Justamente a principios de la década de 1970, la localidad de San Francisco Tlacuilohcan era un pueblo de relativamente pocas casas y familias, en un ambiente esencialmente campesino. Este espacio geográfico tiene la particularidad de poseer dentro de su demarcación territorial una zona boscosa que los lugareños se han ocupado en preservar y defender a lo largo de décadas. Esta zona, densamente arbolada, se conoce entre los lugareños como «el monte», aunque algunos otros se refieren a ella como «el cerro», o «el bosque». El día de hoy se encuentra bajo el régimen de propiedad comunal y se hacen esfuerzos de preservación, de ecoturismo y de educación medioambiental.
Hace poco más de cincuenta años por ese mismo bosque jugaban con mucha alegría las niñas y los niños de las familias de Tlacuilohcan, encontrando diversos motivos de diversión y entretenimiento. Había un niño, llamado Carlos, que disfrutaba con sus compañeros el juego, pero que también se sentía profundamente atraído por las formas que tenían los árboles, por el crecimiento caprichoso de algunas ramas, por el olor tan penetrante y singular de los árboles, por la estupenda consistencia de la madera, por los troncos y árboles caídos que, de acuerdo a su imaginación, tomaban mil formas.
Carlos Gómez Vázquez, originario y vecino de la localidad de San Francisco Tlacuilohcan, nacido el 4 de noviembre de 1965, desarrolló desde su primera infancia una extraordinaria curiosidad por todos los elementos naturales de la zona. De la mano de su abuelo materno, Don Juan Vázquez González, aprendió la importancia que tenía la naturaleza en su misma esencia, el reconocimiento, en los campos de labor, de algunos restos de barro muy antiguos que pertenecieron a la cultura de los antepasados, las formas caprichosas que adoptaban determinadas piedras y, en general, todo lo que ofrecía la naturaleza para ser admirado y aprovechado por las manos que tuvieran la suficiente paciencia para obtener algún objeto útil.
Es necesario hacer un justo reconocimiento a Don Juan Vázquez González, pues en este mundo de hace poco más de medio siglo, en condiciones de mucho mayores desventajas que las presentes, pudo recibir una formación adecuada, de manera que se convirtió en un músico bien preparado, ejecutante del violín, capaz de leer música en papel pautado, por lo que, entre las muchas actividades que desarrollaba en su vida, era invitado a tocar en diferentes lugares de la región para amenizar las fiestas y celebraciones, e incluso para dar acompañamiento a las ceremonias litúrgicas en las iglesias. Es muy interesante que se resalte que don Juan Vázquez González también tenía conocimiento y destreza para el dibujo y la pintura, llegando incluso a la creación de algunas obras pictóricas en óleo, de suerte que esa veta artística fue transmitida, en este caso, de manera directa a su nieto Carlos, quien desde la primera infancia sintió un llamado profundo para la creación.
El niño Carlos ingresó a estudiar la primaria en su localidad, teniendo la oportunidad de asistir a la escuela secundaria en la ciudad de Apizaco, muy cerca de la estación del ferrocarril, con lo que eran frecuentes sus excursiones, al lado de sus compañeros, para ir a contemplar y a conocer lo imponente de las máquinas, así como su funcionamiento. Tuvo la oportunidad de migrar a la Ciudad de México para estudiar la educación preparatoria en el seno del Instituto Politécnico Nacional, pero una vez que finalizó, regresó a su terruño, desde donde buscó la oportunidad de inscribirse a la naciente ingeniería en diseño de máquinas y herramientas que se ofertaba desde el Instituto Tecnológico de Apizaco que apenas arrancaba sus actividades. Por diferentes circunstancias Carlos no pudo terminar con su formación universitaria, y tuvo que integrarse como personal técnico a una de las muchas factorías que se instalaron en la ciudad Industrial Xicoténcatl, particularmente en materia del diseño y confección de máquinas, para lo cual le fueron especialmente útiles sus habilidades como dibujante técnico. Ahora recuerda, no sin cierta nostalgia, las largas noches inclinado sobre el respirador, utilizando reglas, escuadras, compás y transportador, sobre la superficie del papel albanene, en pintando con estilógrafo, evitando por todos los medios cualquier error, raspadura o tachón en su trabajo.
Luego de varias décadas en el trabajo industrial, Don Carlos Gómez Vázquez tramitó su retiro, y se encontró con el dilema que se le presenta a muchos jubilados: qué hacer con su vida. El primer impulso que sintió fue el de aprender carpintería, para lo cual se acercó con uno de sus primos que dominaba ese oficio, pero se retiró convencido de que no era exactamente lo que él buscaba.
Don Carlos sentía que sus manos estaban gritándole que poseían la capacidad creadora única para hacerse cargo de obras de mucho mayor envergadura, belleza y singularidad. Tomó conocimiento de que en la región de Puebla y de Tlaxcala existían diversos talladores de madera que habían destacado en diferentes ámbitos de la artesanía popular, y se decidió a buscar quién le instruyera, particularmente en la actividad del diseño, confección y acabado de las máscaras de carnaval. Sin embargo se encontró con que el gremio, en su gran mayoría, era dominado por unas cuantas personas que se negaban rotundamente a compartir sus conocimientos y sus técnicas, en una actitud egoísta que trataba de ocultar su temor de que existieran mejores manos que les hicieran competencia en el mercado. Así que Don Carlos Gómez Vázquez tuvo que peregrinar poco más de un año buscando a alguien que pudiera instruirle en el tallado de madera, específicamente en el dedicado a la creación de máscaras.
Finalmente, Don Carlos tuvo la oportunidad de encontrar una convocatoria a un taller de confección de máscaras de madera al que convocaba el Ayuntamiento de Yauhquemehcan, y de inmediato hizo su inscripción, aprendiendo los fundamentos elementales de esta actividad artística y artesanal, en una actividad en donde originalmente participó más de una veintena de interesados, pero que solo llegaron al final unos cuantos. En compensación de ese esfuerzo, el entonces Presidente Municipal, Don Francisco Villarreal Chairez, obsequió a las personas que llegaron hasta el final del taller, madera para que pudieran trabajar, un conjunto de herramientas básicas, así como pinturas y otros enseres, con la finalidad de que no abandonaran su práctica y su formación.
No obstante esta instrucción inicial, Don Carlos Gómez Vázquez sentía que le era necesario un conocimiento más profundo, más especializado, dirigido por una persona que resultara experta en la confección de las máscaras. Durante largo tiempo estuvo procurando un instructor, tanto en la ciudad de Puebla como en el municipio de Papalotla y en la comunidad de Tlatempan en San Pablo Apetatitlán, pero resultó que ninguno de los artesanos consumados se prestaron para brindarle los conocimientos que él necesitaba para su especialización. Luego de mucho caminar, casualmente encontró, en el marco de una conferencia impartida sobre la importancia del “tlaxistle”, a una persona de Tizatlán qué le ofreció contactarlo con algunos maestros especializados.
Finalmente, luego de mucho buscar, de muchos rechazos, de muchas puertas cerradas y de muchas muestras de egoísmo, Don Carlos llegó con el Maestro Ricardo Molina Sarmiento quién, luego de un par de meses de espera le admitió como su aprendiz, al lado de una docena de personas que igualmente intentaban instruirse en este arte.
Don Carlos Gómez Vázquez recuerda la pasión absorbente que le inundó por aprender absolutamente todos los detalles de la materia, de suerte que mientras los otros aprendices permanecían en el taller solo de las cuatro de la tarde, él prolongaba su estancia y sus prácticas todavía durante otras cuatro horas, con lo que demostraba su genuino interés, su alto aprecio por todo lo que estaba recibiendo en conocimiento y práctica y, desde luego, esa vocación que gritaba desde su interior para que pudiera finalmente tener los conocimientos para lograr su objetivo. Don Carlos se mantuvo como aprendiz del maestro Ricardo Durante un año, y a lo largo de ese tiempo demostró tener una verdadera avidez de conocimiento y práctica, incursionando en todos los secretos de la talla de madera dedicada a la confección de máscaras; pudo acompañarle a diversas exposiciones en otras entidades del país y tomó contacto con diferentes artistas y artesanos de otras latitudes, con lo que Carlos Gómez Vázquez definitivamente despegó su propia carrera como maestro mascarero, es decir, el que confecciona las máscaras de carnaval.
En esencia, una máscara de carnaval es una artesanía finamente tallada en madera que representa el rostro de una persona, y es pieza fundamental en la indumentaria que utilizan los huehues en la mayoría de los pueblos de Tlaxcala y concretamente en las localidades de Yauhquemehcan. Para el maestro Carlos Gómez Vázquez, la utilización de la máscara es un acto en donde la persona o el danzante, a través de cubrir su rostro, asume una personalidad diferente, que puede ser despreocupada, alegre, pícara, bromista y con mucho alborozo, o también puede proyectar seriedad, capacidad reflexiva, cansancio de anciano, entre muchas otras actitudes.
Exactamente como sucede en nuestra fisonomía natural, en donde el rostro es el responsable de la proyección y transmisión de nuestras emociones y sentimientos, la máscara de madera debe ese espíritu esencial para que cada uno de sus rasgos contribuya a la presentación de una emoción concreta. En consecuencia, tallar una máscara de madera requiere, además del desarrollo de la técnica fina y del manejo de múltiples herramientas concretas, el desarrollo de un afán observador para que el maestro artesano pueda comprender, valorar y proyectar cada uno de los rasgos que se manifiestan en los músculos, gestos y expresiones que las personas utilizan para la proyección, consciente o inconsciente, de cada una de sus emociones y sentimientos. Para nadie es un secreto que cuando una persona se muestra acongojada o triste, los rasgos de su rostro así lo demuestran, lo mismo que cuando asume una actitud reflexiva o de abstracción en donde parece estar ausente de lo que sucede a su alrededor; todo mundo Identifica las características de una persona cuando proyecta odio, enojo o malestar, exactamente del mismo modo que somos capaces de identificar cuando alguien se siente inmensamente alegre por algún acontecimiento especial.
Pues bien, el maestro Carlos Gómez Vázquez nos plantea que el artesano encargado de la talla de máscaras de carnaval debe poseer tal conocimiento para poder dar vida a la pieza de madera, de suerte que, en una palabra, la máscara proyecte vida, emoción y sentimiento.
De conformidad con lo expuesto por el maestro Gómez Vázquez, las maderas que se prefieren para la talla de las máscaras son, en primer lugar, el cedro (procedente del sureste mexicano, de precio muy alto y que en ocasiones resulta de mucho peso para ser portado a través de la máscara); enseguida, el ayacahuite, que es una madera mucho más dúctil y ligera, Y por último, la madera de colorín, que es una especie endémica de la región de Yauhquemehcan y de muchos otros pueblos de la región, poseyendo la característica de su ligereza, su ductilidad y, en consecuencia su facilidad para ser trabajada con herramientas de alta precisión.
La mayoría de los clientes que se acercan al maestro Carlos Gómez Vázquez, llevan una idea más o menos específica acerca de las características que desean en la máscara que van a encargar. Algunos incluso suelen llevar alguna fotografía para pedir que la pieza sea exactamente igual a la de la imagen; algunos otros únicamente la describen con cierta minuciosidad, tratando de que el maestro artesano capte la esencia de la idea que quieren exponer. Naturalmente el tallador de máscaras les explica que, dado que se trata de una artesanía, y hasta podría decirse de un arte, las piezas que se producen no pueden tener la garantía de ser idénticas entre sí, porque eso solo es propio de la producción industrial en serie, y en este caso se trata de piezas únicas e irrepetibles, parecidas, pero nunca iguales.
Gracias a sus habilidades en el dibujo técnico y en el artístico, el maestro Carlos Gómez Vázquez inicia el proceso de la creación a través de la proyección en el papel de un boceto para poder tener una idea guía de la manera en que debe quedar finalizada la pieza.
Al elegir la madera, el maestro Carlos Gómez Vázquez señala que la regla general es elegir una pieza perfectamente seca, que no tenga impurezas o imperfecciones. Con los conocimientos de fisonomía y anatomía que ha desarrollado, el maestro Gómez Vázquez toma algunas proyecciones y proporciones en la madera a partir, por ejemplo, de lo que será en su momento la punta de la nariz, con lo que puede proyectar las distancias y proporciones en donde deben ser trazados y trabajados los ojos, la comisura de la boca, la proyección de las mejillas y, en caso de así haberse diseñado el nacimiento y la proporción de la barba. Todo el trabajo, a partir de ahí, es de una precisión absoluta y de una paciencia franciscana, utilizando las más diversas herramientas, como punzones y navajas de diferente categoría y tamaño para ir quitando con mucho cuidado toda la materia que no es necesaria dentro de la pieza de madera. Este proceso es verdaderamente quirúrgico, artesanal, de una precisión absoluta, y entre sus manos, de manera paulatina va surgiendo de un pedazo de madera muerta en apariencia, los rasgos ya visibles y plenamente identificables de un rostro humano.
Resulta verdaderamente admirable el trabajo de extraordinaria laboriosidad que pone el maestro Carlos Gómez Vázquez en el proceso de esculpido del rostro en las máscaras, pues siempre procura proyectar el mayor naturalismo y perfección en todos los detalles del rostro. Como ya se dijo, la naturaleza de la obra depende de la petición de quien la encarga, y si, por ejemplo, se trata del rostro de un anciano, la obra debe proyectar detalles como las arrugas, las caídas de la piel a las que nosotros llamamos popularmente «bolsas en los ojos», y otros rasgos muy naturales de la edad, como es el caso de las arrugas que tenemos al lado de los ojos, a los que de manera popular conocemos como «patas de gallo»; otro rasgo fundamental dentro del tallado de las máscaras de madera tiene que ver con el origen de la máscara que se desea representar, esto quiere decir, que no es lo mismo la proyección de un rostro con características españolizadas, que cuando se pretende proyectar uno de nacionalidad francesa o inglesa.
Todo este mar de detalles va haciendo que la confección de las máscaras de carnaval se convierta, en una palabra, en todo un arte, que es dominado solo por quien ha dispuesto su absoluta dedicación, su disciplina entera, su estudio, meditación y práctica, al servicio de la perfección.
Incluso se llega a detalles, aparentemente tan imperceptible, como es el caso de la diferencia de color de piel en el área de la patilla, pues cualquier varón puede constatar que cuando acude a la peluquería, esa área que no queda expuesta directamente a los rayos del sol, presenta una ligera, pero perceptible, diferencia de color respecto del resto la piel del rostro.
Una vez que el maestro Gómez Vázquez logra esculpir el rostro en la pieza de madera, viene un proceso no menos complicado de talla o lija de la pieza, con la finalidad de desaparecer cualquier partícula o impureza que no corresponda a lo que originariamente estaba proyectado. Para esto se aplica el trabajo con lijas de diferente tamaño y fineza, a efecto de borrar absolutamente cualquier imperfección, rebaba o detalle que no haya sido debidamente proyectado.
Una vez que se ha terminado el proceso de pulimiento o lijado de la pieza, el maestro Carlos Gómez Vázquez procede al proceso de vaciado de la pieza de madera. Esto significa que en la parte posterior al rostro, se procede a ir devastando toda la materia que sobra, más allá de la superficie que está debidamente delimitada por los contornos de la máscara, Aunque el autor confiesa que este proceso es relativamente sencillo, esencialmente debe poner atención para que la máscara, una vez terminada, se ajuste perfectamente al rostro de la persona que va a utilizarla, sin que le sea exageradamente pesada, incómoda o que tenga movimiento más allá del control del danzante.
A partir de este momento se puede hablar de que la pieza está terminada en cuanto a su elaboración y labrado general, y a continuación viene el proceso de pintado. Esta actividad de policromía implica llegar al color exacto que se desea en la máscara, utilizando de manera general tres tipos de pigmentos: la primera es la de colores vinílicos, que están hechos básicamente con elementos químicos e industriales, y que tienen la desventaja de que se adhieren solo de manera superficial a la madera, sin que se puedan incorporar de manera absoluta a los poros de la madera; la segunda alternativa es con la utilización de pinturas acrílicas, que son colores que tienen algunas esencias naturales y otras químicas, y que utilizan como base el agua, y aunque tienen un poco más de amabilidad en la adhesión a las partículas de la madera, también se corre el riesgo de que, pasado algún tiempo, la pintura pierda su color o definitivamente se desprenda parcialmente; la tercera y última alternativa para el pintado de las máscaras de madera, es la utilización de colores con base en aceites naturales a los que de manera general se conoce como pinturas al óleo, pues tienen la ventaja de que por su naturaleza química pueden integrarse de mejor manera entre los poros o partículas de la madera generando una especie de sello, evitando al mismo tiempo la degradación de la materia orgánica (pues, finalmente, es eso la madera), al tiempo de proveer el color necesario a la pieza.
El maestro Carlos Gómez Vázquez recuerda que ha quedado ampliamente demostrado, a lo largo de los siglos, que la manera idónea para pintar piezas de madera es a través del uso de elementos al óleo, pues basta ver todas las piezas de escultura que hay en los templos de nuestra región y de las propias comunidades de Yauhquemehcan, para que a pesar del paso de los años, las piezas permanecen en buenas condiciones.
A continuación, una vez que se ha logrado la coloración esperada en las máscaras, se procede al trabajo muy delicado de aplicar determinados barnices para lograr el brillo, en algunas tonalidades y con diferente fuerza, de acuerdo a lo solicitado por el cliente, para que finalmente la máscara tenga un cierto destello que le dé vida y proyección. Aquí, el maestro artesano nos llama la atención en torno de que si no se ha puesto la suficiente atención en todos los detalles de los procesos anteriores, se corre el riesgo de que en la colocación del brillo, la pieza no pueda soportar la naturaleza química de la sustancia, y termine desprendiéndose el color y hasta algún fragmento de la obra, por lo que es imperativo que la talla de la pieza implique en todo momento el verificar hasta el último de los detalles para evitar que, a. de terminar la obra todo pueda venirse abajo, por ejemplo, por no haber verificado la ausencia absoluta de humedad en la pieza de madera bruta, o por haber adelantado innecesariamente los procesos de secado en cada uno de los pasos de elaboración.
Una vez que se tiene la máscara ya completa, se procede a la colocación de los ojos, regularmente hechos de vidrio, y elaborados concretamente en la comunidad de Cuautla, en el municipio tlaxcalteca de Calpulalpan, por personal altamente especializado en esta artesanía. El maestro Gómez Vázquez pone toda su atención para que la colocación de los ojos sea perfectamente simétrica en las cavidades que han quedado destinadas para tal fin en la máscara, pues colocar los ojos en posiciones disímiles significaría un detalle grotesco para la máscara.
A continuación se coloca las pestañas, para lo que el maestro Carlos Gómez Vázquez, de manera invariable, utiliza pestañas de ternera, es decir, aquellos filamentos que se extraen de un vacuno de muy corta edad, de suerte que la máscara alcanza con este otro detalle, una proyección todavía más realista que le hace destacar de inmediato.
El maestro Carlos Gómez Vázquez también ha incursionado, por iniciativa propia, en la confección de máscaras teniendo como base constructiva el papel. Cuenta, por ejemplo, que desarrolló la idea de hacer una máscara de «diablito», con una sonrisa fantástica, para lo cual incluso mandó confeccionar un par de ojos especiales a la comunidad de Cuautla, que tuvieran en el centro de la pupila una araña, con lo que el efecto era todavía más curioso y estremecedor. Originalmente le había colocado unos cuernos pero resultó que la familia que decidió adquirirla pidió que se los retiraran, y de hecho esta máscara fue estrenada en el llamado «Carnavalito», que se efectúa en Tlacuilohcan el Domingo de Resurrección, causando gran curiosidad, aprobación y revuelo entre las personas que tuvieron oportunidad de contemplar la máscara en plena acción.
Otra máscara muy innovadora que pudo desarrollar el maestro Gómez Vázquez, fue la de el tallado de una máscara con el rostro de un indígena apache, representando ya a un hombre viejo en actitud de oración. Esta máscara Igualmente fue utilizada por un pequeño en el «Carnavalito 2026», causando igualmente mucha admiración de parte de quienes tuvieron oportunidad de contemplar la obra en todo su esplendor.
El maestro también ha trabajado algunas otras obras que no necesariamente tienen que ver con las máscaras de carnaval. En una ocasión, por encargo especial, recibió la consigna de tallar dos máscaras de las que simbolizan de manera universal al teatro; en otra oportunidad tuvo la ocasión de esculpir un mascarón prehispánico, aludiendo al Dios Tláloc; y también se cuenta entre sus obras el haber trabajado de manera constante con la confección de reproducciones de códices de escritura pictográfica, al estilo de los que se utilizaban en Mesoamérica.
Toda la herramienta que utiliza el maestro Carlos Gómez Vázquez, que en términos genéricos se conocen con el nombre de «gubias», que son en su mayoría cuchillas de muy distintas formas para desbastar la madera, para hacer incisiones y otros detalles semejantes, ha sido elaborada por él mismo a partir de fragmentos metálicos, en un ánimo de reutilización de materiales, y aprovechando también su vasta experiencia en el dibujo y diseño de herramientas.
En su taller, una habitación adjunta a su domicilio en la localidad de San Francisco Tlacuilohcan, el maestro Gómez Vázquez suele pasar diariamente más de doce horas trabajando en sus creaciones. Él afirma que de manera aproximada utiliza cuando menos dos meses para la elaboración de una máscara de carnaval con lo que puede juzgarse que el trabajo es sumamente demandante, detallado y, acaso podría decirse, altamente perfeccionista.
Es interesante resaltar que el gremio de talladores de máscaras de madera no es exclusivo del Estado de Tlaxcala. De hecho, de manera anual, estos artesanos se reúnen en la comunidad de Coscomatepec, Veracruz, con la intención de intercambiar diversas técnicas, productos y experiencias, que les permiten ir mejorando la calidad de sus obras.
Hay algunos retos que se ha planteado el maestro Carlos Gómez Vázquez para realizar en el futuro inmediato. Destaca, entre ellos, el continuar trabajando en la elaboración de copias de códices al estilo mesoamericano, para procurar una mayor difusión de los que constituían la albacea del conocimiento de nuestros antepasados. También tiene el reto de efectuar la talla de máscaras de madera con el rostro de mujer, por ejemplo utilizando como modelo a la pintora Frida Kahlo o a la misma Doña Marina, la intérprete de Hernán Cortés, a quién por comodidad conocemos como La Malinche. Un tercer reto en su agenda es la de poder instalar un museo en su domicilio para que la gente pueda acercarse a conocer todos los detalles relativos a estas esculturas en madera, que son piezas que rebasan el concepto de la artesanía y que bien pueden ser consideradas como una obra de arte.
Hace algunos años, el Instituto Tecnológico de Apizaco le solicitó la talla de algunas máscaras, y una de ellas, a través de una profesora que fue a realizar una actividad académica a Japón, fue entregada a los directivos de una institución educativa de aquella nación, de manera que los académicos japoneses quedaron tan admirados y agradecidos de la pieza que enviaron a través de la misma profesora un reconocimiento escrito, en donde exaltaban el valor de la obra que había creado el maestro Carlos Vázquez.
Del mismo modo, el maestro ha recibido diversos reconocimientos invenciones, entre ellos de parte del gobierno de Zacatecas, de la propia comunidad de Tizatlán, de las autoridades de coscomatepec, Veracruz, por haber donado algunas de sus piezas para el museo local, e incluso de parte del Ayuntamiento de Yauhquemehcan, concretamente de parte del actual Presidente Municipal, el licenciado David Vega Terrazas.
Carlos Gómez Vázquez comparte el gusto extraordinario por constatar como una pieza de madera, aparentemente inerte o muerta, se va convirtiendo en sus manos en algo perfectamente definido, en una obra de arte, en algo que tiene vida, en un objeto que proyecta felicidad y alegría. Es una gran satisfacción para el maestro entregar terminadas sus máscaras y ver la emoción que ello desata en las personas que han de lucirlas en toda su plenitud, y el goce es todavía mayor cuando mira esas piezas que surgieron de sus manos, de sus herramientas, de su inteligencia y de su sensibilidad, tomando vida con la personificación que le otorga el huehue o danzante de carnaval, siendo objeto de la general admiración de todo un pueblo.
Estas manos de artesano, de artista verdadero, recibieron la primera orientación de aquel abuelo entusiasta de la naturaleza, pintor y músico de gran habilidad; estas mismas manos que cargaron el atril y el violín de un abuelo que le enseñó el goce y la apreciación de todo el arte y de todo lo trascendental; estas manos que, en fin, fueron capaces de reeducarse para ser dirigidas hacia la creación estética, el día de hoy siguen siendo generadoras de obras magníficas, de piezas arrancadas a la naturaleza, de instrumentos de transmisión de alegría y placer para las personas y para todo un pueblo, demostrando que en Tlaxcala y en Yauhquemehcan el arte se encuentra a flor de piel en los hombres y las mujeres que, cuando se deciden, son capaces de tallar el infinito.
¡Caminemos Juntos!