Personajes de Yauhquemehcan: La enfermera María Isabel Gutiérrez Alarcón: una vida de amor y de servicio - Linea de Contraste

Personajes de Yauhquemehcan: La enfermera María Isabel Gutiérrez Alarcón: una vida de amor y de servicio

David Chamorro Zarco, Cronista Municipal

Tlaxcala, Tlax; 14 de mayo de 2026 (Redacción). –  Las carreteras han significado desde siempre un elemento de prosperidad. Son vías de comunicación terrestre que permiten la movilidad no solo de las personas, sino también de las mercancías, garantizando el desarrollo para los pueblos que tocan. Don Benjamín Gutiérrez contaba que hacia mediados de la década de 1940 se escuchaba el rumor de que se iba a construir una gran carretera que pasaría muy cerca del pueblo de San Dionisio Yauhquemehcan, y que permitiría llegar hasta la Ciudad de México, capital del país, pasando por la zona de Texcoco. Hacia mediados de la propia década de 1940, el rumor pasó de ser una simple referencia a una actividad concreta, pues se miraba ya trabajando a la maquinaria pesada haciendo la compactación del terreno y construyendo los terraplenes sobre los que se tendería la capa de asfalto para permitir el rodamiento de los vehículos.

Los trabajos de construcción de la carretera ya estaban muy avanzados a principios del verano de 1944, cuando vino a este mundo la niña María Isabel Gutiérrez Alarcón, hija del señor Benjamín, en una localidad llena de carencias y necesidades, con muy pocas casas construidas –todas ellas hechas de adobe, con piso de tierra y techo de tejamanil–, y en donde no había otro modo de subsistir que no fuera el cultivo de las tierras para arrancarle, con grandes fatigas y faenas, las semillas, leguminosas y otros productos que constituía la dieta mínima de los habitantes de San Dionisio para poder sobrevivir.

La niña María Isabel, con apenas unos cinco años de vida, solía ir a visitar a sus abuelos que vivían a aproximadamente un kilómetro de distancia de su casa, pero que, por la construcción de la nueva carretera, habían quedado del otro lado de la vía, a la altura de lo que el día de hoy los vecinos reconocen como «La Hacienda». María Isabel recuerda que aún no estaba terminada la carretera, por lo que debía subir con no pocos trabajos a los terraplenes, algunas veces auxiliada por una buena vecina, quien le ayudaba a llegar a lo alto del cuerpo de tierra para que pudiera cruzar al otro lado y llegar a la casa de sus abuelos. Pocos años después, aproximadamente en 1952, la carretera finalmente quedó terminada y los primeros autobuses que transitaron de la ciudad de Apizaco a la capital del país, hacían un recorrido de poco más de seis horas, hasta llegar a su terminal en Anillo de Circunvalación, muy cerca del centro de la ciudad de México.

Los recursos eran bien pocos en la casa de María Isabel. Su padre tenía como oficio el de la albañilería, y naturalmente eso le llevaba a pasar largos periodos fuera de San Dionisio, muchas veces dentro de la creciente Ciudad de México que, por su constante dinamismo, significaba una oportunidad permanente de encontrar trabajo en materia de construcción de todo tipo. La esposa de Don Benjamín, angustiada también por la carencia de recursos suficientes, echó mano de sus habilidades de costura y entró en comunicación con algún taller de confección de ropa para niño instalado en el centro de la ciudad de México, de donde recibía las piezas cortadas, y ella se dedicaba a la costura y a los acabados, de suerte que, una vez con el producto terminado, debía presentarse en los talleres de la Ciudad de México para entregar la mercancía, recibir su paga y también una nueva carga de trabajo.

En alguna de esas ocasiones, María Isabel acompañó a su mamá a la Ciudad de México y fue instruida de recordar exactamente el lugar en donde se entregaba la mercancía porque, si hubiese necesidad, ella tendría que viajar desde San Dionisio Yauhquemehcan hasta la Ciudad de México para hacer la operación de entrega y cobro. Hoy nos parece una aventura casi fantástica, pero el caso es que, con apenas ocho años de edad, María Isabel Gutiérrez Alarcón recibió la instrucción de su mamá de llevar la caja de mercancía terminada para entregar en los talleres de la Ciudad de México. Muy de mañana llegaron a la parada del autobús, en la zona en la que hasta el día de hoy recibe el nombre de «El Poste» en donde,sentadas en una gran piedra esperaron la llegada del vehículo. La mamá de María Isabel pidió al chofer y al cobrador que llevaran a su niña hasta la terminal en Anillo de Circunvalación (había una ventaja también en el viaje, pues en su condición de niña, María Isabel solo pasaba la mitad del costo del boleto). De esta suerte cuando después de un largo trayecto el autobús llegó a la terminal, María Isabel llegó a Anillo de Circunvalación, en donde habría un gran ramal de vías, tanto del ferrocarril como del tranvía, Entonces el cobrador del autobús, conmovido con la pequeña estatura de la niña y su debilidad física para cargar la caja con la mercancía, se ofreció a ayudarla, llevándola de la mano hasta la puerta del taller en donde debía entregar las cosas y recibir la paga para que, de inmediato, volviera a la terminal para regresar en el mismo autobús hasta San Dionisio Yauhquemehcan, pues era el caso de que solo había una corrida al día para ir y regresar desde la capital de México. Este tipo de acciones fue forjando a María Isabel en un ambiente de valentía, de aplomo, de determinación por obtener los objetivos que perseguía.

Hacia el año de 1950, María Isabel, en conjunto con una treintena de niños de diversas localidades, asistía a la formación inicial a la que, de manera coloquial, se daba en llamar «Escuela de parvulitos», en alusión a que eran los primeros pasos de los pequeños en el conocimiento de las letras y los números. La escuela funcionaba en lo que previamente se conocía como «Salón Consistorial», que el día de hoy se encuentra adjunto al curato de la parroquia de San Dionisio Yauhquemehcan, y que sigue sirviendo para actividades educativas para los niños que acuden al catecismo. Para el año de referencia, 1950, cuenta María Isabel que había niños que venían de localidades tan lejanas como Topilco, aunque también los había desde San Lorenzo, la Magdalena Tepepa, el Barrio de La Luz, Guadalupe Calapa, el propio centro de San Dionisio Yauhquemehcan —a donde ella pertenecía–, y de Santa Úrsula. Ella recuerda que incluso en esa época dos niños que procedían de  ésta última comunidad, sufrieron algún accidente al tratar de cruzar el río Zahuapan, en un puente de madera, pues les atrapó una corriente, y al menos uno de esos pequeños murió ahogado, siendo arrastrado por la fuerza del agua.

María Isabel Gutiérrez Alarcón recuerda haber sido alumna de una maestra muy emblemática de esta zona, la profesora Emma Lima Herrera, quien años después y por mucho tiempo atendió la escuela primaria de San Lorenzo Tlacualoyan. Los alumnos aprendían a leer, a escribir, a hacer las operaciones básicas de matemáticas y también a ejecutar actividades complementarias como la costura, el bordado, el tejido y algunas otras que resultaron ser de mucha utilidad a lo largo de la vida. No obstante, por las carencias de la misma escuela, no se tenía el ofrecimiento de la primaria completa, por lo que María Isabel, con toda su familia, se trasladaron a la Ciudad de México en donde tuvo ocasión de cursar el quinto año de primaria, y le manifestaba a Don Benjamín su intención de continuar con su preparación, pero él tenía que reconocer que lo limitado de sus recursos económicos no le permitía la oportunidad para que María Isabel culminara su educación primaria.

Hubo una oportunidad, cuando María Isabel tenía unos diez años de edad, en 1954, que acompañó durante alguna temporada a su papá, Don Benjamín, a vivir en alguna de las zonas que recientemente se estaban construyendo en la Ciudad de México. Mientras su padre salía a todos los días a trabajar, ella, viviendo en unos cuartos pequeños hechos de lámina de cartón, preparaba la comida, por lo que de inmediato llamó la atención de una vecina quién le preguntó si no le interesaría acudir a un negocio, concretamente a una ostionería para hacerse cargo del lavado de los trastos, pues estaban ofreciendo un pago de tres pesos diarios. María Isabel pidió que se consultara el asunto con su papá y finalmente se decidió que los días sábado y domingo acudiría a ese negocio para hacer la prueba. La dueña de la ostionería quedó satisfecha con el trabajo, la disciplina, la buena organización y la limpieza que demostraba María Isabel en el desarrollo de sus actividades, por lo que le pidió regresar el siguiente fin de semana. En esta segunda oportunidad María Isabel recibió la extraordinaria sorpresa de que parte de las propinas de la clientela le correspondían en obsequio de su buen desempeño, con lo que, con toda admiración, logró reunir la extraordinaria cantidad de treinta pesos a lo largo de su jornada, pero también significó la enemistad de la persona que le había recomendado para ingresar a trabajar. Esta señora, también su vecina, en la siguiente oportunidad prácticamente abandonó a María Isabel en la noche del domingo, y la niña tuvo que regresar por sí misma hasta su casa, prácticamente andando toda la noche, tratando de orientarse, en un acto que igualmente le hizo madurar en valentía para enfrentar cualquier tipo de reto. Naturalmente con este incidente terminó la actividad dentro de la ostionería pero María Isabel logró la recomendación para poder entrar al servicio de una familia muy adinerada en Las Lomas de Chapultepec, en donde encontró no solamente trabajo, sino también alojamiento y la extraordinaria oportunidad de terminar, finalmente, con su último grado de educación primaria, lo que significó para ella un enorme logro.

En el año de 1960, cuando María Isabel tenía 16 años, hubo dos acontecimientos que marcaron sensiblemente su destino: el primero de ellos fue la invitación que recibió para integrarse como candidata a reina de las fiestas patrias de San Dionisio Yauhquemehcan, y que a pesar de las limitaciones económicas y las dificultades consustanciales, pudo salir adelante, gracias al apoyo que recibió de la persona que le había brindado empleo y alojamiento en Lomas de Chapultepec  en la Ciudad de México, quien Incluso le obsequió el vestido y todo el ajuar para que pudiera lucirlo a partir del 15 de septiembre.

Sin embargo, el acontecimiento más importante de su vida y que marcó el rumbo que finalmente daría al resto de su existencia, estuvo en la invitación para integrarse a recibir capacitación en materia de enfermería y servicios básicos de salud. Cuando le planteó esta posibilidad a la persona para quien trabajaba, recibió una respuesta afirmativa y motivadora para que procurara invertir todo su tiempo en crecer en conocimientos y habilidades. De esta manera, María Isabel Gutiérrez Alarcón, con apenas 16 años de edad, comenzó a acudir al hospital de Apizaco, en donde recibió las primeras instrucciones en torno del mundo de la medicina y de la salud pública.

Aquí hay que precisar que México en esa época, hace prácticamente 70 años, no contaba con el personal suficiente para atender la creciente demanda de los servicios en materia de salud, de suerte que los estándares de integración al servicio eran muy diferentes de los que se tiene el día de hoy en donde, gracias a la existencia de suficientes instituciones de formación de personal especializado en enfermería, ya se cuenta con personal en calidad de estudiantes profesionales de la materia. Hace casi 70 años esto no existía en nuestro país, de manera que la política que asumió la autoridad sanitaria fue la de capacitar lo mejor posible, siempre dentro de la práctica y bajo la supervisión de médicos profesionales, a mujeres que desearan integrarse al servicio profesional de enfermería.

María Isabel tuvo entonces que aprender lo básico, desde los conceptos y prácticas de la asepsia, hasta la aplicación de inyecciones y vacunas, siempre atenta a las instrucciones que le daban particularmente los médicos. Ella recuerda que uno de los grandes retos a los que se enfrentaron como servicios de salud a principios de esa década de 1960, fue convencer a las personas de que participaran en las campañas de vacunación. El día de hoy a nosotros nos parece de lo más natural el hecho de que tengamos que acercarnos a los procesos de inmunización para prevenir diversas enfermedades; sin embargo, en la época en que se iniciaba María Isabel, su brigada recorría no solamente la ciudad de Apizaco, sino todos los pueblos de la región, incluso hasta los de la municipalidad de Tlaxco, caminando pueblo por pueblo, tratando de que la gente permitiera que sus hijos recibieran el beneficio de las vacunas.

María Isabel recuerda que fue muy difícil convencer a la gente de que las vacunas no eran nocivas, no causaban esterilidad, y no representaban mayor riesgo. incluso tiene muy claro como cuando llegaban a los pueblos, miraban a muchos niños jugar libremente por las calles y los campos, pero al momento en el que se presentaban en las casas como brigadas de salud y vacunación, las madres de familia escondían a los pequeños, advirtiéndoles de que no emitieran ningún ruido para no ser descubiertas por las enfermeras.

Bien se sabe que había enfermedades muy contagiosas que incluso terminaban bajo la categoría de epidemias, cobrando cientos de miles y hasta millones de vidas, no solo de niños sino de la población en general. Enfermedades como el sarampión, la viruela, la poliomelitis, la tos ferina, el tifus, la rubéola, entre muchas otras causaban año con año un alto índice de mortandad. Existen estudios bien fundamentados que hablan que más de la mitad de los niños anteriores a la aceptación y masificación de las campañas de vacunación, morían antes de llegar a los tres o a los cinco años de edad. Igualmente, María Isabel recuerda que muchas personas que lograban sobrevivir, por ejemplo a la viruela, quedaban con serias afecciones, no solo por las cicatrices visibles, sino incluso con incapacidades permanentes como la invalidez o la ceguera.

Lograr la aceptación de las familias para permitir la vacunación, representó un enorme reto, pues hubo la necesidad de desplegar un gran esfuerzo explicativo para convencer a las personas acerca de las bondades del proceso de inmunización. No fue nada sencillo, pero María Isabel desarrolló su capacidad de exposición, es decir, su facilidad de palabra para hacerse entender de los padres y madres de familia, de manera que poco a poco pudo convencerlos acerca de que la vacunación no significaba de ninguna manera un riesgo o un ataque hacia la población, sino un beneficio tangible que terminaría con tanta enfermedad y mortandad, tal como había sucedido en el pasado.

En esos primeros meses de preparación, cuando apenas María Isabel tenía 16 años, ya había presenciado el procedimiento del parto, con lo que tenía alguna familiaridad tanto con los términos como con los procesos quirúrgicos y cuidados hacia el producto y a la madre. Más sucedió un día que habiendo recibido a una mujer ya en labor avanzada de parto, María Isabel comenzó a preparar todo el material y el instrumental necesario, a la espera de la llegada del Médico responsable, pero quiso el destino que el profesional de la salud se retrasara por diversas circunstancias, y el proceso de expulsión inició, de suerte que María Isabel tuvo que acopiar toda su valentía, experiencia y aplomo para asistir por sí sola todo el proceso del parto, logrando la recepción del bebé, pero quedando admirada de que se trataba del nacimiento de dos seres humanos, de lo que no tenía idea, y sin embargo pudo lograr el correcto alumbramiento de los dos niños, brindándoles los servicios inmediatos y dándose cuenta de que había sido capaz de superar el nerviosismo, la inexperiencia y el miedo natural, en beneficio de estos seres humanos. Una vez que llegó el médico, revisó todo y dio una cálida felicitación a María Isabel por el estupendo trabajo que había desarrollado, mientras ella, ya sin la presión del momento crítico, comenzó a temblar en una reacción natural de su cuerpo por la enorme tensión a la que se había sujetado. Difícilmente hay personas que a los 16 años de edad se hayan enfrentado exitosamente a un reto de esta naturaleza.

Este y otros acontecimientos significaron que María Isabel fuera desarrollando una especial inclinación por atender los servicios de ginecología y obstetricia, de manera que, habiendo llamado la atención del personal médico superior, recibió la instrucción de efectuar una capacitación de poco más de nueve meses en un hospital de Veracruz, concretamente desarrollando habilidades sobre estos procesos de atención seguimiento y terminación del embarazo, así como el respectivo alumbramiento.

Ya con unos 17 años de edad, María Isabel Gutiérrez Alarcón quedó inscrita como personal de la entonces Secretaría de Salubridad y Asistencia, como personal de enfermería, lo que le permitió continuar al mismo tiempo con la atención práctica de casos específicos, y el desarrollo y consolidación de habilidades y conocimientos que fueron acrecentando poco a poco su concepto general en torno de la atención de la salud, y le permitieron ayudar de mejor manera, tanto al personal médico como a los pacientes.

Así pasaron unos cuatro años en la vida de María Isabel, aprendiendo y practicando los servicios de enfermería, incrementando sus conocimientos y habilidades. Llegó el momento en el que el amor tocó a su puerta, enamorándose de un hombre, también originario de San Dionisio Yauhquemehcan, pero que le superaba por unos 13 años de edad. Se llamaba Carlos García, y había tenido la oportunidad de recibir educación, incluso egresando de la Escuela Nacional Preparatoria número 1, entonces localizada en el Colegio de San Ildefonso, en el corazón mismo de la Ciudad de México. Cuando Isabel conoció a Carlos, él se dedicaba a ser agente de ventas, representando a diversas empresas que ofertaban productos de diferente índole, entre ellas algunos productos e insumos médicos, con lo que tuvo ocasión de tener contacto con María Isabel. De esta manera, la joven enfermera aceptó la propuesta del matrimonio y a principios del verano de 1964, cuando apenas tenía 20 años de edad, formó su propio hogar, y con el paso del tiempo llegó a ser madre de tres hijos, a saber: Juan Carlos, Lizbeth y Roxana. establecieron su hogar en el mismo sitio en donde hasta el día de hoy tiene su domicilio María Isabel, a unos cuantos metros del centro de la comunidad de San Dionisio Yauhquemehcan, y se dedicó por entero a la labor de cuidar de su hogar y del crecimiento de sus hijos, en tanto su esposo, derivado de la naturaleza de su profesión, pasaba algunas temporal fuera de casa, recorriendo diversas ciudades en el cierre de muchas operaciones comerciales.

San Dionisio Yauhquemehcan seguía siendo una comunidad con muchas carencias económicas, con pocas oportunidades de distracción, y cuyos pobladores seguían dependiendo de manera esencial de las labores agrícolas. María Isabel cuenta que en octubre de 1967, en el marco de la pequeña feria que se realizaba en honor del santo patrono, se efectuó un torneo de tiro, en donde, casi por casualidad, participó su esposo, con el sorprendente resultado de que fue el ganador del torneo. Sin embargo, el equipo contrario, al que lideraba un cierto personaje vecino de Santa María Atlihuetzian, manifestó su inconformidad y enojo, pues el equipo de Carlos García no contaba con los registros formales. Desde ese momento, María Isabel cuenta que sintió que su esposo tenía en tal persona a un creciente enemigo

Para el día de Navidad de 1969 cuando estaban en los preparativos para tener una cena familiar, el tal personaje vecino de Santa María Atlihuetzian, buscó a Don Carlos García y con embustes le sacaron de su casa para, según lo dijeron, convivir un rato. María Isabel sentía en su corazón un grave presentimiento, y de hecho en días anteriores le había manifestado a su esposo que tenía sueños recurrentes en donde algo malo pasaba. Lo más que pudo lograr, fue que el hermano menor de María Isabel, entonces de unos 16 años, acompañara a Don Carlos para que ella estuviera más tranquila. Después de varias horas el grupo fue a terminar en algún local de la ciudad de Apizaco, y cuentan que Don Carlos García fue arteramente asesinado, tanto por un sicario que le disparó de frente, como por ese personaje vecino de Atlihuetzían, que le disparó cobardemente por la espalda, atravesandole el corazón. Cuando finalmente María Isabel se enteró de la desgracia, ya era de madrugada y como pudo se trasladó hasta el hospital y pudo constatar el hecho terriblemente doloroso de que su esposo ya no existía, que ella se quedaba en calidad de viuda, apenas con 25 años de edad, y que sus hijos quedaban sin la protección paterna, en calidad de huérfanos.

María Isabel quedó profundamente lastimada con la pérdida irreparable de su esposo. No quiso saber nada de venganzas ni de litigios para que las autoridades, a través de sus investigaciones, dieran con el responsable y le castigaran. Ella, en el fondo de su corazón, dejó el castigo en manos de Dios, pues de Él es el poder y la justicia.

Por lo pronto, María Isabel tuvo que comprender que la vida debía seguir su curso y que tenía tres bocas que alimentar, por lo que, aunado a su dolor, desarrolló a plenitud su sentido de la responsabilidad y se vio en la necesidad de reaccionar lo más pronto posible. De esta manera, tomó la decisión de migrar a la ciudad de San José, California, en los Estados Unidos, donde tuvo la suerte y oportunidad de conocer a una doctora especialista en dermatología, y comenzó a asistirla de manera profesional.

Fueron cinco años los que María Isabel pasó por primera vez en los Estados Unidos, en medio de una profunda depresión y de un gran dolor por la pérdida intempestiva de su esposo, por haber tenido la necesidad de dejar su comunidad y salir del país, por haberse tenido que separar de sus hijos con el fin superior de conseguir los recursos para poder procurarles vestido, alimentación y educación; pero al mismo tiempo, fueron años de constante aprendizaje, de enfrentar nuevas experiencias en el campo de la atención médica, de conocer nuevos conceptos, medicamentos y tratamientos, y todo esto contribuyó sensiblemente a aumentar su comprensión del mundo de la salud.

Hacia mediados de la década de 1970, estando de regreso en México, María Isabel se encontró con una oportunidad sorprendente: competir por una plaza de enfermería que se ofertaba a nivel federal. Sin apenas pensarlo, se inscribió para el proceso, encontrándose que prácticamente era la única persona que se había presentado para cubrir una de las dos vacantes, la primera con sede en el estado de Quintana Roo y la segunda ubicada en el estado de Baja California. Cuando le avisaron que había sido aceptada determinó que se trasladaría al estado norteño, en donde tuvo la oportunidad de encontrarse con una nueva realidad, muy distinta a la que había visto en los Estados Unidos, y también muy diferente de la que había enfrentado en sus primeros años del ejercicio de la enfermería en el territorio de Tlaxcala.

Llegar a Baja California no fue instalarse en ninguna de las ciudades importantes que tiene esa entidad como Mexicali, Tijuana, Tecate, Rosarito o Ensenada. Significó, por el contrario, acudir a las pequeñas poblaciones en el ámbito rural y atender con escasísimos recursos las apremiantes necesidades de salud que presentaba la población, sea acompañando los procesos de embarazo de las mujeres y sus respectiva alumbramiento, o atendiendo diversos accidentes que se presentaban en los campos de labor, como serias mordeduras de serpientes y otros reptiles que solían ser muy dañinos para la gente si no se les aplicaban los antídotos correspondientes con toda oportunidad.

Cuando María Isabel Gutiérrez Alarcón recuerda y relata esta parte de su vida, no puede ocultar la emoción que le significa la evocación de esas experiencias en donde, con todo y lo limitado de los recursos y las dificultades propias de una entidad con tantas carencias, logró compenetrar con la población, haciéndola participar de diversas maneras en la resolución de sus problemas de salud. La enfermera no cobraba por los servicios o curaciones que atendía, pero a cambio de su trabajo, pedía que las personas donaran medicamentos, materiales, útiles y otros objetos diversos con el fin de tener lo mejor equipado el lugar de trabajo, y presentar al resto de la población un mejor servicio.

En una comunidad llamada Valle de Trinidad, María Isabel evoca por ejemplo, que la misma comunidad se encargaba de su alimentación y la de un médico practicante que había llegado a prestar su servicio desde la Ciudad de México. La enfermera llegó a tener tanta cercanía y confianza con la gente que, sin pena ni remordimiento, en el momento en que ella y su compañero sentían la necesidad de alimentarse, pasaban a tocar a cualquier puerta y se les atendía con gran sencillez, pero con una enorme diligencia Lo que habla del nivel de complementariedad y reciprocidad que los pobladores sentían respecto de quienes les brindaban sus servicios profesionales en materia de salud.

Con este tipo de experiencias, María Isabel reforzó aún más la vocación de servicio que desarrolló desde su primera integración al aprender enfermería, a principios de la década de 1960, y ratificó su convicción por entregar lo mejor de su existencia y sus conocimientos al beneficio de los demás. Naturalmente, en los períodos de vacaciones hacía viajes hacia su casa en San Dionisio Yauhquemehcan, pero también dedicaba buena parte de ese tiempo a la capacitación y actualización de sus conocimientos, por lo que siempre se le vio sumamente interesada en acrecentar sus habilidades y capacidades profesionales, siempre con la mentalidad de brindar un mejor servicio a quien demandaba de ella atención para recuperar su salud.

Un terrible acontecimiento vino a trastocar su vida Aproximadamente en 1984, se enteró que su hijo estaba enfermo de un padecimiento que bien podría conducirlo a la muerte, de no recibir el tratamiento oportuno y adecuado. La angustia de madre se activó y buscó algunas alternativas para poder regresar, con el beneficio de su base laboral, al Estado de Tlaxcala, pero nadie de la entidad tlaxcalteca quiso hacer una permuta para ir a laborar a la entidad norteña, por lo que María Isabel tuvo que tomar la difícil y trascendental decisión de renunciar a su estabilidad laboral, en favor de procurar a su hijo todas las gestiones y apoyo para que pudiera tener acceso al tratamiento correspondiente y con ellos salvar su vida.

Aquí es necesario hacer una muy justa acotación en torno a que María Isabel Gutiérrez Alarcón, desde siempre, ha sido una mujer con una sólida formación religiosa, con una extraordinaria fe y esperanza puesta en Dios y en sus designios, de manera que a Él se encomendó, y quiso el destino que a principios de 1984 conociera a un hombre, abogado de profesión, de nombre José Luna Riojas, natural del estado de Tamaulipas, viudo de condición y que era mayor que María Isabel unos 12 años. Don Pepe comenzó a acercarse a María Isabel con las mejores y más honestas intenciones, hasta encontrar el momento adecuado para plantearle una propuesta formal de matrimonio. María Isabel, desde luego, en un primer momento no se consideró preparada para asumir una situación de esa naturaleza, pues tenía muy clara la prioridad de su vida en ese instante acerca de la procuración de la salud de su hijo, de mantener el apoyo y la buena relación con sus hijas, y en general de seguir llevando una correcta unión con el resto de su familia. Le importaba mucho que, en caso de aceptar una nueva pareja, no fuera a encontrarse con alguien que no tuviera la sensibilidad, el respeto, la tolerancia y la empatía para comprender toda su situaciones. Pero Don Pepe Luna era un hombre que, además de poseer una educación muy completa, tenía una delicadeza y una sensibilidad exquisita que le permitieron responder con aplomo y determinación que estaba dispuesto a enfrentar absolutamente al reto.

Ante estos designios del destino, María Isabel decidió renunciar a su plaza laboral y regresar a San Dionisio Yauhquemehcan en donde contrajo matrimonio con Don Pepe luna Riojas a principios del verano de 1984, prácticamente 20 años después de su primer matrimonio.

A continuación, María Isabel se dedicó por todos los medios a lograr la debida atención y el tratamiento de su hijo, lo cual logró en el Hospital Universitario de la ciudad de Puebla, en donde ella misma, a manera de contraprestación, prestaba sus servicios de enfermería de manera voluntaria. El proceso de recuperación de su hijo fue lento y significó grandes retos para los médicos, para la familia, para ella en su calidad de madre y,  desde luego para el paciente, que tenía que sufrir las secuelas y consecuencias de los procedimientos. Sin embargo, la fe, la oración y la esperanza, combinadas con la disciplina, el rigor alimenticio y la buena actitud para la recuperación del enfermo, significó la mejoría plena, con lo que María Isabel pudo constatar por sí misma no solo los beneficios que aporta la ciencia médica moderna, sino, ante todo, los resultados de la calidez y la amabilidad de las personas que, acaso puestas en su camino por la mano misma de Dios, significaron una verdadera bendición para la familia y la recuperación plena de su hijo.

Mientras todo esto sucedía, es decir, aproximadamente desde 1985, María Isabel Gutiérrez Alarcón se vinculó con diversas instituciones de salud en el estado de Tlaxcala, entre ellas el Instituto Mexicano del Seguro Social y la entonces llamada Secretaría de Salubridad y Asistencia, con quienes colaboró de manera activa, impartiendo y recibiendo capacitación y actualización en materia de conocimientos de enfermería y particularmente de ginecología y obstetricia, al tiempo de también brindar sus servicios prácticos en estas instituciones, al tiempo que desde su casa en San Dionisio Yauhquemehcan, con el respectivo aval de las autoridades sanitarias, ayudaba a los muchos vecinos que se le acercaban para recibir consulta y tratamiento.

A lo largo de poco más de veinte años de este nuevo periodo de ejercicio profesional en la enfermería, María Isabel Gutiérrez Alarcón logró atender a un sin número de pacientes, particularmente mujeres embarazadas, por lo que, de acuerdo a sus dichos y registros en el período que va de 1985 a 2008 nacieron en el consultorio, debidamente habilitado y equipado profesionalmente, 135 seres humanos, a lo que hay que añadir que de acuerdo a sus registros documentales, María Isabel Gutiérrez Alarcón, a lo largo de su vida profesional asistió al alumbramiento de casi cuatro mil seres humanos, lo que habla de inmediato de su extraordinaria vocación de servicio.

Don Pepe Luna Riojas se integró de manera rápida y admirable a su nueva familia y comunidad, de manera que se convirtió rápidamente en un referente social de importancia pero, lo más importante, logró ganar un lugar de afecto verdadero y de gran confianza entre los hijos de María Isabel, quienes sin regatear condición le reconocieron con la calidad de «papá», lo que fue especialmente significativo para él y sobre todo para María Isabel. Con el paso del tiempo, su hijo se convirtió en arquitecto, su hija mayor en contadora pública y la menor en una profesional de la cultura de belleza. De esta manera, María Isabel tuvo el acompañamiento de su esposo durante 24 años hasta que, finalmente, Don Pepe Luna Riojas falleció en el año 2008, dejando un enorme y sincero hueco en toda su familia.

María Isabel, por supuesto, sintió un golpe enorme en su ánimo al haber perdido al compañero de gran parte de su vida, a quien se había atrevido a unir a la suya su propia suerte, a quien se había arriesgado, sin apenas pensarlo, a ir a tierra extraña con gente diferente, todo ello en nombre del amor.

La enfermera dejó de atender pacientes y cayó en un letargo de profundo dolor, de donde le sacó un extraño acontecimiento. Recibió una llamada telefónica de una de las sobrinas directas de Don Pepe, quién le hizo la invitación para que, con el fin de olvidar un poco la tristeza y distraerse con otros pensamientos, le visitara en la ciudad de San Diego, California, en los Estados Unidos. María Isabel no tuvo que pensarlo mucho y, preparando su equipaje, se trasladó nuevamente al extranjero en donde esta sobrina se desempeñaba profesionalmente como psicóloga infantil, y quiso el destino que, llegando a San Diego,  la profesional de la psicología recibiera una angustiada llamada de auxilio de parte de la madre de uno de los pequeños a los que solían atender en su guardería, pues su madre sería sujeta a una intervención quirúrgica en Los Ángeles, y necesitaba de manera urgente a alguien que le cuidara por algunos días a su bebé, de apenas unos ocho meses de edad.

María Isabel sintió un extraño llamado y le comunicó a la sobrina que si se le permitía la confianza, ella podría hacerse cargo de cuidar al pequeño durante los días que se necesitara, y así sucedió. El contacto con ese niño tuvo en María Isabel un efecto altamente gratificante y hasta terapéutico, por lo que por algunos días olvidó en cierto modo la tristeza que llevaba a cuestas por el reciente fallecimiento de su esposo. Cuando tuvo que devolver al pequeño, se enteró de que ahora era la abuela del niño la que necesitaba de un proceso de acompañamiento, pues la cirugía recientemente practicada le había sumergido en un estado de depresión y desánimo tan grande que necesariamente requería de un acompañamiento permanente Esta persona, Sonia de nombre, era de origen puertorriqueño, por lo que María Isabel se ofreció a brindar sus servicios de acompañamiento y de asistencia médica, dado que no tendría con ella ningún obstáculo idiomático, aunque hay que reconocer que María Isabel por sus estancias en los Estados Unidos es capaz de expresarse correctamente en lengua inglesa.

Fue así como María Isabel Gutiérrez Alarcón se trasladó ahora al  estado de Nevada, en donde tenía su residencia Sonia, y luego de los primeros contactos, ambas pudieron desarrollar la confianza necesaria para convertirse en muy buenas compañeras de vida. Una vez que se consideró que Sonia estaba recuperada por completo, María Isabel le comunicó su intención de regresar a México concretamente a su casa para continuar con su vida. la paciente, desde luego, le rogó que si era posible se quedara con ella por más tiempo, pero ante la negativa comprendió la importancia de que María Isabel continuara con su propio destino y agradeció ampliamente, no solo los servicios, sino particularmente el acompañamiento tan humano que a lo largo de seis años tuvo de parte de María Isabel.

Fue de esta manera como en 2016 María Isabel regresó a su casa en San Dionisio Yauhquemehcan, constatando que su corazón había sanado, que tenía aún muchas cosas que hacer en su vida, y tratando de integrarse nuevamente a su comunidad. Poco a poco la gente la fue reconociendo y aunque ella expresamente ya no desea seguir prestando sus servicios de enfermería o asistencia médica, por humanismo no puede resistirse cuando alguien se encuentra en situación de necesidad y de manera muy eventual, en el interior de su domicilio, en donde algún día estuvo completamente instalado y equipado su consultorio, suele recibir a algunas personas para orientarlas o recomendarles algún remedio por diversas afecciones.

Hoy, en la primavera de 2026, María Isabel Gutiérrez Alarcón está a pocos meses de cumplir 82 años y con toda sinceridad y felicidad se autodefine como una persona sana, que no sufre de enfermedades propias de su edad, que no padece de las comorbilidades que afectan a la enorme mayoría de la población mexicana de más de 50 años, que tiene muchos ánimos para levantarse todos los días y agradecer a Dios por la vida que le obsequia y que, además de los muchos recuerdos que posee y atesora, no solo reduce su existencia a la evocación del pasado, si no tiene objetivos presentes y futuros, que dan sentido pleno a su existencia.

Posee una memoria admirable para relatar con toda precisión los acontecimientos de su vida; recuerda fechas exactas y nombres concretos de personas que fueron importantes para su vida en distintos momentos; tiene una voz afinada que nada dice acerca de su edad y que le permiten a estas alturas cantar de manera cotidiana, haciendo de la música, una de las pasiones de su vida que aprendió desde la primera juventud de la mano de instructores de las Misiones Culturales, un acompañamiento necesario y una expresión de su alegría por vivir.

María Isabel Gutiérrez Alarcón es un personaje de gran importancia para San Dionisio Yauhquemehcan, el municipio y toda la región. fue parte de una generación que creció en medio de múltiples vicisitudes, obstáculos Y limitaciones, y que, no obstante, pudo salir adelante por sus propios medios; pertenece a las primeras generaciones de profesionales de la enfermería que se formaron en el campo de batalla, en los pueblos enfrentando todo tipo de retos, limitaciones y resistencias de las personas, en los consultorios, en los quirófanos y en las salas de expulsión, en un constante proceso de aprendizaje que le dotó de habilidades que puso al servicio de los demás; es parte de una generación de personas entregadas al trabajo y al servicio en favor de los demás, que poco se interesaban en las labores sindicales o en la exigencia de sus propios derechos, sino que, por encima de todo, siempre ponían en primer lugar el servicio hacia los demás, en clara respuesta y congruencia al juramento hipocrático que acaso nunca pronunció de manera formal, pero que hizo suyo en toda la extensión del término a lo largo de sus muchos años de servicio.

Su amor por la gente, su gran concepto de familia, su fe y su confianza en Dios, y la constante y comprobada vocación de servicio a lo largo de toda su vida, hacen de María Isabel Gutiérrez Alarcón un ejemplo vivo para todas las generaciones presentes y futuras de nuestro municipio de Yauhquemehcan, pues constituye la evidencia de que ante todo se requiere de personas que amen a los demás a través del ejercicio profesional de sus funciones, siempre contribuyendo a la mejora, al bienestar y a la salud, con una sonrisa y una calidez que suele ser la mejor medicina de todas.

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