SIN LÍNEA Por HORACIO GONZÁLEZ - Linea de Contraste

SIN LÍNEA Por HORACIO GONZÁLEZ

MGZ ¿y dónde está el legado?

Cuando Mariano González Zarur dejó la gubernatura, seguramente lo hizo satisfecho pensando que en su conclusión había heredado una nueva clase política en el estado y dentro del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Sin embargo, a poco más de dos años de distancia, el futuro no es nada halagador para el tricolor y para los jóvenes que se quedaron dentro de la administración pública, incluido el propio gobernador Marco Antonio Mena Rodríguez.

En primer lugar, existe un distanciamiento, si es que no ruptura, entre González Zarur y el mandatario estatal. Su hijo, Mariano González Aguirre, se encuentra fuera del círculo de los consentidos del Ejecutivo local, y su leal discípulo, Ricardo García Portilla, lucha por un regreso político que se observa como una misión imposible.

En segundo lugar, el PRI está franco declive. Los resultados electorales de 2018 y las encuestas existentes en aquellas entidades donde habrá elecciones este año, hacen ver un panorama que no pintan nada bien para el tricolor, pues está siendo desplazado por el Partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).

Así que esa clase política heredada por el marianismo va a una desaparición casi segura. O, al menos, a una marginación permanente que durará varios años y que tendrá graves consecuencias para el partido que hoy se encuentra en el poder en Tlaxcala. El nombre del responsable de esta situación, hay que decirlo claro, es Marco Antonio Mena, a quien las cosas no le han salido bien a pesar de sus buenas intenciones.

A la mitad de su mandato, al menos, ya tiene asegurado su legado en materia de obra pública con la ampliación de la carretera Tlaxcala-Apizaco. Pero no dejará ningún legado político, como en su momento creía haberlo dejado Mariano González Zarur. Eso no pasará.

La preocupación del gobernador debe ser mucha, sobre todo por las condiciones en que dejará a su partido para poder sobrevivir en unas condiciones políticas nada alagüeñas de cara al futuro: un partido reducido a casi nada en el Congreso del estado, con un financiamiento público reducido dramáticamente a raíz de los resultados obtenidos en 2018, y con personajes políticos que no aseguran triunfos electorales en municipios y distritos, ni siquiera la alcaldesa capitalina, Anabell Ávalos Zempoalteca, la carta priista más importante de cara a la sucesión gubernamental.

El propio mandatario estatal no es garantía de apoyo para su partido. Las encuestas le ubican en muy mala posición entre sus gobernados, quienes lo aprueban dos de cada diez.

En esa coyuntura, lo que se avecina es una nueva clase política, sí, pero no con el PRI, sino con Morena al poder a partir de 2021. En ese sentido, habrá varias caras nuevas en los próximos años pero otras no tanto, pues es clara la existencia del reciclaje de personajes que al no tener cabida en sus partidos, ya sea por exclusión o porque el barco se está hundiendo, buscan ahora un refugio seguro en Morena.

Qué lejos están los tiempos de alegría para el PRI y sus aliados a raíz de los resultados comiciales de 2016. En ese entonces hubo mucha fiesta y ahora la resaca es fuerte. Adiós a lo que González Zarur veía como su legado: ni amigo en el Ejecutivo local, ni nueva clase política. Vienen tiempos difíciles para el PRI y no se ve preparado para encararlos. Eso es lo peor.

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