SOCIOLOGANTE Por La Dra. Elsa Martínez Flores
¿México está listo para pagar con la cara?
En Latinoamérica, utilizar el celular para realizar una transacción dejó de ser una novedad y se convirtió en una práctica cada vez más cotidiana. Sin embargo, la tecnología ya explora otra posibilidad en algunos países: que el rostro sea escaneado para cobrar los productos adquiridos.
Lo que parece una escena futurista comienza a incorporarse a establecimientos comerciales y abre una nueva interrogante: ¿qué tan dispuestas están las personas a convertir su propia cara en una herramienta para acceder a su dinero?
En Corea del Sur, los clientes pueden registrar previamente su rostro y vincularlo con un método de pago para comprar en establecimientos que cuentan con este sistema. Un creador de contenido español que vive en ese país mostró cómo pagó sus productos en una tienda de conveniencia: colocó su rostro frente a una pantalla y el sistema lo reconoció para procesar el cobro, sin necesidad de sacar su tarjeta o su teléfono.
En ese país el sistema FacePay de Toss superó los seis millones de usuarios registrados en mayo de 2026, según datos publicados por la propia compañía. Sin embargo, trasladar esta experiencia a México no consiste simplemente en instalar cámaras y terminales en los comercios.
También implica considerar los hábitos de consumo, la infraestructura disponible, las condiciones de seguridad y, sobre todo, la confianza que las personas estén dispuestas a depositar en estos sistemas.
Datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), a través de la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024, permiten entender el contexto mexicano. El 85.2 por ciento de la población adulta utilizaba el efectivo como medio más frecuente para compras de hasta 500 pesos, mientras que para adquisiciones superiores a esa cantidad la proporción era de 73.5 por ciento.
Aunque las transferencias electrónicas y las aplicaciones celulares han ganado terreno, el dinero físico sigue presente en la vida cotidiana de millones de mexicanos. Pasar de sacar el celular para pagar a colocar el rostro frente a una pantalla supone un cambio que va más allá de la tecnología disponible.
Desde una perspectiva sociológica, las innovaciones no se incorporan a la vida cotidiana únicamente porque sean más rápidas o eficientes. También intervienen las costumbres, las experiencias previas, las desigualdades económicas y la confianza que las personas depositan en las instituciones y las empresas.
En sociedades donde el fraude digital y el uso indebido de información personal generan preocupación, entregar el rostro para realizar una transacción puede percibirse no solo como una comodidad, sino también como un riesgo. La pregunta deja de ser cuánto tiempo ahorramos y comienza a ser qué estamos dispuestos a entregar a cambio de esa facilidad.
Esto no significa que los surcoreanos sean más confiados ni que los mexicanos o los latinoamericanos seamos reacios a la tecnología. La diferencia está en las condiciones sociales en las que se adopta.
La seguridad que ofrecen las instituciones, la respuesta ante los fraudes, la protección de los datos y la posibilidad de reclamar cuando algo sale mal influyen en la aceptación de estas herramientas.
Cuando existen dudas sobre quién resguarda la información biométrica, para qué la utiliza y qué sucede si se vulnera, la innovación puede generar tanta incertidumbre como entusiasmo. El rostro, a diferencia de una tarjeta, no puede sustituirse si sus datos quedan comprometidos.
¿Cuánto tiempo pasará antes de que esta tecnología forme parte de las compras cotidianas en México? No hay una fecha que pueda establecerse con certeza, pero su posible expansión obliga a discutir desde ahora las condiciones necesarias para incorporarla.
La tecnología puede avanzar a gran velocidad, pero la confianza no se instala con una actualización: se construye con garantías, transparencia y seguridad. Al final, el desafío no será únicamente conseguir que una pantalla reconozca nuestro rostro, sino lograr que las personas confíen en el sistema al que están vinculando su identidad y su dinero.
