Derechos en perspectiva por la Dra. Geovanny Pérez López
La escuela como caja de resonancia de conflictos
Tlaxcala, Tlax; 06 de mayo de 2026 (Redacción). – Cada día observamos como los conflictos en los espacios escolares escalan, teniendo como consecuencias lo que en las redes sociales y a través de medios de comunicación nos informan y se comparte, sin saber qué hacer. Muchas veces solo se opta por soluciones punitivas, por una parte, para dar respuesta a la presión de la opinión pública, y por otra por la cultura punitiva. Sin embargo, lo ocurrido, se repite como un patrón problemático: de ahí que centrar la narrativa en la figura del agresor y sancionarlo desde lo punitivo desplaza la atención del problema estructural y reduce la complejidad del fenómeno a una historia individual.
Para Galtung (1984), la violencia es una manifestación de los conflictos no resueltos, es una privación de los Derechos Humanos hacia la vida, la felicidad y la prosperidad, y se representa como una disminución de los niveles de satisfacción de las necesidades. Por tal razón, valdría la pena analizar desde la visión de Galtung, que la violencia no es solo un acto directo, sino que también existen formas menos visibles, pero igualmente dañinas: la violencia estructural y la violencia cultural. La primera se refiere a las desigualdades sociales que impiden a las personas desarrollar plenamente sus capacidades; la segunda, a los valores, creencias y discursos que justifican o normalizan la violencia.
Cuando los relatos se concentran únicamente en el agresor, se está privilegiando la violencia directa. Un ejemplo de ello son las pintas de amenazas de tiroteos en las escuelas, dejando fuera el análisis de las otras dos dimensiones. Así, se invisibilizan las condiciones estructurales que rodean al hecho violento y las narrativas culturales que lo hacen posible o incluso aceptable.
Ahora bien, sabemos que los retos que se vuelven virales en redes a través de sus plataformas, cobran impacto en la vida del alumnado y se reproducen en los entornos escolares. Esto no excluye a los demás ámbitos, lo cierto es que no se trata de situaciones aisladas o individuales, como responsabilidad exclusiva de quien agrede, pero siempre es necesario cuestionar el entorno que lo produce.
Hay que prestar atención a lo que actualmente abunda en redes y se conoce como la “manosfera”, una red de comunidades en la que los hombres de cualquier edad pueden intercambiar consejos sobre relaciones amorosas, condición física e incluso paternidad, generalmente a través de foros o podcasts. Sin embargo, el varón se posiciona como una víctima del clima social actual, además de que las sugerencias vienen desde un punto de vista extremista, así lo reconoce ONU Mujeres.
Aunado a lo que las encuestas sobre violencia escolar en México muestran que el 65% de estudiantes y docentes han presenciado o sufrido acoso, con un aumento del 205% en reportes de bullying de 2019 a 2024. México ocupa los primeros lugares a nivel mundial en casos de acoso escolar, concentrándose el 45% de los incidentes en secundaria. De la misma manera, la ENDIREH 2021 del INEGI indica que, en Tlaxcala, el 31% de mujeres de 15 años y más ha vivido violencia escolar a lo largo de su vida, con 23% experimentándola en los 12 meses previos a la encuesta. La violencia psicológica y física son predominantes, posicionando a la escuela como un entorno de riesgo significativo para la violencia de género, y se estima que, en los últimos 12 meses, en el estado de Tlaxcala, de las mujeres de 15 años y más que experimentaron violencia en el ámbito escolar, 39.5% señaló que la principal persona agresora fue un compañero de la escuela.
Lo anterior nos lleva a analizar que la violencia ha pasado a ser un artículo de pertenencia e intercambio. Por lo que, esto implica ir más allá de la búsqueda de culpables individuales y apostar por enfoques que consideren la prevención, el acompañamiento psicoemocional y mental, el fortalecimiento de las comunidades educativas y la construcción de entornos más justos y seguros basados en el respeto a los derechos humanos. La escuela al ser un espacio donde las y los adolescentes pasan la mayor parte de su tiempo, se vuelven como una caja de resonancia de los conflictos. Aunque no es necesariamente es el ámbito educativo en que se aprende la violencia, sino en el espacio de reproducción de los problemas que enfrentamos como sociedad: un lugar en el cual encuentran cauce de expresión todas las contradicciones sociales sufridas día a día.
La violencia escolar no surge en el vacío ni puede explicarse únicamente por las decisiones individuales de quien la ejerce. En realidad, se trata de un fenómeno complejo que responde a múltiples factores interrelacionados. Las dinámicas familiares, por ejemplo, juegan un papel importante en la construcción de formas de relacionarse con las demás personas. Así como la información que se consume entorno a la naturalización de la violencia en redes sociales, la negligencia o la falta de apoyo emocional por parte del estado y sus instituciones, pueden influir en el desarrollo de conductas agresivas. Sin embargo, reducir el problema a la familia o el uso de las redes sociales también sería insuficiente.
La desigualdad, la exclusión o la falta de oportunidades, son una realidad que viven y sienten las y los adolescentes, lo que Galtung denominaría violencia estructural. Estas condiciones generan contextos donde la frustración, el aislamiento o la falta de horizontes pueden traducirse en formas de violencia directa. A esto se suman los cambios culturales, que han transformado las formas de convivencia, los modelos de autoridad y las expectativas sobre la escuela como espacio de socialización. La violencia en las escuelas no es un problema exclusivamente educativo; es el resultado de múltiples factores. Por tanto se requiere una intervención integral más allá de lo punitivo.
