CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN: Leyenda de una confesión muy extraña - Linea de Contraste

CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN: Leyenda de una confesión muy extraña

Por David Chamorro Zarco, Cronista Municipal

Tlaxcala, Tlax; 2 de julio de 2026. – Cuenta la leyenda que hacía mediados del siglo pasado, es decir, allá por 1950, existió un sacerdote, ya entrado en años, designado para atender alguna de las parroquias de nuestra región

Como hombre bien formado en la fe, este cura era también un hombre extremadamente disciplinado, que se levantaba todos los días pasadas las tres de la mañana, dedicaba un buen rato al estudio de las escrituras y luego, consultando su misal, preparaba exactamente las palabras que diría en las homilías de la jornada. Bien pudo no haber hecho nada y decir lo que primero se le viniera la mente al subir al púlpito, pero el caso es que la fuerza de la costumbre y la disciplina que había adoptado desde su formación allá en el seminario de la ciudad de Puebla, no le permitían espacio a romper con la rigurosidad de su vida cotidiana.
Antes de las seis de la mañana, sin haber bebido más que un vaso con agua para mantener el ayuno para poder tomar la comunión, se revestía en la habitación destinada a sacristía, auxiliado por su inseparable acólito, y exactamente a las seis de la mañana ingresaba al templo para dar inicio al rito tridentino de la eucaristía, o sea, para decir misa en latín, mientras dos docenas de feligreses le acompañaban contestando las fórmulas básicas que sabían de memoria y entonaban los cánticos respectivos.
El padre era especialmente famoso y apreciado porque en cuanto subía al púlpito, procuraba expresar mensajes sencillos, bien meditados, que daban muchos ejemplos, y sobre todo palabras de aliento para una comunidad humilde y sencilla de campesinos, que vivía en medio de muchas carencias y necesidades, y que al escuchar las palabras de consuelo y esperanza, invariablemente salían fortalecidos.
Luego de la misa de alba, el cura tomaba sus alimentos y se dedicaba a atender diversas actividades del templo, algunas reparaciones importantes, a actualizar los registros de sus libros ya otros mil detalles que demandaban su atención. celebraba otra misa a las doce del día y después a las siete de la noche, cuando la gente estaba por acudir a descansar después de una larga jornada de trabajo.
Una noche, poco antes de que llegara la hora de despertar para el cura, como a las dos y media de la mañana, escuchó fuertes toques en el pórtico del curato . ante la insistencia del llamado, poco a poco se fue acercando a la puerta y al abrir encontró a un hombre vestido con calzón y camisa de manta, con el sombrero en la mano, y con un gesto de verdadero dolor que le decía «¡Señor Cura, Señor Cura, acuda su buena merced a confesar a mi mujer que se muere!».
El cura sabía de sobra que sacramentos como la extrema unción y la comunión a los enfermos en peligro de muerte, también llamado «el viático», no se le debe negar a nadie. Le pidió las indicaciones al hombre de cómo llegar a la casa de la enferma, y le indicó que se trataba de una de las últimas casas del pueblo, en la salida del Camino Real. El cura pidió al hombre que se adelantara y que él acudiría en pocos minutos, pues debía preparar los objetos necesarios.
El sacerdote, a toda prisa, se impuso la sotana y guardó en un maletín que tenía una pequeña cajita con hostias consagradas, así como una botellita de cristal en que transportaba una pequeña porción de los óleos que habían sido consagrados el Jueves Santo anterior, que servían para ungir al enfermo y prepararlo para la buena muerte. También introdujo en su maletín su libro de oraciones y un rosario.
Salió a toda prisa del curato y no tardó más de quince minutos en llegar al paraje que el hombre le había indicado. Efectivamente, encontró la casa indicada y se acercó a la puerta, llamando la atención de los de dentro, pero nadie le respondió. Empujó ligeramente la puerta y esta se abrió sin ningún esfuerzo. Al fondo de la habitación se podía distinguir, a la luz de una vela pálida, a una persona que estaba tendida en un camastro y que respiraba ruidosa y trabajosamente.
El padre no tuvo nada que preguntar, y supuso que el hombre habría salido por alguna razón, por lo que se aprestó a cumplir con su deber, tomando una silla vieja, la acercó al lecho de la enferma, sacó el libro de oraciones, se colocó la estola, puso el rosario entre los dedos de su mano izquierda, y comenzó su labor.
«Hija, ¿me escuchas? Soy el cura del pueblo y he venido a darte auxilio en estos momentos. ¿quieres confesar tus pecados?»
«Padre, sí, me quiero confesar, porque siento que me muero . Necesito la solución de su merced».
«Ave María Purísima. Dime tus pecados.»
«Me acuso, padre, de haber cometido el horrible pecado de asesinar a un hombre. Lo hice porque él me ultrajó, abusó de mí, mientras huía con otros hombres, compañeros suyos del ejército de Su Majestad. Bien recuerdo padre, cómo el hombre bajó del caballo, con su guerrera azul, su pantalón blanco y las botas de montar. En cuanto me vio se abalanzó de inmediato sobre mí, me tiró sobre la tierra, me despedazó la ropa, y como yo me resistía, me golpeó en la cara con el fuete, haciéndome sangrar, mientras me hacía presa de sus bestiales deseos. Luego se levantó y entró a mi casa buscando algo de comer, Yo me levanté como pude, temblando de dolor y de rabia, y encontré encajado entre las tablas de mi casa un cuchillo con el que pretendía ir a cortar nopales. Esperé a que el hombre saliera Y a los pocos instantes lo hizo trayendo un jarro de pulque en la mano, y mientras él se lo empinaba para beberlo, yo le acerté con el cuchillo en medio de la garganta. Chilló como un marrano al que acaban de de degollar y a los pocos momentos cayó al suelo bañado en su propia sangre. Lo arrastré hasta una zanja cercana y luego fui echando sobre él toda la majada de las vacas, para que se pudriera con el mismo excremento. Luego llegó Marcelo, que ahora es mi marido, y me ayudó con la labor, ofreciéndome su mano en matrimonio para que nadie sospechara nada.Padre, desde entonces, en medio de mis sueños este soldado se me aparece, riendo como un demonio, cayéndome encima y diciéndome que es un soldado realista y que a él nada le puede pasar. Lo confieso, padre, y me pesa porque he perdido el cielo y merezco el infierno».
«Hija, Dios sabe qué lo que hiciste fue en defensa de tu honor y que no eres una mujer mala. Por eso, yo te absuelvo de tus culpas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo Amén «.
A continuación el cura puso en la boca de la mujer una hostia consagrada diciendo «El cuerpo de Cristo. Amén» y luego, tomando entre los dedos de la mano izquierda el libro de las oraciones, y habiendo previamente abierto la botellita de los santos óleos procedió a imponer los óleos en la frente y en la cabeza con cruces de ese aceite tan extraordinariamente perfumado que hizo que toda la habitación se llenara de una pureza única.
Luego el padre comenzó a leer una oración para acompañar a los agonizantes para que tuvieran una buena muerte, y en cuanto finalizó escucho como la mujer exhalaba el último suspiro. El sacerdote se santiguó y lo mismo hizo con el cadáver de la mujer, al que le cerró los ojos. Salió a la puerta y llamó a grandes voces a Marcelo, pero este no apareció. El cura reflexionó para sí mismo que su labor ahí había terminado, y que había cumplido su misión de ministro al auxiliar con los últimos servicios al alma de la mujer y se retiró caminando lentamente, mientras los gallos comenzaban a cantar con todas sus fuerzas, pues se acercaba el alba.
Cuando se sentó a tomar el almuerzo, el sacerdote se quedó muy admirado de recordar que la mujer había confesado el ataque de un soldado realista. Su primera reacción fue pensar que acaso se habría confundido con algún miembro del ejército federal o de los muchos grupos revolucionarios que hacía unos treinta años todavía rondaban por los pueblos de Tlaxcala y preguntó a la anciana que le servía la comida acerca de una mujer que vivía a la salida del pueblo y ella, que conocía a todos los habitantes de la comunidad, dijo que en efecto, existía esa casa pero que estaba habitada por un matrimonio joven con cuatro hijos pequeños, y que no reconocía a un hombre llamado Marcelo viviendo en ese paraje y mucho menos se había enterado de que una mujer hubiera muerto recientemente en tal lugar.
El padre fue a su mesa de estudio y buscó algunos libros de historia que tenía a mano y allí encontró, efectivamente, que los soldados realistas o del ejército de Su Majestad, eran los que habían existido hasta la época de la Independencia de México, todavía llamada la Nueva España y cuyo uniforme, efectivamente, era de pantalón blanco y guerrera azul, y a quienes también se llamaba los Dragones de Su Majestad.
El padre, sin inquietarse ni entrar en pánico, no pudo evitar que saliera de su boca una exclamación: «¡Dios mío! Hoy he confesado a una muerta».
¡Caminemos Juntos!