Crónicas de Yauhquemehcan: 500 años de la presencia Dominica en México - Linea de Contraste

Crónicas de Yauhquemehcan: 500 años de la presencia Dominica en México

Por David Chamorro Zarco, Cronista municipal

Tlaxcala, Tlax; 06 de julio del 2026 (Redacción). –  La historia de la iglesia católica es una larga secuencia de acontecimientos, crisis, enfrentamientos y luchas constantes por diversos motivos. En los casi dos mil años que lleva el cristianismo instituido como religión, ha tenido oportunidad de protagonizar diversos momentos, muchos de los cuales han sido desencuentros o desavenencias.

Uno de los principales fue el rompimiento en dos grandes fragmentos hacia mediados del siglo XI, en donde de un lado quedó la iglesia del rito griego u ortodoxo, que mantiene su vigencia en la mayor parte de los países de Europa del Este, así como en el continente asiático; en tanto que en la Europa Occidental se mantuvo vigente la Iglesia Católica Romana. Esta última, durante el siglo XVI, sufrió de una nueva división a través de la que se separaron una gran cantidad de fragmentos, a las que en general se conoce como Iglesias protestantes, pero que mantienen cierta esencia del cristianismo.
Durante el siglo XIII, por diversos factores se comenzaron a popularizar en Europa algunos ritos que no eran aprobados por la iglesia católica, y que constituían desviaciones manifiestas de los postulados dogmáticos del catolicismo. La iglesia reaccionó con la creación de un tribunal al que de manera popular llamamos “La Inquisición”, pero también emergieron algunos órdenes religiosas que a través de la predicación activa trataban de educar a la gente, mayoritariamente analfabeta, en torno de lo que sostenía la iglesia católica, así como sus fundamentos.
Fue de esta manera como en el año 1216, un religioso llamado Domingo de Guzmán, fundó la Orden de los Predicadores, a la que, con el paso del tiempo se le dio el nombre informal de “los dominicos». Estos hombres religiosos pretendían llevar una profunda vida de oración, por lo que, entre otras cosas, promovieron la popularización del rezo del santo rosario; se abocaron a mejorarse a sí mismos y a los demás en materia educativa, organizando contenidos para el mejor conocimiento y comprensión de la teología y de la filosofía, aprovechando que en ese mismo lapso estaban surgiendo las primeras universidades en Europa, que eran espacios propicios para sistematizar los estudios, divulgar las ciencias, y mejorar en general la vida de las personas; el tercer objetivo de los dominicos era el de ejercer una predicación activa, esto es, divulgar conocimientos de religión y moralidad entre la gente común, efectuando labores catequéticas y de evangelización; finalmente, como su último objetivo, ejercían una labor de amplio servicio en favor de toda la comunidad, al tiempo que vivían a plenitud su vida como núcleo religioso.
Pocos años después de la muerte de Domingo de Guzmán, se le concedió la canonización, por lo que desde entonces se le conoce con el título de Santo Domingo de Guzmán. A la Orden de Predicadores, es decir, a los dominicos, han pertenecido religiosos de muy destacada trayectoria como el mismo Santo Tomás de Aquino, famoso por la reorganización de ciertos contenidos teológicos y filosóficos con base en el sistema de ideas y lógica desarrollado por Aristóteles; desde luego también tenemos a Fray Antón de Montesinos, quién en diciembre de 1511, desde la isla La Española, que hoy conocemos como República Dominicana, lanzó su muy famoso Sermón de Adviento en donde se quejaba de los muchos abusos que estaban cometiendo los españoles en contra de los naturales y exigía el respeto a sus derechos, complementado con la protección que la corona española había decretado en favor de todos sus súbditos por la mano de la reina Isabel La Católica; también, en la misma línea de trabajo en favor de la defensa de los Derechos Humanos de los indígenas, tenemos a quién quizá es el más famoso de todos ellos, Fray Bartolomé de Las Casas, primer Obispo de Chiapas, y férreo defensor de los derechos de los naturales, que incluso llegó a exigir que los españoles salieran de un territorio que no les correspondía, manteniendo un histórico debate con el juisconsulto Juan Guinés de Sepúlveda hacia mediados del siglo XVI, en donde Fray Bartolomé, con su famosa Apologética, demostró que los pueblos naturales de la Nueva España de ninguna manera eran hombres bárbaros o privados de razón; un ejemplo más de la grandeza dominica, se encuentra en el primer Santo de ascendencia africana de las tierras sudamericanas, San Martín de Porres, de quien se cuentan infinidad de milagros, en el marco de una vida dedicada a la pobreza y al servicio, que incluso le llevaron a recibir sobrenombres tan pintorescos como “Fray Escoba”, y que se cuenta tenía tal virtud que hacía comer, en un solo plato y en actitud absolutamente pacífica, a perros, gatos y ratones, además de muchísimas historias sobre su capacidad para sanar a los enfermos.
Hace quinientos años, en los primeros días del mes de julio de 1526, llegaron a la Ciudad de México los primeros frailes dominicos, segunda orden religiosa en arribar a la Nueva España, después de los franciscanos, con tantas dificultades que, del conjunto de poco más de una decena de religiosos, al poco tiempo solo había sobrevivido uno. Sin embargo, en las siguientes misiones, pudieron tener mucho más éxito, particularmente bajo el liderazgo de Fray Domingo de Betanzos.
A los padres dominicos se les asignó el trabajo de evangelización del enorme territorio del sur de la Nueva España comenzando con algunas regiones de Puebla, Oaxaca, Chiapas e incluso Guatemala, en donde realizaron, a lo largo de más de tres siglos una impresionante labor catequética, educativa, de beneficio comunitario, de promoción artística y de integración social, cuyos testimonios están a la vista para todos nosotros. Basta admirarse del templo y convento de Santo Domingo erigido a pocas calles del centro de la ciudad de México, o quedar admirado hasta el éxtasis absoluto en la impresionante construcción del templo de Santo Domingo en la otrora llamada ciudad de Antequera, que hoy conocemos como Oaxaca..
Creo que no debemos pasar de largo esta conmemoración a los quinientos años de la presencia dominica en la Nueva España y en México, pues la presencia de estos hombres religiosos, de profunda educación de defensa de la ortodoxia católica, y de enorme promoción al respeto de los derechos fundamentales de los indígenas o naturales, es algo que pervive hasta nuestros días.
Aunque no tuvieron en Tlaxcala algún impacto trascendental,por ser esta tierra de trabajo franciscano, no se puede ni se debe regatear el mérito de los hombres y mujeres que pertenecieron a la Orden de los Predicadores, y que contribuyeron al engrandecimiento cultural de lo que hoy es nuestro país, y cuya obra, a quinientos años de distancia, nos sigue admirando, pues por encima de su humildad y de su pobreza, sus manos fueron de verdaderos gigantes.
¡Caminemos Juntos!