Crónicas de Yauhquemehcan: Doce años sin Gabriel García Márquez - Linea de Contraste

Crónicas de Yauhquemehcan: Doce años sin Gabriel García Márquez

Por David Chamorro Zarco, Cronista Municipal

Tlaxcala, Tlax; 17 de abril de 2026 (Redacción). – Hace doce años, el 17 de abril de 2014, mientras conmemorábamos un aniversario más del fallecimiento de la siempre admurable Sor Juana Inés de la Cruz, a mi parecer la mujer más extraordinaria que ha habido en la Nueva España y en el México moderno, nos encontrábamos también con la triste noticia del fallecimiento de Gabriel García Márquez, a quien aprendimos a admirar desde la primera juventud, recreando nuestra imaginación con su mezcla de realidad y de magia.

Muchas cosas habría que rememorar del entrañable Gabo, comenzando por el hecho de que, desde su más tierna infancia en Aracataca, Colombia, encontró una veta enorme de la que alimentar su Ingenio literario y la creación de muchos cuadros y escenas que a lo largo de su vida quedaron plasmados en sus libros. Es preciso tener en cuenta sus grandes esfuerzos por practicar la crónica y el periodismo, a pesar de las críticas hirientes que algunos de sus colegas solían echarle en cara acerca de su mala ortografía, al grado que, cuentan los que le conocieron más de cerca, que no eran pocos los esfuerzos y aprietos en que Gabriel García Márquez metía a su editor al entregarle un manuscrito, al que había que hacer una muy minuciosa revisión para evitar los muy constantes errores. El mismo Gabo, allá a principios de la década de 1990, en un discurso que envió a una reunión efectuada en Zacatecas acerca de la necesidad de aceptar algunos cambios que adecuaran e hicieran más dinámica a la lengua española, llamaba la atención en torno de que no era necesario ser tan exageradamente riguroso con el manejo del lenguaje, y que debía permitirse ser más dúctil y maleable, de acuerdo a las necesidades y costumbres de cada comunidad, sin tener que someterse al flagelo dictatorial de la Real Academia de la Lengua Española.

De cualquier manera, Gabriel García Márquez logró abrirse camino a la mitad del siglo XX, en un mundo por demás convulso y gris, en donde la América Latina fue víctima en muchos sentidos del perverso juego de las potencias dominantes; por doquier se sucedían las dictaduras militares y las revoluciones populares, al amparo de las más diversas ideologías, y quienes terminaban pagando el alto precio de tales aventuras políticas eran los habitantes de los pueblos y las ciudades que crecían en número, pero también en miseria y en hambre.

Para nadie es un secreto que Gabriel García Márquez quedó totalmente impresionado cuando conoció la obra de Juan Rulfo, muy en especial del «Pedro Páramo”, cuya narración maravillosa es en cierto modo el parteaguas para el inicio del llamado «boom latinoamericano» de la literatura, anclado en el realismo mágico al que tanto contribuyó el Gabo, pero cuyas raíces son esencialmente rulfianas.

Cuando Gabriel García Márquez proyectó la redacción de su obra cúspide «Cuen años de soledad”, el público la esperaba con avidez y curiosidad, con la certeza de que sería una narración extraordinaria. Cuentan sus biógrafos que habló con su esposa y le contó sobre el proyecto y entre ambos decidieron vender absolutamente todo lo que tenían de valor, con el fin de que el escritor se dedicara exclusivamente a la generación literaria; Incluso se habla del detalle, que no deja de ser gracioso, con el casero, para advertirle que durante casi un año no le pagarían la renta del departamento, pero que llegado el momento del triunfo editorial, tendría asegurado su pago con creces.

Hay que imaginar cuántas hojas fueron arrancadas del rodillo de la máquina de escribir y tiradas al cesto de la basura, tan solo para narrar la primera escena en donde Aureliano Buendía recuerda con toda nitidez el momento en el que estuvo frente al pelotón de fusilamiento, y la manera en que a partir de ese instante, como si una madeja de hilo se nos hubiera caído escaleras abajo, toda la historia se va a desdoblando dejándonos admirados en cada página de los sucesos reales e imaginarios, pero de extraordinaria belleza todos ellos, que llegaron a acaecer en el mítico pueblo de Macondo, allí en donde la aparición del hielo o de un imán fueron considerados casi como milagros al tiempo que la levitación de una persona se consideraba de lo más natural, en un ambiente en donde todo parecía flotar entre mariposas amarillas

«Cien años de soledad» apareció en 1967, en una época especialmente convulsa para las juventudes del mundo y también para las de América Latina. De inmediato el libro se convirtió en una de las lecturas obligadas para los iniciados en la literatura y también para los curiosos que se acercaban de manera neófita a escudriñar sus renglones, pero el caso fue que se generó toda una revolución literaria, teniendo como punto gravitacional esta obra, lo que permitió que muchos otros escritores, hombres y mujeres, pudieran presentar sus respectivas narraciones y con ello dar a conocer el pensamiento, la historia, la cultura, la tradición y las aspiraciones de toda la América Latina.

Gabriel García Márquez acarició durante muchos años la idea de narrar, en una novela corta, una historia completa en un lapso de apenas veinticuatro horas, y en dónde confluyeran las creencias y valores más esenciales del espíritu latinoamericano. Fue así como dio vida y muerte a Santiago Nassar, en su obra magnífica «Crónica de una muerte anunciada”, en donde igualmente confluye mucha de la creencia popular de nuestros pueblos, incluyendo la certeza que algunos plantean como inamovible acerca de que cada persona tiene perfectamente escrito su destino desde el momento en que pega el primer chillido, luego de haber sido lanzado a sufrir en este mundo.

Gabriel García Márquez también se solaza con las largas historias de amor, salpicadas de tragedia y de dolor que aparecen a la vuelta de cada esquina, en donde en la primera juventud uno cree haber encontrado al amor perfecto de su vida, pero por cualquier descuido, enojo o malentendido, lo deja pasar de largo para que otro pase a ocupar su lugar y durante muchos años permanezca casado con la mujer a la que uno nunca pudo olvidar, y a la que se siente sujeto, a pesar de las vicisitudes de la vida, hasta que llegue el momento de la feliz muerte del contrincante, y entonces los azares del destino permiten que Fermina Daza y Florentino Ariza, luego de décadas de desearse, por fin puedan ver realizada la unión, no se sabe por cuánto tiempo, de un amor que incubaron desde su más temprana juventud y que ahora, desde un barco de vapor que surca el río con una bandera desplegada que advierte una cuarentena, se funden en un solo cuerpo, dando sentido y cuna a la obra de Gabriel García Márquez que se titula «El amor en los tiempos del cólera”, y que tanto se parece a la vida de muchos de nosotros.

Es cierto que Gabriel García Márquez fue un escritor prolífico, más este espacio tiene una limitación, y quién escribe no tiene la intención de abusar de la paciencia de las y los amables lectores. Solo enuncio que, en lo personal, fue muy grato haber leído los tres libros ya referidos además de «Doce cuentos peregrinos”, «La triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada”, “El general en su Laberinto”, “El coronel no tiene quien le escriba”, «Memorias de mis putas tristes”, «Hojarasca”, “Noticia de un secuestro” y muchas otras.

En el marco de este duodécimo aniversario del fallecimiento del Gabo, les invito para que se acerquen a sus obras, y constaten por ustedes mismos los méritos que tuvo este colombiano para ser reconocido en 1982 como Premio Nobel de Literatura, baluarte de todas las letras y el pensamiento latinoamericano, y un hombre que sin duda alguna es un estandarte para toda nuestra cultura.