Crónicas de Yauhquemehcan: ¡Salve, oh Maestro! - Linea de Contraste

Crónicas de Yauhquemehcan: ¡Salve, oh Maestro!

David Chamorro Zarco, Cronista Municipal

Tlaxcala, Tlax; 17 de mayo de 2026 (Redacción). –  El Maestro es guía que conduce por los complejos caminos de la vida a los niños y a los jóvenes; es tea encendida que advierte de los peligros y las asechanzas que nos esperan en el rudo sendero de la vida; es apóstol que comparte generoso el más grande tesoro que posee, la sabiduría; es un hombre de alma grande que construye con sus manos los rostros anhelantes de esperanza. El Maestro va abriendo camino para que otros transiten; es vigía en lo alto de la torre para hacer de público conocimiento cualquier nuevo saber; es generoso y abnegado, dichoso si uno solo de sus alumnos logra la trascendencia y se hace grande con sus enseñanzas.

El que es Maestro tiene —al decir de Tagore— sed de infinito; posee una vocación especial que lo sitúa muy cerca de la santidad por entregarse abnegadamente al servicio de la humanidad; cruza el mundo repartiendo enseñanzas, y advirtiendo que no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda sabiduría que brote de su mente; posee una voz melodiosa y suave para infundir en la inteligencia de sus discípulos los más grandes preceptos de la raza humana; tiene algo de conductor de orquesta, pues gusta de modular discusiones; posee conocimientos de nigromante, pues es capaz de acallar las tormentas más horrendas del espíritu de quien lo escucha; el Maestro es faro que orienta a los que están en peligro de naufragar; atiende con amorosos remedios a quien ha sido herido en sus sentimientos y tiene cierta naturaleza de pastor piadoso, pues guía a los jóvenes y a los niños para que se apacienten en el campo de lo bello y de lo justo.

El Maestro hace su rito de iniciación velando sus libros antes de ser armado caballero de la generosidad; hace votos de humildad, pues nadie puede acercarse a la sabiduría verdadera ataviado de soberbia; tiene convicciones de libertad, pues el varón que es esclavo en su pensamiento nada bueno puede enseñar a quienes los siguen, pues sólo los arriesga, a su vez, a ser esclavos; el Maestro, antes de subir a la cátedra, purifica su espíritu de cualquier dogma o necedad, pues no es bueno abrir la boca cuando se le tiene llena de inmundicias y prejuicios.

El Maestro se sabe alfarero, y toma amoroso el barro de los rostros tiernos para fabricar obras de arte y joyas de nobleza; se asume herrero, y baja a la fragua a cincelar, al amparo del fuego purificador, los brazos y las mentes de quienes en el futuro habrán de levantarse como hombres dignos; se sabe constructor, y pone toda su atención en el equilibrio, la proporción y la fortaleza de los materiales para edificar palacios de saber inamovibles, inmutables ante toda tormenta de oscuridad e ignorancia.

El Maestro es exorcista, que con un libro en la mano conjura a los espíritus del mal que sujetan la inteligencia de los niños y los jóvenes, exigiéndoles que salgan de ese cuerpo, arrojándolos al fondo del abismo; es bardo peregrino que cruza los caminos de la vida cantando a la verdad y a la belleza, dejando tras sí una estela imborrable de luz; es profeta, que con rayos en las manos anuncia los tiempos venideros de paz y de justicia, animando a sus seguidores a asumir su compromiso por construir mundos mejores; el Maestro, cada vez que se levanta frente a sus alumnos a enseñar, demuele ignorancias, decapita prejuicios, ejecuta necedades, fusila sinrazones, flagela a los ciegos del espíritu que tienen un alma tan pequeña, que ni siquiera se dan cuenta de que son hombres, y pasan la vida atacando al ministerio de la enseñanza, el Maestro tiene sólo una idea: derrotar a lo inicuo y a lo impío, construyendo mentes con inteligencia y dignidad.

Pero hay también impostores. Los que han elegido al magisterio a falta de una mejor profesión, los que carecen del amor bastante para construir en las cátedras hombres y mujeres con libertad y dignidad; los que, abandonando todo deseo de prosperidad  humana hacen de las aulas incubadoras de ignorantes y de mentes débiles; lo que buscan enriquecerse con la enseñanza, con la idea equivocada de que el Maestro es un capitalista que vende su conocimiento al mejor postor. Cuidado con los que pretenden utilizar un libro para trastocar inteligencias, cortando las alas de los jóvenes y encadenándolos a la maldición de los pies de plomo; esos mediocres que cruzan por la vida simulando que enseñan, cuando en realidad tienen los ojos llenos de tinieblas.

En el Maestro no puede caber el engaño o la simulación, pues su conciencia le dice a gritos que la conducta que lleva a la verdadera enseñanza es aquélla que no divorcia lo dicho con lo hecho; en el magisterio no hay lugar para los embusteros ni para los ramplones, se requiere sólo de hombres y mujeres libres y dignos que enseñen a los jóvenes a vivir bajo los más altos valores de la humanidad, de otra forma estaremos cavando la propia destrucción del pensamiento.

El Maestro debe asumirse como baluarte de la grandeza humana, como defensor de todo lo bueno y todo lo justo, como guardián de las inteligencias libres, como albacea del conocimiento, como transmisor permanente de experiencias y sabiduría.

Hoy más que nunca se requiere de seres dotados de extraordinaria generosidad y bondad para ocupar las cátedras, pues es preciso recuperar la esperanza que nos ha robado tanta tragedia. Necesitamos que en nuestras escuelas no exista más la indiferencia ni la indolencia ante los problemas humanos. Es menester que en la mente de cada maestro se grabe con fuego la frase magnífica de Terencio cuando dijo “Soy hombre, y nada humano me es ajeno”, para que desde las aulas se enseñe a los niños y a los jóvenes a pensar con libertad para que hagan un mundo a la altura de sus sueños.

Maestro es, pues, el que enseña a vivir, el que comparte, el que seca lágrimas, el que infunden esperanzas, el que ilumina, el que defiende, el que se viste todo de dignidad, el que no acepta vivir bajo la manipulación, el que se asume invariablemente como hombre libre, el fustiga a los opresores, el que siembra en el corazón de sus alumnos el anhelo de un mundo sin rencillas ni enfrentamientos, el que escucha tan bien como habla, el que ama la sabiduría tanto como la vida misma, el que es escultor de nuevos rostros…

La oportunidad de contar con una humanidad renovada está en las aulas y no en otro lado. Mal andan nuestros pasos tratando de mejorar las cosas copiando sistemas extranjeros, o renunciando a nuestra dignidad de hombres, o pronunciando a cada rato sartas de mentiras envueltas en demagogia —hijas legítimas de nuestra ignorancia—, o queriendo ver en el favor ajeno la posibilidad de salir de una situación tan precaria. La verdadera solución se halla en las escuelas, en donde, como en el taller de Efesto, se martille incansablemente por forjar mentes nuevas, formadas al amparo de la sinceridad y la vocación.

Bueno es que hoy el Maestro detenga sus pasos unos instantes y reflexione. Si ha formado hombres de bien, adelante; si sólo ha simulado es preciso que reafirme su vocación o la abandone. No podemos esperar, en manos de un Maestro con anhelos rastreros, un hombre libre o una mujer de vida plena.

La tarea hoy es también del Maestro. Las aulas no pueden ser, ni por asomo —al decir de José Muñoz Cota— asilo para la ignorancia. Nada bueno ha de salir si el Maestro no rompe con las tinieblas, y enseña a vivir con dignidad.

¡Caminemos Juntos!