Crónicas de Yauhquemehcan: “Letra manuscrita”: eficiencia y elegancia en peligro de extinción
Por David Chamorro Zarco, Cronista Municipal
Tlaxcala, Tlax; 20 de abril de 2026 (Redacción). – La escritura que se tenía entre los pueblos del altiplano, previo a la llegada de los españoles era de corte ideográfico, es decir, a partir de la fijación de dibujos que hacían alusión directa a ideas completas. Cuando se impuso el castellano, se adoptó el alfabeto latino, pues esta lengua es de escritura fonética o, dicho como nos lo enseñaron en las escuelas, se escribe como se escucha.
Tenemos una confusión evidente cuando hablamos de “letra manuscrita”, pues de hecho cualquier grafía que se escribe con la mano puede ser considerada con esta denominación. Sin embargo, la costumbre nos ha hecho referirnos a la “letra manuscrita” como a la escritura que se hace de manera continua y sin levantar la mano del trazo mientras se hace el asiento de una palabra completa. También se le puede llamar “letra cursiva” o, para ser más precisos, “letra continua”. Este tipo de letra se diferencia de la que fue impuesta ya en nuestro sistema escolar hace como cincuenta años, a la que se conoce como “letra tipográfica” o, de manera, a mi juicio imprecisa, como “letra de molde”.
Pues bien, desde nuestros antepasados de inicios del período virreinal en las primeras décadas del siglo XVI y hasta aproximadamente la década de 1970, todas las personas que aprendieron a leer y escribir en español, utilizaron esta “letra continua”. Casi la totalidad de los documentos oficiales que se produjeron de manera durante el período referido, se redactaron utilizando este modo de escritura con excepción, claro está, de aquéllos que fueron ya impresos con máquina de escribir tipográfica. Los especialistas en la lectura y trascripción de la letra de entre los siglos XVI y XIX se conocen como paleógrafos y pasan su vida profesional dedicados a la lectura e interpretación de todo tipo de documentos, primordialmente de instrumentos públicos que dan cuenta de diversos conflictos entre particulares y decisiones de gobierno.
Ya se ha referido en algún otro artículo que, con base en las ideas pedagógicas del siglo XIX, a partir de la década de 1880 comenzaron a instalarse en México las llamadas “Escuelas de Parvulitos”, que corresponde aproximadamente a lo que el día de hoy es la educación preescolar; ya en la escuela primaria, uno de los primeros contactos que tenían las niñas y los niños con las letras, era a través de un cajón o bandeja lleno de arena fina en donde, primero con los dedos y luego con un palito, comenzaron a dibujar las grafías o letras.
Los expertos en enseñanza afirman que el uso de estos cajones o bandejas de arena representaban muchas ventajas para las y los pequeños, a saber: permitía aprender a leer y escribir sin el uso del papel, los lápices de grafito y la tinta, lo que representaba ya el uso de recursos económicos que los padres de familia no siempre tenían; en segundo lugar, escribir sobre una superficie granulada, incrementaba la capacidad sensorial de los pequeños y con ello se desarrollaba mucho más su capacidad cognitiva y su motricidad fina, a la que en este caso específico se conoce como “grafomotricidad”; enseguida, está la ventaja que representa la reducción del estrés y la frustración de parte de las y los pequeños por las constantes equivocaciones, pues al hacer los trazos en el papel, queda una evidencia que les afecta en su seguridad cuando cometen un yerro, en cambio, cuando se escribe sobre arena u otra sustancia granulada, tal cosa desaparecen, con lo que ganan en seguridad y eficiencia.
Una vez que las y los estudiantes ganaban en seguridad, pasaban al trazo en papel, utilizando un carbón o grafito, muy parecido a la idea que hoy tenemos de los lápices. Naturalmente, la expresión más elevada de los pequeños escribanos era cuando ya eran capaces de utilizar el papel y la tinta, regularmente con uso de pluma y tintero. Hoy estos elementos prácticamente han desaparecido y, quien tiene especial amor por la escritura, a lo más que aspira es al uso de una pluma fuente y, de manera general, a los bolígrafos.
Por otra parte, la enseñanza de la “escritura continua” o “escritura manuscrita” según nuestro concepto tradicional, se hace enlazando cada una de las letras, de suerte que al escribir una palabra, por larga que sea, no se levante el lápiz o la pluma del papel hasta el final, con lo que, de conformidad con la opinión de los especialistas, las personas ganaban mucho en la coordinación de la vista y del movimiento de la muñeca de la mano y de la firmeza de los dedos, al tiempo de hacer mucho más rápida la escritura. A diferencia de escribir con “letra de molde” o “letra tipográfica”, en donde hay que dejar un espacio entre cada letra o grafía, con lo que se pierde un poco de tiempo en el trazado, la escritura con “letra manuscrita” hace mucho más rápido el dibujo, y el escribano sólo regresa sobre sus pasos para colocar trazos de complemento, como los puntos sobre la letra “i”, la transversal sobre la letra “t”, las tildes o acentos y esporádicamente las diéresis sobre la letra “u”.
Las largas horas de práctica a que se sometían las y los alumnos bajo la estricta y disciplinada vigilancia de las maestras y los maestros, tenían como recompensa una magnífica caligrafía. Ya para la segunda mitad del siglo XX, sobre todo para quienes vivían en las ciudades y podían acceder a la adquisición de libros,. existían en el mercado cuadernos de trazo y caligrafía que ayudaban mucho a los estudiantes para mejorar la calidad de su letra.
Es innegable la extraordinaria belleza y elegancia que posee cualquier página escrita con esta “letra manuscrita” aunque, hay que confesarlo, de la misma manera que su trazo, su lectura implica un cierto entrenamiento para poder comprenderla de forma rápida y eficiente. En la actualidad, muchas de las personas que fueron a la escuela primaria hasta antes de 1980, conservan la costumbre de escribir con esta técnica. Todas las generaciones posteriores ya fuimos educados con el uso de la escritura con letra “tipográfica”.
Quiero confesar públicamente que yo siempre he tenido una letra muy fea. Por más esfuerzos de caligrafía que hice en su momento, nunca pude dominar el buen trazo de las grafías, de suerte que con cierto humor negro me aplico aquel adagio que dice “cuando escribo, sólo Dios y yo sabemos lo que dice; pero, pasados dos semanas, sólo Dios”. También quiero contar que, cansado de los regaños y recomendaciones en la escuela primaria, cuando iba como en tercer o cuarto grado, se me ocurrió que acaso el problema de mi escritura fuera el lapiz que yo utilizaba. Tenía de compañera de banca a una niña que se llama Ignacia que era la mejor en caligrafía de mi salón y me llamaba la atención que utilizaba su lápiz de manera continua, casi al punto de ser tan pequeño que costaba trabajo sujetarlo entre los dedos. Pues bien, un día le hice el trato de cambiar mi lápiz nuevo a cambio del suyo pequeño, con la secreta esperanza de que en ello residiera la solución a mi letra tan fea pero, como se entenderá, mi teoría falló por completo.
Ojalá que las personas que llegaron a dominar la escritura utilizando la “letra manuscrita” sigan practicando y, de ser posible, redactando todos los días y hasta enseñando a sus hijos y nietos este arte, pues, la verdad, se encuentra en peligro de extinción, y también es parte de nuestra identidad cultural. Una página escrita con elegancia, con buen conocimiento y dominio de la ortografía y hasta con inspiración poética, es uno de los mejores signos de cultura y educación existentes, pues nunca hay que olvidar que la letra es cultura.
¡Caminemos Juntos!
