Crónicas de Yauhquemehcan: Recuerdos de infancia del Santo Entierro por David Chamorro Zarco, Cronista Municipal - Linea de Contraste

Crónicas de Yauhquemehcan: Recuerdos de infancia del Santo Entierro por David Chamorro Zarco, Cronista Municipal

Tlaxcala, Tlax; 20 de enero de 2025 (Redacción). – En la Nueva España, desde una etapa muy temprana, comenzó a utilizarse la escultura como un elemento de reforzamiento en el proceso de evangelización de los naturales de las diversas regiones. muy en particular, durante los siglos XVII y XVIII. Los maestros escultores pusieron especial énfasis en hacer que sus obras rebosaran de naturalismo, incluso dando sesgos muy dramáticos a sus piezas, pues el fin era conmover a las personas, y a través de estos medios, incrementar su fe, su devoción y su piedad.

Son especialmente famosas las esculturas que representan a Jesús en diferentes momentos de dolor, sufridos durante su pasión y muerte. Existen piezas en nuestro municipio, como en el caso de San Lorenzo Tlacualoyan, en que se puede ver la flagelación del Señor, es decir,  el momento en que se narra, según los evangelios, el castigo sufrido por flagelo o látigo impuesto por Poncio Pilatos, teniendo Al Divino Preso atado a una columna.

El autor de esta obra se esmeró por presentar a los creyentes una pieza con los detalles más realistas posibles, de manera que se les moviera a la compasión y a la piedad.

En prácticamente todos nuestros templos de las diferentes localidades de Yauhquemehcan existen distintas representaciones del Cristo Crucificado en que, igualmente, los autores de las obras pusieron especial atención en significar y exaltar cada una de las llagas o heridas causadas durante la pasión, por ejemplo, la laceración causada por la imposición de la corona de espinas, las heridas profundas en el rostro y, desde luego, las horadaciones hechas en manos y pies, lo mismo que la herida final de la lanza en el costado.

Un tercer ejemplo se encuentra en las esculturas del Santo Entierro, o sea, en la representación del Cristo yaciente o muerto,colocado en una urna, en espera de recibir el traslado al Santo Sepulcro. En todos los casos se trata de esculturas en donde se resalta la condición propia de la muerte, así como la ponderación de las diversas heridas causadas.

En lo personal, no puedo ocultar que siendo niño, me impresionaron vivamente estas imágenes moviéndome, más que a la piedad o a la compasión, al miedo, y bien recuerdo que me cuidaba muy en especial de no pasar cerca o de mirar siquiera la escultura del Santo Entierro, pues dentro de mi imaginación me parecía que en cualquier momento la representación de la persona que veía muerta, comenzaría a moverse y a mirarme directamente.

Con toda seguridad muchas personas han experimentado este mismo sentimiento y emoción, lo cual prueba la extraordinaria habilidad de los maestros escultores en los siglos pasados, pues prácticamente cada una de sus obras rebosa de un realismo absoluto. No se hicieron, desde luego, con la idea del morbo, para que la gente por mera curiosidad se acercara a mirar cómo habían quedado las muestras de las heridas o el sufrimiento; lo que los artistas deseaban, bajo las instrucciones precisas de los padres franciscanos y luego de los sacerdotes seculares, era servir de instrumentos didácticos para que la gente comprendiera de mejor manera, y esencialmente de forma gráfica, la manera en que se habían desarrollado las cosas de acuerdo a la narración de los evangelios, y que esto sirviera como un instrumento para acrecentar la fe, la caridad y la devoción de las personas y de toda la comunidad.

La magistralidad con la que efectuaban su trabajo los maestros escultores de esos siglos, utilizando incluso elementos naturales como cabello humano, pestañas, ojos de vidrio que daban la sensación de tener vida, uñas y hasta huesos humanos para reforzar las estructuras internas de las piezas, aunado a los mecanismos de articulación o movilidad trabajados para algunos elementos, verdaderamente llegaron a ser obras de arte admirables e inigualables que  debemos esforzarnos por conocer, valorar y custodiar, pues somos los depositarios de una enorme riqueza de arte sacro en esta región tan especial de Tlaxcala, que en las centurias anteriores tuvieron personas que se esforzaron de distintas maneras por albergar en los templos estos elementos de culto y devoción que, sin duda, han representado una amalgama de cohesión que nos permite tener un alto sentido de identidad comunitaria.

¡Caminemos Juntos!